Alicia en el país de las maravillas

  

Capítulo I

UN CONEJO PARLANTE

La hermana mayor de Alicia leía en voz alta. Alicia empezaba a cansarse de estar sentada junto a ella en el banco, sin tener nada que hacer. Una o dos veces había mirado de reojo el libro que su hermana estaba leyendo, era un cuento muy aburrido, la historia del rey Guillermo, o algo así, pero no tenía imágenes ni diálogos. "¿Cuál es el objetivo de un libro —pensó Alicia— que no tiene grabados ni conversaciones?"

De pronto, la hermana dejó de leer y miró a Alicia con severidad:

--¿Tendrías la gentileza de prestar atención a tu lección de historia?

Alicia estaba recapacitando en su mente (en la mejor forma que podía hacerlo, ya que el día, demasiado caluroso, la hacía sentirse somnolienta y vacía) si el placer de hacer una guirnalda de margaritas valía la pena de molestarse en recoger las flores cuando, repentinamente, un conejo blanco, de ojos encarnados, pasó junto a ella.

Ciertamente que no había nada muy especial en eso; ni tampoco preocupó mucho a Alicia oír al conejo que se decía a sí mismo:

"¡Caramba! ¡Caramba! ¡Llegaré atrasado!"

Más tarde, Alicia volvió a recapacitar sobre esas palabras, y le pareció que debieran haberla preocupado, pero en el momento en que las oyó le sonaron perfectamente naturales. Sin embargo, cuando el conejo sacó un reloj del bolsillo del chaleco, lo miró atentamente y dio señales de apresurarse, Alicia se puso de pie porque su mente discurrió, como un rayo, que nunca había visto antes un conejo ni con chaleco ni con reloj; y, ardiendo de curiosidad, atravesó corriendo el campo tras el animalito y alcanzó a verlo cuando se colaba en su madriguera, detrás del vallado de zarzas.

Un momento después, Alicia entraba al mismo sitio, sin reflexionar cómo saldría después.

La madriguera se prolongó en un especie de túnel, que bruscamente empezó a descender, tanto, que Alicia no tuvo un segundo para pensar, cuando se encontró cayendo en algo que parecía un pozo muy hondo.

Ya fuera porque en realidad el pozo era muy hondo o porque ella cayó muy lentamente (para fortuna de ella, su falda se abrió como un globo y así no cayó tan rápido), el caso es que tuvo suficiente tiempo, mientras descendía, para ver lo que había a su alrededor y para imaginar lo que sucedería después.

Primero trató de mirar hacia abajo para ver dónde caería, pero estaba demasiado oscuro como para divisar nada. Luego miró las paredes del pozo y observó que estaban llenas de estantes y armarios de libros; más allá vio colgados mapas y láminas. A la pasada cogió un frasco de uno de los armarios. Tenía una etiqueta que decía: "MERMELADA DE NARANJAS", pero, para gran desilusión suya, estaba vacío. No quiso tirar el frasco por miedo de matar a alguien que estuviera abajo, por eso se las arregló para volverlo a colocar en otro de los armarios frente al cual pasaba.

"Bueno —pensó Alicia para sus adentros—, después de una caída como ésta no podré volver a quejarme cuando ruede escalera abajo. ¡Cuán valiente me van a encontrar todos los de mi casa! ¡No diré una palabra ni siquiera si llego a caerme del propio tejado!" (cosa que era bastante probable).

Siguió cayendo, cayendo, cayendo... ¿Acaso no terminaría nunca de caer?... ¡

"Me pregunto cuántos kilómetros llevaré descendidos... —dijo en voz alta—. Debo estar muy cerca del centro de la tierra. Veamos: eso significa unos seis mil quinientos kilómetros de profundidad, creo..."

(Como ustedes ven, Alicia había aprendido muchas cosas, gracias a las lecciones de la escuela, y aunque ésta no era muy buena oportunidad para lucir sus conocimientos, ya que no había nadie que la oyese, siempre resultaba conveniente practicar...).

"Sí, ésa debe ser más o menos la distancia, pero ahora me pregunto a qué grado de latitud o de longitud habré alcanzado"...

(Alicia no tenía la menor idea de lo que significaba eso de latitud o de longitud, pero pensó que tales palabras sonaban maravillosamente.)

Siguió reflexionando:

"Quisiera también saber si estoy cayendo directamente al centro de la tierra... ¡Qué divertido va a ser cuando salga y aparezca en medio de la gente que camine con la cabeza abajo! Son los antipáticos, me parece..."

(Esta vez sí que estaba contenta de que no hubiese nadie oyéndola, porque no estaba en absoluto segura de que fuese ésa la verdadera palabra.)

"Tendré que preguntarles cómo se llama el país... —¿Quiere hacer el favor de decirme, señora, si ésta es Nueva Zelanda o Australia?"

(Y al pronunciar estas palabras trató de usar el tono más amable que le fue posible, aunque su cortesía resultaba más bien fantástica al ser aplicada mientras volaba por el aire.)

¡Figúrense, cortesía en semejante momento!

"¡Cuán ignorante me van a encontrar cuando les haga la pregunta! No, no preguntaré nada.. Es muy probable que vea el nombre del país escrito en alguna parte."

Siguió cayendo, cayendo, cayendo... Como no había otra cosa que hacer, Alicia empezó a hablar de nuevo:

"¡Me parece que Dinah me echará mucho de menos esta noche! (Dinah es su gata.) Se me ocurre que en este momento estará recordando su plato de leche, porque ya es la hora del té. ¡Mi Dinah querida, cómo quisiera que estuvieses conmigo! No hay ratas en el aire, me temo, pero creo que podrías cazar un murciélago, que en realidad se parecen bastante a las ratas, como tú sabes. Pero, ¿les gustan los murciélagos a los gatos?"

Aquí Alicia empezó a sentir algo de sueño, y continuó diciéndose a sí misma, con un tono bastante adormilado:

"¿Comen murciélagos los gatos? ¿Comen murciélagos los gatos?" Y luego: "¿Comen gatos los murciélagos?"

Como ustedes ven, no podía contestar ninguna de las dos preguntas, así es que en realidad no importaba la forma en que las hiciera. Sintió que se dormía y empezó a soñar que caminaba de la mano con Dinah, y que decía a la gatita, muy seriamente:

"Ahora, Dinah, dime la verdad: ¿has comido un murciélago alguna vez?"

De repente, ¡bam!, ¡pam!, ¡puf!, cayó sobre un montón de ramas y hojas secas. Allí terminó el descenso.

Alicia no se encontraba herida en absoluto, y, de un salto, se puso de pie. Miró hacia arriba, pero todo estaba oscuro. Ante ella se abría otro largo corredor, y en él vio al conejo blanco que continuaba corriendo. No había un momento que perder... Alicia, ligera como el viento, continuó tras el animalito y alcanzó a oír que decía, mientras doblaba una esquina:

"¡Por mis orejas y mis bigotes, qué tarde se me está haciendo!"

Estaba muy cerca del conejo cuando éste dobló la esquina; sin embargo, lo perdió de vista.

Ahora se encontró en una sala muy larga y baja, alumbrada por una hilera de lámparas que colgaban del techo.

La sala se veía rodeada de puertas, pero todas estaban con llave, y aunque Alicia trató de abrirlas, una por una, no pudo conseguirlo. Se dirigió tristemente al centro de la habitación, pensando cómo se las arreglaría para salir de nuevo.

De pronto se encontró junto a una pequeña mesa de tres patas construida con un cristal muy sólido. Sobre ella no había nada más que una minúscula llavecita de oro, y la primera idea que tuvo Alicia fue que la llave perteneciera a una de las puertas de la sala; pero, desgraciadamente, ya fuese porque las cerraduras eran demasiado grandes o la llave demasiado pequeña, el caso es que no pudo abrir ninguna puerta. No obstante, al recorrer por segunda vez la habitación, encontró una cortina que no había visto antes y descubrió que detrás de ella había otra puerta que no tendría más de cuarenta centímetros de alto. Ensayó de nuevo la llavecita, y para gran alegría suya, calzaba perfectamente.

Alicia abrió la puerta y encontró que conducía a un pequeño pasillo, que no era más grande que una cueva de ratones. Se arrodilló, y, mirando a través del corredor, vio el jardín más hermoso que es posible imaginar.

¡Cuánto desearía salir de aquel sitio oscuro para pasearse en medio de esas lindas flores y junto a las frescas fuentes! Pero ni siquiera podía pasar la cabeza a través de la puerta.

"¿Qué sacaré con lograr pasar la cabeza si no me caben los hombros? — pensó la pobre Alicia—. ¡Qué no daría yo por poder plegarme igual que un telescopio! Creo que podría hacerlo si sólo supiera cómo empezar"...

Por lo que ustedes ven, a Alicia le estaban pasando cosas tan extraordinarias, que ya no podía considerar nada imposible.

Parecía inútil seguir esperando junto a la pequeña puerta, así es que volvió hasta la mesa con la lejana esperanza de poder encontrar otra llave o, al menos, un libro que contuviera las reglas para que la gente se pudiese doblar como los telescopios. Esta vez descubrió un pequeño frasco ("que ciertamente no estaba allí antes", pensó Alicia), que tenía colgando del cuello una etiqueta con la siguiente palabra, escrita con unas grandes y hermosas letras impresas: "BÉBEME".

Estaba muy bien aquello de decir "Bébeme" pero la prudente Alicia no iba a hacer eso precipitadamente.

"No, miraré primero —se dijo—, y veré si en alguna parte dice veneno."

Alicia tomaba esas precauciones porque conocía por sus libros de cuentos muchas lindas historias respecto a niños que se habían quemado, que habían sido devorados por bestias salvajes y que les habían acontecido otras cosas desagradables nada más que por no recordar las sencillas cosas que sus amigos les habían enseñado, tales como que un hierro calentado al rojo quema si se le coge con la mano, y que el dedo sangra si se le corta muy profundamente con un cuchillo. Ella nunca había olvidado eso ni tampoco que si se bebía el contenido de un frasco que dijera "veneno" era casi seguro que, tarde o temprano, le sucedería algo desagradable.

Sin embargo, esta botella no decía "veneno", así es que Alicia se aventuró a probarlo y, encontrándolo muy agradable (tenía desde luego una mezcla del gusto de una torta de fresas con piña, pavo asado, crema, galletas y tostadas con mantequilla), lo consumió entero.

*

"¡Qué sensación tan extraña! —pensó Alicia—. Debo estar cerrándome como un telescopio."

Así era, en realidad. Ahora sólo tenía unos quince centímetros de alto y su rostro se iluminó con la alegría de pensar que ya podía atravesar la puerta y entrar al lindo jardín. Sin embargo, esperó primero durante unos cuantos minutos para ver si seguiría achicándose, idea que la ponía un poco nerviosa, porque "ya es suficiente, y si sigo así pareceré una vela", pensó.

Después de un momento, viendo que nada más le pasaba, decidió ir al jardín de una vez, pero, desgraciadamente para la pobre Alicia, descubrió, al llegar a la puerta, que había olvidado la llavecita de oro sobre la mesa y que ahora no era posible alcanzarla. A través del cristal la veía perfectamente: trató de trepar por una de las patas de la mesa, pero era demasiado resbalosa. Después de inútiles ensayos, sintiéndose muy cansada, se sentó en el suelo y lloró amargamente.

"¡Vamos, no tiene sentido llorar así! —se dijo Alicia, casi con enojo—. Lo mejor es que me deje de lágrimas."

Generalmente se daba a sí misma muy buenos consejos (aunque muy rara vez los seguía) y a veces se reprendía tan severamente, que hasta conseguía que las lágrimas acudieran a sus ojos. En una ocasión recordó haberse tirado sus propias orejas por haberse hecho a sí misma una trampa jugando al croquet. Jugaba contra ella, pero esta curiosa niña era muy aficionada a imaginar que representaba a dos personas.

"¡Es inútil ahora pretender que soy dos! —pensó la pobre Alicia—. Me bastaría ser una sola niña, pero una niña razonable."

Muy poco después, sus ojos dieron con una diminuta caja de cristal que había debajo de la mesa. La abrió y encontró un pequeño pedazo de queque, que tenía, hermosamente escrita con pasas, la siguiente palabra: "CÓMEME".

"Éstá bien, te comeré —dijo Alicia— , y si me haces agrandarme, podré alcanzar la llave. Si me sigo achicando, lograré arrastrarme por debajo de la puerta, de manera que, en los dos casos, podré llegar al jardín, y entonces no me importará lo que suceda"...

Se comió un pedacito y se dijo ansiosamente:

"¿Qué me pasará? ¿Qué me pasará?"

Se puso la mano encima de la cabeza para ver si crecía o no, advirtiendo con gran sorpresa que seguía del mismo tamaño. Eso es por lo de más lo que generalmente sucede cuando se come queque, pero como Alicia ya estaba dispuesta a que sólo sucedieran cosas extraordinarias, le pareció bastante vulgar y necio permanecer igual que antes.

Siguió en su tarea y muy pronto acabó con el queque.

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