El último mohicano

 

Capítulo XII

LA MUERTE DEL ÚLTIMO MOHICANO

Durante la siguiente hora, el campamento de los delawares pareció una gran colmena.

Uncás se dirigió a un árbol enano que crecía en las grietas de la plataforma rocosa. Le arrancó la corteza, y se alejó. Otro guerrero le arrancó las ramas al mismo árbol, dejando solamente un tronco desnudo; y por fin un tercero, pintó el tronco, a rayas de un color rojo oscuro. Uncás se acercó entonces al árbol y comenzó a bailar a su alrededor, entonando una canción de guerra.

Tres veces repitió el canto y otras tantas danzó en torno del árbol. Al terminar la primera vuelta, un jefe guerrero siguió el ejemplo de Uncás. Otros guerreros se fueron sumando al baile. El joven clavó su hacha en el árbol desnudo, lanzó una exclamación con la que anunciaba su autoridad para dar fin a la tregua dada al magua.

Más de cien guerreros se lanzaron sobre el árbol hasta dejarlo convertido en astillas. Uncás elevó sus ojos hacia el sol que estaba ya sobre los árboles y dispuso la designación de los jefes para que ocuparan los puestos más importantes y luego dio la orden de partir.

Fue silenciosa la salida de más de doscientos hombres. Nadie los molestó cuando entraron en la selva y caminaron durante un largo espacio. Luego hicieron un alto para celebrar una reunión y así ponerse de acuerdo acerca de cómo debían actuar. Entonces descubrieron a lo lejos a un hombre que venía solo desde el sitio en dónde debía estar el enemigo.

Avanzaba tan rápidamente que podía pensarse que se trataba de un mensajero portador de propuestas pacíficas. Se detuvo a cierta distancia y todas las miradas se dirigieron hacia Uncás, como esperando órdenes.

—Ojo de Halcón —dijo Uncás—, ése no debe volver a ver a los hurones.

—Su hora ha llegado —contestó el cazador, bajando la punta de su rifle por entre las hojas, y ya parecía que iba a disparar, cuando dejó tranquilamente el arma en tierra y empezó a reírse a carcajadas—. No lo creerás, Uncás —agregó Ojo de Halcón—, se trata del músico. Es el hombre llamado Gamut, iré a encontrarlo.

El cazador se internó en la selva hasta que llegó a una distancia como para ser oído por David, e imitó los cantos que entonaba Gamut. Éste comprendió que sólo Ojo de Halcón podía imitarlo y corrió hasta donde él se encontraba. Cuando estuvo junto a los delawares, David se asustó al ver el aire sombrío y salvaje de los jefes que lo rodeaban. Pero el cazador lo tranquilizó y luego le preguntó dónde se encontraban los hurones.

—Están ocultos en la selva, entre este sitio y su aldea, y son tantos que lo más prudente sería devolverse cuanto antes. El magua está con ellos, y la joven fue encerrada en una caverna.

—¿No podríamos hacer algo para liberarla ahora mismo? —preguntó Heyward.

—¿Qué dice Ojo de Halcón? —preguntó Uncás.

—Dame veinte hombres —contestó el cazador—. Me iré por la derecha, siguiendo el curso del río, y pasando junto a las cuevas de los castores, me reuniré con Chingachgook y el mayor. Pronto oirán el grito de guerra por ese lado; el viento lo traerá hasta aquí. Cuando esto ocurra, Uncás, ustedes los atacan. Después entraremos a su aldea y sacaremos de la caverna a la joven.

Tras una breve conversación, el plan fue madurado y comunicado a los diversos jefes. Se pusieron de acuerdo en las señales y los jefes se separaron, yendo cada uno al puesto que se le había asignado.

 

Reunida su pequeña tropa de veinte hombres, el cazador tomó su rifle, e indicó a sus compañeros que lo siguieran. Cuando llegaron a la orilla de un río, hicieron un alto esperando la llegada de los hurones. El cazador vio entonces que lo seguía el músico, y le advirtió que ellos iban a combatir con los hurones, y que allí sólo se escucharían los sonidos de los rifles. David aceptó las condiciones que se le imponían. Entonces, el cazador dio la orden de ponerse en marcha.

El grupo siguió el curso del río por espacio de una milla. Aunque la espesura de la maleza lo protegía, el cazador no descuidó cautela alguna. Llegaron al fin a un lugar donde el pequeño río desembocaba en un brazo ancho. Ojo de Halcón ordenó un nuevo alto para observar los indicios de la selva.

—Es probable que tengamos un buen día para pelear —le dijo el cazador al mayor—. El sol brillante hace resplandecer el cañón del rifle y perjudica la puntería. Todo nos es favorable. Los hurones tienen el viento contrario. El humo irá sobre ellos. Nosotros podremos hacer fuego libremente.

El río seguía un curso irregular. En sus riberas había restos secos de árboles muertos. El cazador estaba preocupado. Sabía que el campamento de los hurones estaba situado a media milla río arriba y temía una emboscada. Al fin, cansado de su prudencia, decidió sacar a la vista su tropa y conducirla con cautela por el río.

Apenas estuvo a la vista la pequeña tropa, sono a su espalda una descarga de fusilería; uno de los delaware cayó muerto.

—¡Pronto, contesten y pónganse a cubierto! —gritó el cazador.

Los hurones se replegaron y se produjo una pequeña tregua. Luego, sin embargo, recomenzó el combate. Ojo de Halcón corría de árbol en árbol haciendo fuego con su rifle, seguido por el mayor, que lo imitaba. Los hurones no retrocedían; tampoco tenían heridos. La suerte del combate era cada vez más deplorable para cl cazador y sus guerreros.

Los hurones empezaban a cubrir y desbordar los flancos de sus enemigos, y cuando los delaware pensaban que serían arrollados, se oyeron repentinos gritos de guerra y un ruido de armas de fuego procedente de la selva donde estaba apostado Uncás.

El ataque dividió a los hurones. El cazador animaba a sus guerreros y les ordenó que atacaran. La carga consistía sólo en avanzar de árbol en árbol, poniéndose a cubierto. Los hurones aprovechaban la ocasión para hacer una descarga tan precipitada como inútil.

Sin detenerse a respirar, los delawares avanzaron a grandes saltos hacia la selva. Algunos viejos hurones no cayeron en la trampa; esperaron tenerlos cerca e hicieron una terrible descarga. Tres delawares cayeron, pero otros penetraron en la selva. La lucha cuerpo a cuerpo duró poco, y los hurones cedieron terreno rápidamente, hasta que llegaron al borde opuesto de la espesura. Se volvieron y se mostraron decididos a defenderse. En aquel momento crítico se oyó un disparo a la retaguardia de los hurones, y una bala vino silbando desde las chozas de los castores, y resonó otro grito de guerra.

—¡Chingachgook! —exclamó el cazador—. ¡Los tenemos entre dos fuegos!

Los hurones, desmoralizados y no teniendo dónde resguardarse, no pensaron más que en huir. Entonces se reunieron Chingachgook, el cazador, Heyward y el padre de Alicia. Ojo de Halcón entregó el mando a Chingachgook. La colina donde se habían detenido se encontraba rodeada de espesos árboles.

Abajo, en un valle sombrío, Uncás seguía combatiendo con el grueso de las tropas del magua. Chingachgook y sus compañeros avanzaron hasta el borde de la meseta y escucharon los ruidos de la batalla. Pronto, sin embargo, cesó el ruido de las armas. Entonces vieron aparecer unos hurones, parapetados tras los árboles decididos a luchar con desesperación. Heyward miraba constantemente a Chingachgook para saber si era la ocasión de hacer fuego. El jefe permanecía sentado sobre un peñasco, como si su misión se limitara a ser espectador.

Chingachgook dio entonces la señal y comenzó el tiroteo. Una docena de hurones rodaron, muertos. A los gritos de guerra de Chingachgook, respondieron numerosas exclamaciones provenientes desde el bosque, que hicieron vibrar el aire. Los hurones abandonaron el centro de su línea. Por el espacio abierto apareció Uncás, a la cabeza de cien guerreros.

Agitando las manos a izquierda y derecha, el joven señaló a su gente dónde estaba el enemigo, y los delawares se separaron y se lanzaron tras los hurones en fuga. Un pequeño grupo se retiró con lentitud. Entre ellos, se avistó al magua. Uncás se había adelantado y se había quedado solo; pero en el momento en que vio a Zorro Sutil, olvidó toda prudencia y lanzó su grito de guerra, con lo cual reunió a su alrededor a seis de sus guerreros, y sin pensar en la inferioridad numérica, se arrojó sobre su enemigo.

El magua había observado sus movimientos, y con secreta alegría se aprestó a recibirlo. Pero cuando él pensó que la ciega impetuosidad del mohicano lo iba a poner a su merced, sonó otro grito y vio a Carabina Larga que corría con sus dos compañeros en ayuda de Uncás. Ojo de Halcón le gritó que no se expusiera temerariamente, pero el joven mohicano no escuchó.

Fugitivos y perseguidores llegaron a las primeras chozas de la aldea. El campo había quedado cubierto de cadáveres. Uncás se lanzó en persecución del magua, pese a las advertencias del cazador y de Duncan.

Zorro Sutil se internó en la espesura y entró en la caverna donde había estado Alicia. Ojo de Halcón se precipitó con sus compañeros a la caverna. Entraron en las galerías naturales y en los pasajes subterráneos; allí se encontraban centenares de mujeres y de niños que gritaban y lloraban. Uncás no perdió de vista al magua, que parecía ser su único interés. Hubo un momento en que el cazador y Heyward vieron un ropaje blanco que se agitaba en el extremo de una galería ascendente, que llevaba a la cumbre del peñón.

—¡Es Cora! —exclamó Duncan.

La persecución se reavivó estimulada por la aparición de la cautiva, pero los hurones encontraron los medios de hacer disparos sin dejar de trepar, por un pasaje practicado en la roca.

—¡Tenemos que alcanzarlos! —exclamó el cazador.

—¡Miren! Se valen de la chica como de un escudo.

Ya más cerca, vieron que la joven era arrastrada por un grupo de hurones hacia una de las salidas de la caverna.

Uncás y Heyward, enfurecidos, se precipitaron detrás de los salvajes.

—¡Detente, perro hurón! —gritó Uncás, desde lo alto de una roca—. ¡Detente!

—No iré más allá —gritó Cora al magua—. Mátame si quieres, detestable hurón; no iré más allá.

El jefe hurón desenvainó su cuchillo y se volvió hacia la indefensa joven.

—¡Elige, mujer! ¡La choza del magua o su puñal! —dijo.

Cora se puso de rodillas, extendió los brazos y dijo con voz suave y tranquila:

—¡Soy tuya, Señor! ¡Que se haga tu voluntad!

—¡Mujer! —repitió el magua—. ¡Elige!

Cora no respondió. Zorro Sutil temblaba de ira; levantó el brazo con gesto amenazador, y lo dejó caer como si no supiera qué hacer. Una vez más luchó consigo mismo y volvió a levantar el puñal. En ese mismo instante resonó un gritó penetrante y apareció Uncás. El hurón retrocedió un paso y uno de su compañeros, sin vacilar, hundió su cuchillo en el pecho de Cora.

El magua se precipitó como un tigre sobre el asesino, pero ya había desaparecido y el cuerpo de Uncás le impedía seguirlo. Furioso contra ese obstáculo, y enloquecido por la muerte de Cora, el hurón, ciego de rabia, hundió cobardemente su puñal en la espalda de Uncás.

El mohicano reaccionó como una fiera herida, y con un esfuerzo supremo pudo incorporarse y derribar al magua, pero se agotaron sus fuerzas y cayó sin apartar de su enemigo una última mirada de desprecio. El hurón arrancó su puñal de la herida y lo hundió tres veces en el pecho de Uncás, sin conseguir apartar la mirada del moribundo.

Ojo de Halcón, que había avanzado hasta donde estaba el magua, atravesando los roqueríos, levantó su rifle. Lanzando una risa ronca y burlona, el hurón dio un salto prodigioso, pero no llegó a caer en tierra como él esperaba, sino que se asió desesperadamente a un arbusto que crecía al borde de una roca.

Ojo de Halcón se había acurrucado como una fiera al acecho. Sin agotarse en inútiles esfuerzos, el astuto magua buscó hasta encontrar una piedra saliente en que apoyarse. El cazador le apuntó y disparó. El hurón soltó los brazos, pero sus rodillas mantuvieron su posición, y finalmente cayó de espaldas rodando de roca en roca hacia el abismo.

 

El amanecer del día siguiente encontró en duelo a la nación lenape. Había cesado el combate; su antiguo rencor estaba apaciguado, luego de haber vengado con la destrucción de un pueblo la ofensa inferida. El aire negro y turbio que flotaba en torno al sitio en que habían acampado los hurones decía con claridad cuál había sido el destino de aquella tribu errante.

Seis muchachas delawares esparcían, de cuando en cuando, hierbas olorosas o flores de la selva sobre el manto indio que cubría los restos de la noble y generosa Cora. A sus pies estaba sentado el desolado Munro. El fiel Gamut se hallaba a su lado. Cerca de ellos Heyward, recostado contra un árbol, hacía esfuerzos para reprimir su emoción.

Uncás, sentado como si se encontrara vivo aún, estaba adornado con hermosas vestiduras de su tribu; adornaba su cabeza un rico penacho que se agitaba con el viento. Su padre se encontraba frente a él, sin armas ni adornos y hasta la pintura había sido borrada de su cuerpo. El cazador, inclinado junto a Chingachgook, se apoyaba sobre el arma vengadora. Todo estaba en silencio. El patriarca, apoyándose en los hombros de los dos ancianos, se levantó. Parecía que habían transcurrido años desde el día anterior, cuando habló a su pueblo.

—¡Hombres de lenape! La cara del Manitou está detrás de una nube, ha apartado sus ojos de nosotros.

Este terrible anuncio hizo que la multitud enmudeciera, pero poco a poco comenzaron a elevarse cánticos en honor a los caídos.

Una muchacha, elegida entre varias, comenzó a ensalzar las virtudes de Uncás, su juventud y su vigor.

Otras niñas vinieron después y mencionaban cálidamente a Cora y cantaron sobre la coincidencia de la muerte con el guerrero y que aquello era para manifestar la voluntad del Gran Espíritu. También mencionaban a Alicia, que lloraba en la choza próxima. La comparaban con los copos de nieve, sus rizos eran como los de la viña, sus ojos como la azul bóveda del cielo.

Los delawares escuchaban como hechizados y en sus expresivos rostros se podía leer la pena que los embargaba.

El cazador era el único hombre blanco que comprendía el significado de los cantos funerarios y sintió la emoción en varios de sus pasajes.

Chingachgook, en cambio, no parecía demostrar interés alguno: no se movió un solo músculo de su rostro, ni aún en las partes más patéticas de las lamentaciones. Sólo tenía ojos para ver el cuerpo de su hijo tan amado.

Pasaron muchos guerreros rindiendo tributo con su oratoria y canto. De pronto se oyó una voz profunda, unas notas bajas en lenta progresión, suaves y monótonas; era el canto fúnebre de Chingachgook.

Gamut, que había seguido con atención los ritos, al ver que se llevaban el féretro de Cora, inclinó la cabeza sobre un hombro del desconsolado padre, y murmuro:

—Se llevan a su hija, ¿no debemos seguirla y ver que sea sepultada como verdadera cristiana?

Munro se levantó, miró en torno suyo y siguió al cortejo con paso militar y con todo el dolor de un padre desesperado. Sus amigos lo rodearon y el joven oficial se unió a ellos, conmovido ante la temprana muerte de tan bella joven. Por su parte, los hombres de lenape formaron un círculo en torno a los restos de Uncás.

El sitio elegido para Cora era una pequeña altura, donde habían plantado unos pinos que daban una sombra apropiada a aquel sitio solitario.

Las jóvenes indias procedieron a depositar el cadáver en una caja fabricada de cierta elegancia, empleando la corteza de un abedul. En seguida la bajaron a su última morada y cubrieron con hojas la tierra recién removida.

David entonaba un cántico piadoso de esperanza y de resignación. Conmovido, se superó a sí mismo y su canto no tuvo nada que envidiar al coro de las muchachas.

Las miradas se dirigieron al padre de la muerta. Munro pareció comprender que había llegado el momento supremo de su existencia. Descubrió su cabeza gris y, con semblante grave y sereno, miró a la multitud respetuosa que lo rodeaba. Hizo una seña al cazador y le pidió que tradujera:

—Diga a estas buenas niñas que un padre viejo y desolado les agradece lo que han hecho. Dios les tendrá en cuenta su caridad; y que llegará el tiempo, no muy tarde, en que todos nos reuniremos en torno de su trono sin distinción de sexo, rango ni color.

Duncán tocó el brazo del anciano y le señaló una litera que traían unos jóvenes en andas.

—Comprendo —dijo el anciano—. Vamos; nuestro deber aquí ha terminado. Partamos.

Heyward se apresuró a obedecer aquella orden, ya que estaba a punto de perder su serenidad. Estrechó la mano del cazador y se comprometió a encontrarse nuevamente con él en las filas del ejército inglés. Montó su caballo y se acercó a la litera de la que salían los sollozos ahogados de Alicia.

Después de que se hubieron marchado, Ojo de Halcón regresó al sitio de la sepultura de los dos jóvenes. Los delawares comenzaban a cubrir a Uncás con sus últimos vestidos de pieles. Toda la nación se reunía en torno al sepulcro de su jefe. El cuerpo fue depositado con el rostro vuelto hacia el sol naciente; sus armas de guerra y caza fueron colocadas a su lado; todo estaba preparado para el gran viaje, y hasta el féretro tenía una abertura para que el espíritu pudiera comunicarse con sus restos cuando fuera el momento.

Chingachgook levantó la cabeza y, luego de recorrer con la vista la asamblea, se le oyó decir:

—¿Por qué lloran mis hijos? ¡Porque un joven ha partido para los hermosos campos de caza! ¡Porque un jefe ha colmado su tiempo con honor! Fue bueno, respetuoso y valiente. El Manitou necesitaba tener guerreros como él y lo ha llamado. En cuanto a mí, yo ya no soy más que un tronco seco, mi raza ha desaparecido de las costas del lago salado y de las colinas de los delawares. Yo estoy solo...

—¡No, no! —exclamó Ojo de Halcón. Nuestro color puede ser diferente, pero Dios nos ha colocado de manera que recorramos la misma senda. Yo no tengo familia y puedo decir, comó tú, que no tengo pueblo. Uncás era tu hijo, el hijo nos ha dejado por algún tiempo, pero tú no estás solo.

Chingachgook estrechó la mano amiga, y los dos recios e intrépidos habitantes de los bosques permanecieron con la cabeza inclinada, dejando que sus lágrimas cayeran como gotas de lluvia sobre el sepulcro de Uncás.

Entonces Tamenund levantó la voz para dispersar a la multitud:

—¡Partan, hijos de lenape! Aún no ha llegado la hora de los pieles rojas. En la mañana de mi vida vi a los hijos de Unamis felices y fuertes. Pero antes de que llegara mi noche, he visto al último guerrero de la sabia estirpe de los mohicanos.