Juan de la Rosa

  

Capítulo XI

EL EJÉRCITO DE COCHABAMBA, AMIRAYA

Todo se hizo al día siguiente como quiso Ventura, menos la parte del pellizco; porque al llegar nosotros a la casa de los abuelos, por una senda distinta de la del día anterior, que él me hizo tomar, para que no pasásemos junto a la casa vieja,  su novia lo vio, oportunamente, y fue a refugiarse tras de la abuela, que estaba sentada a la puerta.

— ¡Malvado! ¡Facineroso! ¡Atrevido! —le gritó, sacando y ocultando alternativamente la cabeza, por sobre el hombro de la anciana.

Y él contesto a estas finezas tirándole con mucha gravedad la vizcacha, sin acordarse ya de la parte que, según dijo al cortarle la cola y ponerla en las alforjas, debía tomar primero para nosotros Mariquita.

Debo advertir, también, que sólo la abuela pudo festejar esta nueva gracia con risa un tanto forzada.  Su marido, Venancio Fuentes, se había marchado muy temprano a Sipesipe, diciendo que estaba comprendido en la proclama del gobernado y, que él era "más hombre que todos", sin que nadie pudiese persuadirle de que ya tenía noventa años, y que, caballero en mula por otra parte, no podría cargar lanza en mano al enemigo.

Cuando llegamos a nuestra casita —digo nuestra, porque yo, pobre huérfano, la iba considerando como hogar de mi propia familia— encontramos todo el claro adelante de ella ocupado por caballos, en su mayor parte rocines como arañas y jacos tan lanudos como el mío.  En todas partes se veían lanzas toscas, clavadas en el suelo o arrimadas a las tapias y los árboles.  Los jinetes llenaban completamente el corredor, la sala y la cocina.  "El comandante don Francisco Nina", con una lanza más grande y brillante que las otras, provista además de su flama roja y amarilla —colores en la España todavía— estaba parado a la puerta, en un poyo de piedras, que servía para que las mujeres pudiesen subir por sí mismas a caballo; y con toda la gravedad del más consumado brigadier hacía apuntar en un papel los nombres de sus soldados sirviéndole de secretario y jefe de estado mayor el sacristán de Sipesipe don Bartolito.

Al vernos a Ventura y a mí, su rostro de ordinario apacible y bonachón se contrajo y demudó de un modo espantoso, como el de Alejo, al cual vi entonces que se asemejaba.   Yo le pronuncié un largo discurso por el estilo convenido; pero su cólera crecía a cada una de mis palabras, y exclamó por último, golpeando fuertemente las piedras del poyo con el regatón de su lanza:

—¡Soy capaz de ensartarlos a los dos en un lanzazo! ¡Esto no hay quién lo aguante, caramba! El abuelo ya se torció un pie con el porrazo que le ha dado la mula; está ahí gritando en la cama..  y ahora se me viene el otro condenado para seguirme a la guerra!

Ventura se arrodilló a sus pies, y le dijo:

— Me llevas, tata, o me voy a presentar a los porteños.

Estas sencillas palabras hicieron en él mayor impresión que toda mi retórica.

— ¡Hágase lo que Dios quiera! —contestó con acento solemne, e inclinó la cabeza sobre el pecho.

A eso de las doce del día —era el 13 de agosto de 1811— se vio una gran nube de polvo por el lado de la quebrada de Putina.  El ejército de la provincia volvía por allí al valle de Cochabamba, abandonando las posiciones que había salido a ocupar antes inútilmente en las quebradas de Arque y Tapacarí.

— ¡A caballo! ¡Hijos míos, a caballo! —gritó Pancho.

Todo fue ruido y confusión, hasta que al fin, un cuarto de hora después, estuvo aquel escuadrón formado, casi con orden, en el claro.  Pancho y su hijo montaron los hermosos caballos de que antes he hablado y que sin duda tenían dispuestos y muy bien cuidados para aquella ocasión.  Yo obtuve, con mil ruegos y hasta lágrimas, que el primero me permitiera seguirles en el jaco, acompañado de un indio viejo, el tata Tuli, caballero éste de la vinchuca, en pelo y con bozal, porque hizo falta la montura para el hijo del arrendatario.  Debía alejarme en caso de peligro con mi nuevo guía a alguna altura, donde no pudiese llegar las balas.

Al salir el último de todos al camino, vi a Mariquita parada en la puerta de la sala.  Para hacer los honores de su casa a los patriotas se había puesto su ropa dominguera, sus zapatos de badana y unos aros y un gran topo de plata, que eran la cosaza traída por su padre para ella de la ciudad.  Tenía las manos juntas sobre el pecho; oraba en silencio, y de sus bellos ojos, levantados al cielo, corrían dos gruesas lágrimas por sus mejillas.  Su madre debió haber tenido que permanecer adentro, cuidando del abuelo, que no podía sentar el pie y porfiaba sin embargo porque le diesen su lanza y lo hiciesen subir de cualquier modo en su mula.

Recuerdo que le oí gritar más de una vez:

— ¡Yo soy más hombre que todos ellos! ¡Viva la patria! ¿No saben que soy el yerno de Nicolás Flores?

Sería la una de la tarde cuando todo el ejército de Cochabamba se encontró reunido en el llano de Sipesipe, cerca del río Amiraya, que es el mismo Rocha engrosado por el Sulti, el Anacoraire, el Viloma y todos los torrentes del valle, antes de abrirse paso por la quebrada de Putina.  Sabíase ya que Goyeneche, con su ejército de ocho mil hombres, enorgullecido por su triunfo de Huaqui, se había remontado de las inmediaciones de Tapacarí a las alturas de Tres Cruces, para bajar en seguida por el estribo de la Cordillera Real que viene a morir en el valle de Cochabamba al frente del llano indicado.  Esto mismo hizo después el general Pezuela, como veremos más tarde, y será siempre lo que haga cualquier otro general en su caso, para no aventurarse en la profunda garganta de Putina, entre ásperas y pedregosas pendientes muy fáciles de guardar, como una inexpugnable Termópilas.

El energúmeno historiador español don Mariano Torrente —cuya obra sobre la revolución hispano americana me encanta y divierte, por algunos preciosos detalles que contiene y por las lindezas que regala a los patriotas— dice "un ejército de doce mil cual era el de los insurgentes, los más de caballería, apoyado su frente en el río de Amiraya y su retaguardia en elevadas montañas (habla de la serranía que corta en parte el valle y separa a Sipesipe de Quillacollo) con partidas muy gruesas destacadas en el pueblo de Sipesipe, habría arredrado a cualquiera otra clase de tropas que no se hubieran ya acostumbrado a medir sus esfuerzos por la vara de los tropiezos".  Nuestros escritores nacionales aseguran, por su parte, que no llegaría a la mitad del número de nuestros soldados; exageran la debilidad de sus armas, y hasta han permitido que un historiador chileno tenga la peregrina ocurrencia de decir que no hubo tal batalla y que Goyeneche entró sin resistencia a Cochabamba.

Entre estas opiniones (es decir la española y la boliviana solamente, porque la chilena es un desatino)  puedo yo ahora, como testigo ocular de todas aquellas cosas, pronunciar gravemente, con toda seriedad, el fallo del Sganarelle de Moliere, declarando a mis jóvenes lectores que entrambas partes tienen razón.

Los hombres aglomerados allí para defender la naciente patria pasarían, en efecto, de diez mil; pero las tropas que podían considerarse pasablemente regularizadas no llegaban a seis mil, contando entre éstas unos seiscientos hombres que el brigadier don Eustaquio Díaz Vélez había traído de Chuquisaca, como único resto del ejército auxiliar después de la derrota de Huaqui.

La infantería no era ni la cuarta parte del número total, ni estaba toda la armada de "bocas de fuego", como se decía entonces.  Había un largo batallón con hondas de correas trenzadas y las consabidas macanas.  Los mejor armados tenían pésimos fusiles, de piedras de chispa por supuesto.  No eran raros los mosquetes y trabucos naranjeros que interrumpían la uniformidad en las filas.  Una columna, como de doscientos hombres, entre los que reconocí a Alejo, estaba muy ufana de sus curiosísimas armas recientemente  imaginadas y hechas con candor infantil y resolución heroica en el país, y que merecen una descripción particular y la respectiva explicación de su manejo.

Llamábanles cañones, y eran más bien arcabuces, muy blancos y relucientes como de plata, pero de humilde estaño; largos de una vara y nueve pulgadas; de paredes gruesas, para que pudiesen  tener alguna consistencia, y por esto mismo, de escaso calibre, como de dos onzas.  Tenían hacia la mitad unos muñones semejantes a los caños ordinarios; el oído era de bronce, y terminaban en una groserísima culata de madera.  Un hombre levantaba con mucho esfuerzo el arma a la altura del hombro, donde debía afianzarse en una almohadilla de cuero de carnero con su lana; otro ponía por delante una horqueta, en cuyos extremos acanalados descansaban los muñones; un tercero daba fuego a la mecha, y estaba encargado además de llevar la baqueta y el jarro de agua para refrescar el arma exteriormente después de cada tiro.  Más tarde se inventaron otros cañones sobre ruedas, y proyectiles no menos curiosos; pero aún no es tiempo de que me ocupe de ellos.

Una mitad de la caballería era de buenas tropas disciplinadas y amaestradas en la campaña anterior, con verdaderas lanzas y muchos sables.  Un escuadrón tenía cascos y corazas; había otros dos con corazas solamente.  La otra mitad iba asemejándose por grados a la primera tropa de caballería que vi yo, cuando el alzamiento del 14 de septiembre hasta el flamante escuadrón que acababa de traer el comandante don Francisco Nina y a cuya cola formábamos yo y el tata Tuli.

Había, en fin, algunos artilleros con un obús y las dos célebres carronadas de Unzueta, que merecieron recuerdo particular del historiador Torrente, por sus problemáticos y, en concepto de éste, desastrosos servicios en Aroma.

Después de todos estos detalles, que son los más importantes sobre las tropas, no me creo con fuerzas para describir el equipo y los variadísimos trajes de aquellos guerreros.  Básteme decir que los más veteranos venían de groseros uniformes en andrajos, y que los más bisoños acudían ahora a cumplir su sagrada obligación, vestidos cuando más con su ropa dominguera, sin pedir ni esperar nada para sí, provistas las alforjas de fiambre preparado por la esposa o la hija, que se habían quedado llorando bajo el techo de paja de su rancho.  Agregaré, sí, que tales como estaban, como ahora mismo los contemplo en mi imaginación, sintiendo no ser un Goya para retratarlos en un cuadro inmortal, me parecen mil veces más hermosos y respetables que los soldadotes del día vestidos de paño fino a la francesa, con guantes blancos y barbas postizas (1), que dispersan a balazos un congreso, fusilan sin piedad a los pueblos indefensos, entregan la medalla ensangrentada de Bolívar a un estúpido ambicioso, se ríen de las leyes, hacen taco de las constituciones, traicionan y se venden  . . . ¡oh, no puedo!  . . . ¡Mercedes! ¡me estoy ahogando!

He tenido que interrumpir mi historia y llamar a gritos a Merceditas, como habéis visto; porque la cólera me sofocaba.  Pero ya estoy tranquilo y voy a continuar.

Aquel ejército tan abigarrado y mal traído tenía un estandarte singular, resplandeciente de oro, de plata, de perlas y de fina pedrería, que acaba de recordarme el nombre mismo de la dulce compañera de mi vida.  Era la imagen de la Virgen patrona de la ciudad, venerada desde la fundación de ésta en el templo de la matriz.  Las señoras principales solían obsequiarle todos los años lujosísimos vestidos de lana y las joyas más valiosas.  Llamábanles ahora la patriota, por haber sido su fiesta la ceremonia religiosa más solemne que se celebró después del primer grito de independencia; y he aquí por qué la habían traído sobre el campo de batalla.

Estaba en andas, sobre los hombros de cuatro colosales vallunos, en medio de la columna de los arcabuceros que antes he descrito.  Cuando me acerqué a contemplarla con el sombrero en la mano, llegaba ante ella un grupo de mujeres de las rancherías inmediatas de Suticollo, Amiraya y Caramarca.  La inundaron de flores campestres recogidas en sus faldas, y le decían en quichua:

— Madre piadosa, estrella de los afligidos, extiende tu hermoso manto sobre los patriotas.

De los jefes que comandaban el ejército no puedo dar, tampoco, más de algunos informes de los principales, porque yo no sabía distinguirlos a todos por sus nombres.

El gobernador Rivero me pareció hombre de más de cuarenta años, muy respetable y hasta imponente.  Criollo puro, era blanco y rubio, con ojos claros, nariz aguileña, poblado bigote, que caía sobre sus patillas a la española. Llevaba tricornio galoneado; su poncho rojo de seda, levantado sobre los hombros, permitía ver la casaca azul bordada y el tahalí que harto conocía yo, por ser obra de las manos de mi madre; tenía altas botas de montar con espolines de plata; el caballo, que él conducía con mucha destreza, era uno de esos hermosos tordillos de raza andaluza extinguida después de Goyeneche y renovada apenas muy trabajosamente en estos últimos tiempos.

Don Eustaquio Díaz Vélez pasó velozmente por la primera vez ante mis ojos, y supe su nombre y condición, porque me los dijo Ventura, cuando vitoreaban a aquél las tropas.  Me pareció más pequeño y grueso que el gobernador.  Tenía ojos muy vivos y brillantes, rostro tostado por la ntemperie y barba espesa y crecida.  Su uniforme militar estaba muy usado y descolorida; regía, como solo puede regirlo un argentino, un bellísimo potro alazán con crines rizadas, dignas de un león.

Distinguí a lo lejos a don Esteban Arze, delegado del partido de Cliza, a la cabeza de sus gigantescos vallunos, y a Guzmán Quitón al frente del nuevo regimiento que, ya dije en otra parte, había formado en el país, en ausencia del gobernador.

Apenas formadas las tropas en columnas, Rivero y Díaz Vélez fueron hablándoles al revistarlas.  Sólo llegaron hasta mí los vivas que proponían y aquellos con que eran contestados.  Me pareció que una vez solo invocaron el nombre de Fernando VII y que éste mereció una aclamación menos ruidosa que las que contestaron a los de la Junta de Buenos Aires, de la provincia, y sobre todo al nombre mágico de esa patria, que aún no bien comprendida, era ya el anhelo principal de mis rudos y sencillos paisanos.

En el momento en que resonaban los más entusiastas vivas en el campo, apareció un grupo de jinetes sobre la cuestión de Sipesipe.  El que venía adelante agitaba en el aire una bandera blanca y roja, probablemente improvisada; y un momento después se vio una columna de humo en la misma cumbre, de alguna fogata encendida por otro de ellos.

Debió ser una partida de exploradores destacada del ejército; porque inmediatamente los generales dictaron órdenes urgentes, y todo fue un ir y venir interminable de oficiales montados, que recorrían el campo en todas direcciones. 

La infantería, con excepción de la columna de arcabuceros, se adelantó al pueblo de Sipesipe, para tomar posiciones en las alturas inmediatas y tras las cercas de las huertas y canchones, según observé más tarde.  Los arcabuceros ocuparon la playa del río, guareciéndose en las barrancas.  El grueso del ejército, o sea la caballería, pasó a la margen izquierda del río, y se formó por escuadrones en el mismo llano de Amiraya.  La imagen que le servía de estandarte, fue conducida, en fin, a la retaguardia, ocupando una posición dominante en la falda de la serranía que, como ya he dicho, divide en parte el valle por aquel lado, entre Sipesipe y Quillacollo.

Los exploradores bajaban entretanto precipitadamente por el camino de la cuesta, a pie, arreando cada cual a su cabalgadura; y en toda la cresta iba relumbrando a sus espaldas una interminable fila de bayonetas, de las primeras tropas de vanguardia del ejército enemigo.

Mi compañero, el tata Tuli, tanto por su seguridad personal cuanto por cumplir la orden de su patrón don Pancho, reiterada ahora con una señal, me condujo entonces donde él quiso y donde yo no podía dejar de seguirle aunque no quisiese; porque mi jaco era solo, como ya es muy sabido, un apéndice de la cola de su yegua.

Mucho me alejó, hasta el punto de Caramarca, donde tomamos posición en un morro de la serranía.  El tiempo estaba despejado; ligeras nubes blancas, como copos de algodón, flotaban en el cielo; un viento recio pero limpio, soplaba, como de ordinario en aquella estación, de la quebrada de Viloma, y barría profundamente el polvo que se levantaba en el campo ocupado por las tropas; de modo que podíamos ver desde allí la gran batalla que era inminente.

La vanguardia del ejército enemigo bajó al llano, en muchas filas paralelas por el camino y los costados de éste, al trote y con buen orden, como era de esperar de tropas bien disciplinadas y veteranas.  Componíase de los batallones Real de Lima y Paruro, una columna ligera de cazadores y seis piezas de artillería de montaña, que habían sido ya montadas en la cumbre y que debían ocasionar increíbles trabajos a sus conductores en aquella agria y rápida pendiente.  Su jefe, el brigadier don Juan Ramírez, a quien creo haber distinguido más de una vez ese día, siempre a caballo, al frente de los suyos, debía alcanzar gran fama en la guerra, por su valor, su actividad y su grosería y estupidez, pudiendo decirse de él que era al mismo tiempo, león, águila y rinoceronte.

Serían más de las tres de la tarde, cuando esta vanguardia abrió sus fuegos de cañón sobre las posiciones de nuestra infantería.  Las famosas carronadas de Aroma contestaron al punto y con tiros certeros, según confiesan los españoles.  En aquel momento la cuesta se inundó con el grueso del ejército de Goyeneche.

Dícese que éste ordenó a Tristán apretar el paso con la retaguardia y se anticipó a bajar al llano con la división del centro, a la cabeza de sus granaderos del Cuzco, para dirigir personalmente el vigoroso ataque con que, media hora después, fue desalojada la infantería patriota, que en desordenada fuga consiguió  rehacerse sólo un momento en las colinas de Suticollo, antes de verse definitivamente arrojada hasta la playa del río, en la que se encontraba la columna de arcabuceros.

Hubo entonces un momento de reposo.  Goyeneche quería reunir todas sus tropas y disponerlas convenientemente, para lanzarlas al llano de Amiraya.

— Huyamos, niño . . .  vámonos a la rinconada del Vilomilla —me dijo el tata Tuli despavorido.

Y sin esperar respuesta taloneó a la Vinchuca, bajó del morro, atravesó el río y hubiérase ido al punto que indicaba, haciéndome seguirle por fuerza, si no obtuviera yo con mil ruegos y amenazas que nos detuviésemos en Payacollo y tomásemos otra posición dominante, en la colina que como un cono regular se levanta allí en la llanura.

El sol estaba ya próximo a tocar la cumbre de la cordillera y el viento soplaba con más fuerza,  arrastrando nubes de polvo y de humo hacia la embocadura de la quebrada de Putina.  Podíamos ver aún las principales peripecias de la batalla.

El ejército enemigo invadía la playa con su vanguardia desplegada en guerrillas, y su caballería se adelantaba por uno de sus flancos, en medio de un vivo fuego de sus cañones perfectamente situados en las barrancas abandonadas por los patriotas.  No creo que las balas de nuestros arcabuces hubieran contenido el ataque un solo instante.  Su alcance era muy poco; no se podía forzar el proyectil sin destruir más pronto el ánima de la pieza; ésta se ponía inservible, en fin, después de seis o siete tiros a lo sumo.

La numerosa caballería patriota recibió con una carga general a las primeras columnas enemigas en la margen izquierda del río; pero fue rechazada y se desordenó, de tal modo que parecía consumada la derrota.  Una pequeña parte comenzó a huir por la escabrosísima serranía de su retaguardia.  Recuerdo muy bien haber distinguido un objeto reluciente que conducía uno de los jinetes y que debió ser la imagen de la Virgen, salvada, con los dedos de la mano derecha rotos de un balazo, por Jacinto Gómez, que llegó antes que nadie con ella y la tremenda noticia a la ciudad.

Los brigadieres Rivero y Díaz Vélez, el indómito don Esteban Arze y el bizarro Guzmán, consiguieron todavía reorganizar algunos escuadrones, e intentaron flanquear por ambos lados al ejército enemigo, para cargarlo en seguida por retaguardia.  Este supremo esfuerzo que pareció prometer un buen resultado al principio, escolló sin embargo ante la táctica y disciplina del contrario, que le opusieron al punto compactos y formidables cuadros erizados de bayonetas en el ala izquierda, mientras que en la derecha la caballería española rechazaba victoriosamente el ataque.

Al cerrar la noche, aquello no fue ya más que una persecución y matanza sin piedad de los patriotas.  La mayor parte de éstos huía por su derecha, subiendo el lecho del río, en dirección al punto en que yo me encontraba.  Era ése, en efecto, el camino más seguro de la retirada, para tropas de a caballo que no podían subir sin mucha dificultad y peligro la serranía de que tantas veces he hablado.

El tata Tuli volvió a arrastrarme consigo; pero yo oía tiros de fusil por el lado de nuestra casita; sentía estremecimientos nerviosos en todo mi cuerpo; deseaba ir allí a toda costa, y con inaudito esfuerzo conseguí apoderarme del cabestro con que estaba embolozada la yegua.

— ¡Huyamos! Huyamos, por Dios — gritaba el indio desesperado.

Una bala perdida, no sé si de los dispersos o de los perseguidores, silbó sobre nuestras cabezas.  Él tomó entonces el partido de saltar al suelo, y se metió en una honda acequia, por la que siguió corriendo como un loco, mientras que la Vinchuca espada se me hacía soltar de un tirón y corría por el campo, seguida siempre de mi jaco.

Las sombras de la noche se espesaban; no sabía yo a dónde iría a parar de ese modo, esto es si conseguía llegar a alguna parte antes de quedar despedazado sobre aquel suelo pedregoso, pues me era ya muy difícil sostenerme sobre la silla, asido con ambas manos del pico delantero, abandonadas las riendas al incontenible jaco, que saltaba acequias, barrancos y cercas, para alcanzar a su inseparable compañera.  Al fin vi delante de mí una columna de negro y denso humo, seguida de llamas crecientes que se elevaban más y más por el aire, y creí distinguir al siniestro resplandor del incendio nuestra casita, el bosque de higueras, el claro de la entrada, extraños bultos que sobresalían en éste entre las piedras.

Un momento después mi cabalgadura se detuvo tan súbitamente y dio tal respingo, que me arrojó por sobre su cabeza; pero en lugar de estrellarse la mía contra las piedras, como lo creí y esperé, tocó en un cuerpo blando y peludo, que no se movió ni dio señales de vida.

Me puse de pie, y vi primero que el incendio abrasaba el sotechado de la cocina; en seguida, a la luz de las llamas, reconocí en el cuerpo de que he hablado, el hermoso caballo de Ventura, que él y Marquita llamaban Consuelo, y que muchas veces vi a ésta acariciar y ofrecerle pequeñas mazorcas de maíz o granitos de sal con sus lindas manos.  Tenía roto el cráneo por una bala y había un charco de sangre delante de su hocico.

Algunos pasos más allá encontré cuerpos humanos; un granadero con su corra de cuero sujeta a la barba, yacía de espaldas con el pecho atravesado por una lanza rota por la mitad; cerca de él los cadáveres del arrendatario y su hijo, estrechamente unidos entre sí, indicaban que si no los habían muerto abrazados se buscaron arrastrándose para morir con las manos enlazadas.

Corrí dando gritos a la casa; pero tropecé en la puerta con otro cadáver, que creía sería el de Petrona.  Me acerqué a la cocina para proveerme de un hachón y  . . . ¡Dios mío! No sé, no comprendo cómo puedo escribir estas cosas; me pareció ver en el suelo, o vi más bien realmente, porque había sido en verdad horrible,  el cuerpo de Mariquita tendido de espaldas, con los brazos en cruz, casi desnudo, cayendo sobre él las brazas del techo incendiado.  Este mismo se desplomó al punto, y se elevó a los aires un volcán de negro humo y chispas encendidas.

¡Así se mostró de golpe a mis ojos de niño uno de los más espantosos cuadros de la guerra! ¡Oh! La guerra no debe hacerse ya en el mundo más que por los pueblos desesperados que tengan un motivo tan grande y justificado como aquel que invocó la América en 1810; porque sus consecuencias son siempre  muy crueles para los seres más inocentes y desvalidos, como aquella pobre niña, a quien vi yo por última vez en muda oración, a la puerta de la humilde casita que ya no tendría quién la habitase de sus antiguos dueños¡

¿Cómo queréis —si así lo esperáis— que os cuente lo que sufrí, mi horror, mi espanto?  . . . Yo creo que hui, que di vueltas por el claro, cayéndome y levantándome muchas veces.  Un silencio profundo me rodeaba; la luna tranquila salía a derramar sus rayos argentados sobre aquellos cuadros, que no sé si alumbrados por el resplandor de la hoguera o por esta luz apacible eran más dolorosos y terribles.

Unos silbidos débiles se oyeron de entre las higueras, una voz, que yo reconocí con gozo al punto, llamó con precaución, por sus nombres, a todos los que ya no podían responderle; un momento después Alejo estaba a mi lado, y yo me abracé fuertemente de él, sollozando.

— ¿Qué es esto? —me preguntó—, ¿donde están?

— ¡Han muerto¡ —le contesté.

— ¡Jesús! —repuso él, y dejó en el suelo otro cuerpo inanimado de un niño de mi edad, que había traído en sus hombros¾.  Este —continuó diciendo— tiene la culpa de que yo no haya muerto en batalla, antes de oír lo que me dices.  Se empeñó en venir conmigo para traer la baqueta y la mecha; lo hirieron muy pronto; se me abrazó de los pies; lloraba  . . . recordaba el nombre de su abuelo, y yo tuve que huir con él para salvarlo.  ¡Pobre Dionisio!

En seguida corrió a reconocer los cadáveres; entró en la casa, removió, quemándose las manos, los escombros de la cocina, y tardó mucho en volver allí donde yo estaba mudo, tembloroso, con el cuerpo de Dionisio a los pies.  Vino llorando; sollozaba más que yo que era un niño  . . . ¡qué estoy diciendo!, lloraba y sollozaba, debo decir, como lo hacen siempre esos hombres fuertes y sencillos, esos rudas naturalezas que son puro corazón para amar a los que saben hacerse amar.

— Nada tenemos que hacer aquí —me dijo después de mucho tiempo, cuando pudo articular palabras entre sus sollozos—, no podemos ya dar auxilio, ni recibirlo de nadie.  Quiero ponerte en seguro; yo volveré, a enterrarlos, aunque me maten...  ¡mejor! ¡no seguiré viviendo sin ellos! A éste —hablaba del cuerpo de Dionisio— lo dejaremos al lado del pobre abuelo, que está muerto también sobre el estrado.

Yo le seguí donde él quería llevarme.  Pero a los pocos pasos se detuvo, y me preguntó:

— ¿Por qué no huyeron?

— Creo —le respondí— que las mujeres se quedarían por cuidar al abuelo, que no podía caminar...

— ¡Y los otros —concluyó él— vinieron a hacerse matar en su casa por defenderlos!

Lo que hicimos después me ha dejado únicamente recuerdos muy confusos.  Tengo idea de que, al pasar un torrente, que debió ser el de Viloma, me tendí de bruces y bebí con avidez el agua tibia y salobre, que corre sobre rojas arenas, como sangre.  Recuerdo que llegamos —no sé si yo con mis propios pies o en los brazos de mi guía— a una choza, a cuya puerta ladraban furiosamente unos perros.  Recuerdo, también, que varias personas me hacían acostar por fuerza sobre unos cueros de carnero; que éstos ardían, como las brazas que vi caer sobre el cuerpo de Mariquita y que también caían sobre el mío; que quise huir y me sujetaron, o me oprimió el peso como el del caballo que yacía muerto en el claro de las Higueras.