El Príncipe y el mendigo

 

Análisis literario

Los Estados Unidos afianzaron el proceso de su Independencia alrededor de 1783, desde esa fecha y hasta la primera mitad del siglo XIX, la literatura norteamericana intentó cortar los lazos que la habían unido a la de Inglaterra. Pero aunque su temática empezó a ser la del nuevo país en formación, continuó siendo influida por el romanticismo, tendencia entonces imperante en la metrópoli.

Sólo después del descubrimiento de oro en California, las obras empiezan a alejarse definitivamente del romanticismo, la literatura se hace realista.

A primera vista, podría creerse que "El príncipe y el mendigo" es una novela histórica. Su espacio se sitúa a mediados del siglo XVI, en la corte de Enrique VIII y en las calles de Londres. El propio autor, quien es el narrador en la obra, ha dicho que ésta es "una historia que durante generaciones se ha transmitido oralmente de padres a hijos". Pero no hay tal. Los hechos relatados jamás ocurrieron en Inglaterra, aunque están tratados en forma realista.

Cuando empiezan a apartarse del romanticismo, los escritores norteamericanos iniciaron la búsqueda de la identidad de su país. Descubrieron, entonces, que detrás de la epopeya colonizadora había graves problemas sociales y raciales, enormes injusticias, enormes diferencias entre pobres y ricos.

Mark Twain ya había encarnado esto, a su modo, en sus dos célebres personajes: Tom Sawyer y Huckleberry Finn. Otros escritores norteamericanos también lo habían hecho. Enriqueta Beecher, con "La cabaña del tío Tom" (1852), había sensibilizado a la opinión pública a favor de los derechos civiles de los negros. Y Henry Thoreau, en su novela "John Brown" (1859), mostraba cómo un esclavo negro armaba a sus congéneres de raza y luchaba contra los plantadores de algodón sureños.

En "El príncipe y el mendigo" Twain utilizaría nuevamente a dos niños para mostrar las injusticias sociales y la crueldad de las leyes impuestas por los poderosos.

Así, en un mismo día nacen dos niños; uno, el príncipe Eduardo Tudor, el heredero ansiosamente esperado de Enrique VIII; el otro, un niño mísero que nadie deseaba: Tom Canty. Este último, en medio de la más atroz pobreza, soñó durante años con príncipes, hadas y castillos encantados. Tanto, que, a pesar de su miseria, se las arreglaba para jugar a que era un príncipe, transformando a los miembros de su pandilla en caballeros y cortesanos.

Una casualidad hace que Eduardo Tudor —quien a su vez soñaba con liberarse del protocolo de la corte— conozca a Tom. Ambos niños deciden, por juego, intercambiar sus papeles durante un día.

Pero los hechos se desencadenan de tal modo que no logran recuperar sus verdaderas identidades. Esto permitirá que el príncipe conozca todas las humillaciones, crueldades e injusticias a que están sometidos sus súbditos. Y que Tom, a su vez, conozca la falta de libertad que sufren los poderosos y su imposibilidad para gobernar con justicia.

La obra tiene dos protagonistas, ya que se desarrolla en dos historias paralelas, en contrapunto. Uno es Tom Canty, el niño pobre, y el otro Eduardo Tudor (que históricamente reinaría como Eduardo VI, entre 1537 y 1553).

Ambos niños son físicamente iguales. Y ambos, pese a su distinta educación, tienen los mismos valores morales: son justos, leales, nobles. Simbolizan el pensamiento de Mark Twain de que todo niño es puro.

Los personajes secundarios también se dividen en históricos y ficticios. Son históricos —aunque sus actuaciones sean inventadas por el autor— Enrique VIII y sus dos hijas: María (que reinaría como María I) e Isabel (que regiría Inglaterra como Isabel I). Igual cosa ocurre con Juana Grey, sobrina de Enrique VIII, y algunos nobles caballeros de su corte.

Personajes ficticios son el padre, la madre, la abuela y las dos hermanas de Tom.