Globalización, identidad cultural, crisis

 

Estamos en los inicios de un nuevo milenio, y como ocurre siempre en el umbral de los grandes cambios, profetas modernos, cientistas sociales y/o gerentes culturales, como se dice hoy, anuncian un orden mundial diferente que se caracterizará, según estos, por procurar la participación de las grandes y pequeñas naciones en un proyecto conjunto de relaciones sociales, culturales y económicas al que se le ha llamado globalización o aldeanización del mundo.

Estos términos globalización o aldeanización del mundo se utilizan para referirse a la creciente interdependencia mundial de la gente y las naciones. Desde hace unos años, o bien desde la década de los 80, este proceso ha cobrado muchísimo ímpetu, sobre todo debido a los grandes avances en el campo tecnológico.

La globalización de la economía, de las comunicaciones y las tecnologías no es un tema exclusivo de ellas, sino que también penetra hacia lo social y cultural en sentido general, ejerciendo una significativa influencia en la cultura de los pueblos, transformando así las relaciones más cotidianas de los seres humanos de forma radical.

Esta creciente integración internacional ha producido toda una serie de consecuencias de carácter, económico, político, cultural y medioambiental . Lamentablemente, algunas de ellas pueden ser y son negativas. La vida de la gente en todo el mundo está vinculada de manera más profunda, más intensa y más inmediata que nunca antes.

Esto abre muchas oportunidades, da nuevas posibilidades de bien y de mal, como sucede en el caso de gran cantidad de logros humanos, la globalización tiene un lado positivo y uno negativo, ésta ha enriquecido el mundo en sentido científico y cultural, y también ha beneficiado económicamente a muchas personas.

Pese a los resultados positivos en el orden científico y cultural, muchas personas aún temen que los efectos perjudiciales de la globalización superen los beneficiosos, pues las fuerzas de mercado se interesan mucho más por las ganancias económicas que en la protección del planeta tierra.

La considerable cantidad de emigrantes y las repercusiones económicas y socio - culturales de este hecho, hacen del mismo un fenómeno trascendente dentro de nuestra contemporaneidad .

Hoy podemos observar como la comunicación y el intercambio entre culturas se ha incrementado en forma rápida . Es nuestro interés al situar estas nuevas nociones definir ¿que significa identidad ?

Es el grupo de características esenciales y circunstancias que hacen que alguien o algo sea reconocido, sin posibilidad de confusión con otro. En tal sentido la identidad de una nación es el conjunto de caracteres y circunstancias que hacen que ella sea reconocida sin posibilidad de confundirla con otra nación. Esto implica, que la identidad Nacional habría que buscarla entre los elementos básicos que definen a cada nación, es decir: territorio, lengua, religión, raza, historia, conciencia colectiva, política etc.

Y dentro de estos habría que buscar aquellos indicadores que hacen posible que sea reconocida y no confundida una con otras, por semejantes o parecidos que sean.

Y es, pues, que la gran circulación migratoria en el mundo, así como el acelerado desarrollo de la comunicación que ha hecho realidad la concepción del planeta como una "aldea global" y de interconexión, impone la necesidad de manejar el concepto y proceso de identidad bajo nuevas ópticas y bajo una concepción diferente a la tradicional, en sintonía con la realidad de hoy.

Una identidad nacional no puede definirse ya por la pertenencia exclusiva a una comunidad nacional. El objeto de estudio no debe ser entonces sólo la diferencia, sino también la hibridación. Cuando menos, la noción clásica de identidad debe ser repensada. Si como se ha dicho la cultura es el conjunto de características esenciales que además de las artes, la ciencia y las tecnologías es el modo de vida prevaleciente en una sociedad.

Esta consiste en múltiples formas en que un pueblo establece un sistema de supervivencia y de convivencia social en virtud de dos tipos de conductas en estrecha y constante relación dinámica: la adaptación al medio en que vive y la transformación de ese medio para ponerlo al servicio de los deseos y necesidades humanas.

La cultura es la máxima expresión de la identidad, y nuestras culturas locales se encuentran cada vez más mediadas por los procesos migratorios y por el formidable avance de la tecnología de la comunicación, entonces es de lugar que la identidad sea cada vez más transterritorial e híbrida.

Esta transterritorialidad e hibridez no supone en nuestra consideración, la anulación de la especificidad que surge de la forma en que se combinan los diferentes elementos de la diversidad cultural, producto de procesos socio-económicos, socio-históricos y culturales que han hecho posible la conformación de cada nación y que permiten hablar con plena validez de identidad cultural y nacional propias.

Entender la globalización, o bien la aldeanización del planeta tierra sólo en sus aspectos negativos, sería oponerse a la modernización, pues el desarrollo de un país no necesariamente debe enfrentar lo tradicional y lo moderno como un hecho inaplazable. Se puede transitar una política de desarrollo social, articulando las formas tradicionales de la cultura a nuevas categorías que impliquen bienestar social, imprescindibles para cualquier avance orientado hacia la lucha contra la pobreza y la exclusión cultural.

Debemos estar bien claros que en todo este proceso de cambios culturales a que se ve abocada la humanidad, se presentaron diversas formas o manifestaciones de transculturización y resistencia, igual que en otros momentos de la historia vivida por la humanidad. Esa resistencia cultural no es otra cosa que una manifestación nacional y surge como respuesta al peligro de extinción de los que se consideran valores propios.

La identidad de valores o expresiones culturales y populares de una nación estriban en la diferencia de concepción que se tenga frente al fenómeno cultural general y en la diversidad de los enfrentamientos de los actores con su propio medio. En las expresiones populares y folclóricas descansan gran parte de la personalidad de un pueblo, y es que en todo proceso cultural la tradición representa la raíz de la actividad cultural del pueblo, siendo la tradición en donde se asientan los valores que caracterizan la cultura de un pueblo, de ahí la resistencia y respuestas autóctonas y nacionalistas.

Entonces parece obligado y necesario definir políticas culturales frente a este nuevo desafío derivado de la globalización, definir las líneas maestras de una política cultural que abarque una visión amplia de la cultura. Y es a través de la participación que la cultura, como manifestación del hecho humano en todas sus vertientes, determina un patrimonio, como una cantidad de bienes con una afectación especial y/o suis generis y que se denomina patrimonio cultural de una nación.

Este comprende " todos los bienes, valores y símbolos culturales tangibles e intangibles que son la expresión de cada nación, tales como: las tradiciones, las costumbres, los hábitos, así como el conjunto de bienes, incluidos aquellos sumergidos en el agua, materiales e inmateriales, muebles e inmuebles, que poseen un especial interés histórico, artístico, estético, plástico, arquitectónico, urbano, arqueológico, ambiental, ecológico, lingüístico, sonoro, musical, audiovisual, fílmico, científico, tecnológico, testimonial, documental, literario, bibliográfico, museográfico, antropológico, los productos y representaciones de la cultura popular "

La identidad cultural se manifiesta a través de la identidad patrimonial, ya que lo cultural se expresa en función de su patrimonio. Y es que cuando el patrimonio llega a formar parte de la conciencia común a todos los miembro del cuerpo social de la nación, empieza a reconocerse su alma, que es lo que llamamos patria.

De ahí que la identidad cultural nacional es el sentimiento de pertenencia a una colectividad unida por una historia y las tradiciones del pueblo, y por un proyecto de desarrollo compartido en un marco de igualdad en cuanto a la dignidad humana y respeto a la diferencia.

El fomento de la identidad cultural se concibe como una estrategia global destinada a preservar y proteger el patrimonio cultural de la Nación, como defensa cultural de una nación frente a la expansión de otras, para protegerse de los embates foráneos y mantener vivos los auténticos modos de comportamientos de los pueblos.

Como para la mayoría de las personas la patria es un ente abstracto y distante, se hace muy difícil enseñarle a conocer y querer tal cosa. Pero como el patrimonio se haya más cerca de nosotros y nos encontramos en intima relación con este, la enseñanza del patriotismo integral se hace más fácil y efectiva porque en cada elemento del patrimonio está presente la gente.

El patriotismo como semilla debe sembrarse y cultivarse por doquier, en el hogar, en la escuela, en las instituciones sociales, para que pueda germinar, florecer y darnos espléndidos frutos.

En algunos países, el extranjerismo delicioso, o sea, la afición por lo extranjero, por el solo hecho de serlo, es uno de los grandes daños que produce la ausencia del patriotismo.

Hay quienes alegan que el poco o escaso patriotismo que prevalece en nuestros pueblos se debe a su poco desarrollo. Esto no es cierto en modo alguno, ya que las historias nuestras en el pasado fueron más patriotas que en el presente, así lo ponen de manifiesto las epopeyas de la Independencia.

La patria se halla por encima de las diferencias de raza, sexo, credos religiosos o políticos. Florece en todas las culturas, en todas la épocas y en todas las Naciones, no es privativo de ningún pueblo y es a través de la misma que se conforma la Conciencia Nacional, producto de una larga evolución histórica.

Pero que es la conciencia nacional ? ... Es el conjunto de representaciones y referencias a partir de las cuales una sociedad o cultura alcanza a percibirse, a pensarse, a sentirse e incluso a soñarse. De este modo un pueblo es capaz de constituir una imagen de sí mismo, sea esta favorable o no a través del conocimiento del patrimonio, de los bienes y valores tangibles o intangibles de la nación, entendiendo que el patrimonio tangible comprende: el monumental, el artístico, documental y humano.

Dentro del patrimonio monumental figuran los datos relativos al patrimonio arquitectónico, plazas, lugares arqueológicos, monumentos conmemorativos etc. El patrimonio artístico comprende los datos que se refieren a artes visuales (pintura, escultura, fotografía, película y videos) y artesanías.

Como patrimonio documental se exponen los datos concernientes a museos, bibliotecas, archivos de documentos importantes, fotografías históricas, videos y películas, partituras musicales, colecciones filatélicas y numismáticas. En ese sentido, el patrimonio intangible, ese que no se puede tocar, se expresa en la música, en cantos tradicionales, cantos religiosos cantos de trabajo, himno y tonadas infantiles. y en la literatura oral en la que nuestros campesinos iletrados transmiten de una generación a otra mediante la décimas, cuentos, oraciones, adivinanzas, refranes, creencias, mitos, ensalmos, e historietas algunos mensajes de su realidad, así como otras manifestaciones culturales.

Estas expresiones son los indicadores de nuestros valores y bienes que se manifiestan generalmente en nuestras comunidades. Quien no conoce los bienes y valores de que dispone la comunidad a la que pertenece, no puede amar a su colectividad, ni mucho menos defenderla.

A propósito señalaremos algunos de los males que están afectando a muchas naciones en los últimos años en función de la falta de patriotismo por desconocimiento del patrimonio en general, es decir, de la identidad cultural nacional.

La crisis de la identidad cultural y el patriotismo posee indicadores muy concreto, veamos algunos:

La indeferencia ante lo que perjudica el patrimonio nacional, al igual que la destrucción de la propiedad pública y el descuido con que se administran los bienes públicos.

El poco amor o menoscabo por los héroes y próceres. Por las reliquias históricas, por las estatuas, bustos y monumentos. Por la propia historia y por las leyendas y tradiciones.

La indiferencia con que se ve la destrucción de la naturaleza y la extinción de sus especies.

El menosprecio por las instituciones civiles y el desdén por las actividades propias de la vida social nacional.

El desamor que muchos sienten por sus  artes (música, pintura, escultura, literatura, teatro y danza). La creciente afición a las creaciones culturales extranjeras, en detrimento o postergamiento de las nuestras, por moda o por capricho. Igualmente, el poco reconocimiento que muchos otorgan a sus artistas y hombres de ciencias.

El irrespeto a las instituciones que conforman el Estado nacional y sus poderes, donde la carencia de valores patrios han hecho de estos, entre otras cosas, fuente de enriquecimiento ilícito.

Las deficiencias del patriotismo nos hace cometer muchos errores que afectan la seguridad nacional, así como las identidades nacionales y la propia identidad territorial.

En un mundo en vía de globalización, a las naciones pequeñas lo que las hará sobrevivir es su patriotismo. Es decir, su amor a lo propio,  al patrimonio cultural nacional, tangible e intangible .

Por todo lo antes expuesto, se puede colegir que urge darle al patriotismo la importancia que se merece, ya que gracias a su ayuda se podrán corregir, en parte, algunos de los males crónicos que afectan a los pueblos.

Pero sí es importante significar a modo de colofón que ninguna cultura es única, todas las culturas están influidas por otras y a su vez ejercen influencias sobre ellas mismas.

En suma, se impone una reflexión crítica acerca de este momento, el desafío que presenta el nuevo siglo es de mayúscula responsabilidad para sus actores. Es un reto impostergable arribar al nuevo milenio quebrando los obstáculos que impiden la plenitud y desarrollo integral del ser humano, conservando lo genuino nacional, defendiendo el respeto a la pluralidad o diversidad cultural del mundo del mañana, para hacer de todos verdaderos ciudadanos con vocación hacia la modernidad.

Ahondando en el análisis anterior, parece oportuno trascribir el siguiente artículo:

Globalización, deculturación y crisis de identidad
Burhan Ghalioun
Profesor de Sociología Política. Université de la Sorbonne-Nouvelle, París.

El estudio del impacto de la globalización y de la emergencia de la sociedad de la información en la evolución de las culturas del mundo todavía está en sus comienzos1. Sin embargo, observamos el inicio de cinco grandes tendencias que, con el tiempo, pueden trastornar la configuración geocultural del planeta.

La primera tendencia se refiere a la relación entre cultura y economía que nos anuncia la naturaleza de los nuevos valores que dominarán la próxima fase del desarrollo del capitalismo y del consumismo.

La segunda, concierne a la nueva relación que parece establecerse entre cultura y geopolítica. Mucha gente ya no duda en hablar de la guerra de culturas como de un factor determinante en las relaciones internacionales.

La tercera tendencia está ligada a la relación entre cultura y política; la emergencia de una cultura global que trasgrede las fronteras culturales tradicionales se opone a la afirmación del Estado-nación y reduce visiblemente el control del Estado en la formación de los ciudadanos.

La cuarta tendencia atañe a la relación entre las culturas; no sólo parece mantenerse la clásica separación entre culturas dominantes y dominadas, culturas productoras de sentido y frustrantes, agresivas y estériles, creativas y pasivas, sino que se le añadirán nuevos fenómenos de destrucción y de esclerosis, más extendidos en las sociedades marginalizadas.

La quinta y última tendencia se refiere a la relación entre cultura y sociedad; la integración progresiva de una amplia franja de élites mundiales a una misma cultura global, dominada por las problemáticas y los valores de las sociedades más avanzadas, produce el desmembramiento de muchas culturas nacionales, y deja en un total vacío de sentido a sectores enteros de sociedades humanas. Crea, por lo tanto, las condiciones para una deculturación extendida, con la consiguiente emergencia de ciertas formas de barbarie, en el seno mismo de los grandes centros de civilización.

Economía y cultura: hacia un mercantilismo cultural de alcance mundial

La contradicción entre la lógica mercantil de las sociedades multinacionales y la lógica cultural de los creadores surgió en 1993, a raíz de las negociaciones del Acuerdo General sobre Aranceles y Comercio (GATT) en Uruguay.

El debate enfrentó a intelectuales y a gestores de la economía de mercado mundializada (en particular, el poder americano). En una defensa de la autonomía de lo cultural respecto a lo económico, Octavio Paz escribió que la excepción cultural significa el rechazo del poder absoluto del mercado, y del consiguiente sacrificio de nuestra conciencia y nuestro humanismo.

En aquella ocasión Europa, con Francia a la cabeza, trató de imponer el principio de excepción cultural para defender su lugar en el mercado. Pero el éxito de los negociadores europeos sólo fue parcial. Consiguieron el principio de un "tratamiento especial y limitado" sólo en el terreno de la producción audiovisual.

Los norteamericanos -detrás de las multinacionales- continúan acosándolos, con el objetivo de evitar que consigan la reconducción de este tratamiento excepcional en el próximo ciclo de negociaciones globales en el marco de la Organización Mundial del Comercio (OMC).

Sin embargo, la sujeción de la cultura a la lógica economicista no atañe sólo al reparto del mercado cultural. También influye directamente en la evolución de la sustancia misma de las culturas. La generalización y la popularización a escala mundial de los valores de la sociedad de consumo, iniciada hace varios decenios, provocan un verdadero cambio de mentalidades, de costumbres y de ética, tanto en las élites sociales como en las clases más desfavorecidas.

Si, para la gente del pueblo, el consumo continúa siendo un vector fundamental en la producción de sentido y de valores, los verdaderos valores que circulan en la cultura globalizada son el abandono del compromiso social, político y moral de las élites en favor de la búsqueda del triunfo personal y de estrategias carreristas.

Tener éxito, superarse, ser eficaz y dinámico, constituyen ahora el núcleo central de la ética burguesa. Se rechazan los valores, las tradiciones y los conocimientos aparentemente difíciles de convertir en éxito, por carecer de interés y sentido.

De hecho, la cultura al servicio de la acción depredadora sólo representa la dimensión dinámica del consumismo pasivo, fundamento de un individualismo egocéntrico que sustituye la clásica ética de libertad, igualdad y fraternidad, es decir, también de ciudadanía.

 Cultura y hegemonía internacional: el control de la industria es la clave del éxito de la dominación mundial

El sector de la industria cultural, es decir, de la información y de las comunicaciones, es actualmente el primer sector donde opera la dinámica de diferenciación entre los grupos de naciones y donde se afirman nuevas formas de dominio. Es en este área donde la concentración del capital y de las inversiones es la más importante respecto a los otros sectores.

Así, la infraestructura del mundo actual se coloca en manos de unas doscientas grandes multinacionales, lideradas por cinco gigantes como son Time Warner, Turner, Disney ABC y Westinghouse CBS. Son las mismas empresas que actúan para obtener la rápida liberalización de los intercambios en el ámbito de las comunicaciones y de la difusión (2).

Casi todas estas empresas pertenecen a las tres grandes potencias económicas: los Estados Unidos, Europa y Japón. En contra de la ilusión creada por el neoliberalismo en boga, estas empresas no actúan solas ni en un vacío estratégico y político. Están apoyadas política y financieramente por los estados mencionados, aunque sea de manera indirecta.

La reivindicación del derecho a defender los intereses llamados "vitales", afirmada cada día más por la diplomacia de estos estados, así como las inversiones públicas en diversos ámbitos militares y científicos, es algo muy significativo al respecto. Basta con indicar que sobre el presupuesto total del sector de la investigación y desarrollo, valorado en 1992 en 250.000 millones de dólares, la contribución de la tríada citada (Estados Unidos, Europa y Japón) asciende al 83%, del cual el 38,5% corresponde a los Estados Unidos, el 28,3% a Europa y el 15,8% al Japón. La parte de América Latina representa un 1% y la de África un 0,5%.

Esta situación desfavorece visiblemente a los países pequeños, que en esta nueva competición se encuentran prácticamente excluidos y limitados a pelear violentamente por repartirse los mercados desvalorizados de sectores con un nivel tecnológico muy bajo y, por consiguiente, con una productividad también muy baja. De este modo, en 1993 la tríada produjo el 90% de las patentes de inventos registradas en Estados Unidos y el 93% de las registradas en Europa; en cambio, América Latina y África, juntas, produjeron el 2% (3).

En el ámbito de las redes informáticas (como Internet), los bancos de datos y las cadenas por satélite, la situación es la misma: el dominio de la tríada es absoluto. Se extiende en todos los niveles: la propiedad, la gestión, la programación y la producción técnica.

No obstante, en el interior de la tríada, las multinacionales norteamericanas se llevan la parte del león y experimentan mayores progresos. Por ejemplo, el porcentaje de películas norteamericanas proyectadas en las cadenas europeas ha pasado de un 56% en 1985, a un 76% en 1994. En este sector las pérdidas para Europa, causadas por el intercambio con Estados Unidos, pasan de 2.100 millones de dólares en 1989, a 6.300 millones en 1995.

Las cinco grandes productoras norteamericanas aplastan a las 140 empresas nacionales que existen hoy en el mundo. Este dominio en el sector de los medios de comunicación aún está más consolidado en las redes informáticas como Internet o en el mercado de la publicidad (4).

Del mismo modo que la globalización refuerza la relación estructural de marginación y de subdesarrollo que caracteriza las relaciones internacionales en el aspecto económico-social, también agrava el abismo que separa a los grupos de naciones en el ámbito de las relaciones de hegemonía. La globalización favorece el control del destino del mundo por parte de una potencia que con diferencia es la más hegemónica.

En efecto, sin cierto control de la revolución de la información y de las comunicaciones, ninguna nación es capaz, hoy en día, de elaborar una estrategia eficaz que pueda asegurar su supervivencia y su seguridad. Sólo las pocas naciones más avanzadas pueden participar activamente en el juego internacional.

Pero los Estados Unidos son la única potencia que puede pretender detentar el liderazgo mundial, pues tan sólo ella es la única capaz de elaborar una estrategia de alcance planetario.

El control de las nuevas técnicas de la revolución de las comunicaciones no es indispensable únicamente para ganar en la competición económica en el mercado mundializado; también es la clave del dominio de todo el campo de las relaciones internacionales (5). Ello explica la americanización del mundo después de su occidentalización en el período de la revolución industrial (6).

 Cultura y guerra de intimidación: la estrategia de la guerra cultural

Paralelamente al ascenso del papel de la cultura y de la industria cultural en la formación de las fuerzas y la potencia de las naciones (en este caso, las que han protagonizado la revolución científico-técnica), se desarrolla una nueva ideología llamada "del choque entre culturas".

Por oposición a las teorías marxistas y liberales clásicas que ponían el acento en los factores económicos o en los factores políticos, ésta afirma que la diferencia cultural es, por sí misma, fuente de tensión y de contradicción. Asimismo, es productora de conflictos que sólo pueden resolverse con la desaparición de una u otra cultura.

Así, los conflictos no se desarrollan en torno a asuntos materiales o políticos que pueden definirse y determinarse de modo claro y objetivo, sino en torno a asuntos simbólicos, que no pueden cambiar ni ser objeto de ningún compromiso.

La guerra de las culturas es una guerra sin salida, a no ser la despersonalización del otro, es decir, su eliminación pura y simple como identidad cultural, y por consiguiente, como la correspondiente entidad política. La guerra de las culturas conduce pues directamente a la purificación étnica, o más bien al contrario, la justifica, le da sentido y razón.

De este modo, donde la Guerra Fría clásica oponía a los bloques del Este y del Oeste con asuntos político-ideológicos y posiciones bien definidas, la guerra de culturas plantea un nuevo tipo de guerra fría: la que enfrenta a la parte avanzada del planeta, celosa de su progreso, de sus valores democráticos, de los Derechos Humanos y de su civilización, al resto del mundo, atrasado, oscurantista, violento, integrista, xenófobo, vindicativo y negativo en todas sus acciones y reivindicaciones.

Al sentirse forzosamente amenazados, los islotes de paz y de libertad que constituyen el mundo "libre" y desarrollado deben tomar precauciones contra el peligro cada vez mayor procedente de las zonas marginalizadas y rebeldes. Progresivamente, pero de modo seguro, se impone una nueva doctrina estratégica que sustituye a la de la disuasión. Es la doctrina de la guerra preventiva, o de la anticipación del peligro por medio de intervenciones militares, políticas, económicas y mediáticas llamadas intervenciones rápidas o también "quirúrgicas".

Esta guerra debe ser llevada por todas partes, y por todos los medios, contra las religiones, naciones, estados y grupos sospechosos de irredentismo, y que rechazan de manera demasiado visible el orden establecido.

Las guerras ya no se preparan contra una agresión caracterizada o contra una amenaza real o posible, sino contra espectros trabajados deliberadamente para atormentar el sueño de las opiniones públicas manipuladas y preocupadas.

El nuevo conflicto no es un medio para llevar a cabo unos intereses; se instrumentaliza para instaurar un clima de Guerra Fría y de tensión permanente, con el objetivo de justificar el control por parte de las potencias dominantes de los factores del progreso, o de mantener posiciones privilegiadas.

Por ello, la nueva guerra fría impuesta al resto de la humanidad no se juega únicamente –ni siquiera esencialmente– en el terreno militar. No cuenta ya con los medios clásicos, sino que, en primer lugar y ante todo, opera a través de los medios de comunicación del complejo mediático-diplomático.

El objetivo de la guerra mediática es la demonización del adversario –sea éste una nación, una religión, un grupo político o ideológico– para justificar su destrucción total, como lo ilustró el ejemplo de Irak, sometido desde 1990 a un embargo cruel y devastador.

La manipulación o el control de los medios de comunicación se convierte en un elemento principal de las estrategias de dominio o, actualmente, más bien de satelización. Y en el núcleo de esta acción se encuentra la reconstrucción de la imagen del otro, su deformación y difamación.

Con la demonización del otro, los protagonistas buscan simultáneamente la desestabilización del presunto enemigo, el aniquilamiento de su voluntad de combate, y la legitimación de su destrucción.

Sobre esta base de análisis, ciertos especialistas americanos y europeos en relaciones internacionales han desencadenado una guerra fría que supone la confrontación ineluctable (en gran parte todavía imaginaria, pero posteriormente real), entre Occidente y el mundo musulmán. Este último se asocia, en la opinión pública occidental pero también en las élites sociales dominantes de todo el mundo, al terrorismo, al integrismo, a la guerra y a la ausencia total de cualidades morales o políticas.

Estas nuevas estrategias de dominio y de satelización se basan, sin duda, en un hecho real: el crecimiento del papel de la imagen en la formación de las relaciones de poder y de hegemonía.

En efecto, a medida que el Estado-nación pierde su pertinencia y ve decrecer su peso en el destino de las naciones, a los conflictos de intereses que enfrentan a las naciones se añade un segundo foco de discrepancia en el que lo que está en juego es la visibilidad de una colectividad, de unos signos de reconocimiento, de unos valores y símbolos en los que se manifiesta una identidad.

El control de la infraestructura cultural planetaria, de los programas, de las patentes de los inventos, en resumen, de la producción intelectual y de los medios que contribuyen a su difusión, ofrece un gran potencial, todavía poco explotado, para asegurar la hegemonía de una nación. Además, este control no es solamente un triunfo en el juego estratégico. Es un factor fundamental en el éxito de todo enfrentamiento futuro (7).

Cultura y política: la emergencia de la sociedad civil y el resurgimiento de las solidaridades tradicionales

En el plano nacional, la incidencia de la globalización cultural en los vínculos de poder que determinan la naturaleza de lo político es similar a la que caracteriza a las relaciones internacionales.

Mientras que los regímenes políticos de los países dominantes parecen beneficiarse de un excedente de legitimidad gracias a la globalización y a la emergencia de una cultura global, en los países dominados los regímenes políticos sufren, en cambio, un déficit de legitimidad.

El imperio de las nuevas tecnologías de la información y de la comunicación, en cambio, refuerza la osmosis entre lo político y lo cultural en los centros, es decir, en los sociedades y élites dominantes en todo el mundo. La mayoría de las naciones y de la población del planeta asisten a la ruptura entre la esfera política y la cultural.

En la parte desfavorecida del mundo, los imperativos de organización civil que constituye lo político entran en contradicción con la ética de la supervivencia individual, lo cual se traduce en la disolución de los vínculos políticos en las sociedades periféricas. El Estado actúa como único actor político-militar y deja a la sociedad en una verdadera situación de desorganización y de desolación cívica.

En efecto, en los centros de dominio de las nuevas tecnologías, la reducción del espacio político, tanto en la organización de lo público como en la definición de los desafíos de la competición entre grupos humanos, es compensado por la emergencia de lo cultural como espacio global de creación y de organización.

La sociedad política, dibujada sólidamente por el Estado-nación, puede apoyarse, en su proceso de desarrollo y reinvención, en la organicidad y la fuerza renovada de la sociedad civil.

En cambio, en los países del Sur, que no dominan su entorno técnico e internacional, la sociedad civil es casi o totalmente impotente, cuando no completamente artificial, y sólo existe como excrecencia de la sociedad civil de los países centrales. La pregunta que se plantea es la siguiente: ¿cómo y por qué medios sería posible dinamizar, incluso promover, una sociedad civil en sociedades cuya cultura está cada vez más desmembrada o sencillamente desestructurada (8)?

 Globalización y barbarización

La oportunidad para que una cultura esté presente en la nueva configuración cultural global, es decir, en el espacio común de creación y de difusión, depende cada vez más de los medios financieros disponibles. Requiere inversiones considerables, de las que sólo los grandes países pueden disponer.

Y no hay duda de que esta situación perjudica a la mayoría de las culturas del mundo. Aquéllas que no disponen de los medios financieros y técnicos para conectarse a las redes de comunicación globales pierden interés ante sus propias naciones, pues ya no responden a las necesidades de la sociedad ni tampoco crean ningún valor y/o sentido. Están, pues, condenadas a ser eclipsadas por las culturas globales y globalizadoras.

No hay duda -es un hecho- que la globalización viene acompañada de un auténtico fenómeno de "occidentalización", incluso de "americanización" del mundo. Sólo los norteamericanos y sus aliados occidentales son, actualmente, capaces de tener una tecnología, una ciencia, una estrategia y unas culturas de alcance planetario o difundidas a escala mundial.

No obstante, "occidentalización" y/o "americanización" no significan la asimilación efectiva de los grandes valores de la cultura occidental clásica por parte de las grandes masas de los pueblos desheredados. La "occidentalización" no es, para utilizar un término conocido, una aculturación o fecundación mútua de culturas que podría beneficiar, de manera igual o desigual, a todas las naciones. Es, ante todo, alienación, deculturación y despersonalización. Porque en el nuevo orden cultural el riesgo no se reduce al dominio de una cultura por otra dominante, con el objetivo de que siga su estela y que produzca los valores y sentidos que le son propios. El peligro reside en la destrucción de la fábrica de las culturas marginalizadas en tanto que productoras de un sistema coherente de pensamiento, de signos, de representación y de identificación.

En la fase precedente, los valores humanistas y universalistas pudieron penetrar en las culturas tradicionales únicamente porque éstas existían y funcionaban como culturas integrales e integradas. Esto quizás todavía sea posible en lo referente a la relación entre las culturas europeas y la cultura americana hegemónica, pero ya no es así en el caso de las otras culturas, excluidas de la revolución de la información y de las comunicaciones, en gran parte desestructuradas y, a menudo, descuartizadas.

En estas condiciones, la influencia de la cultura dominante no es igual ni homogénea. Más bien aparece a través de los procesos de descomposición-recuperación selectiva de sus elementos contradictorios, procesos que protagonizan los diferentes grupos sociales, en función de sus estatus, puestos y ambiciones.

Las élites dominantes, llamadas occidentalizadas, se identifican con los amos y dan prioridad a los elementos que ayudan a fabricar una subcultura de pied noir, hecha de arrogancia, de sed de distinción, incluso de discriminación social. En cambio, los grupos desfavorecidos o sometidos se quedan con los elementos que mejor responden al hambre insaciable de consumo, al individualismo creciente y a los sueños de potencia fantasmagórica.

Así, a falta de una cultura local viva, capaz de digerir y de asimilar los elementos de innovación y de creación, las sociedades más despojadas no acceden a la cultura global por la vía de los valores y de los productos más refinados. Compiten, al contrario, por los desperdicios, más fáciles de recuperar y obtenidos, incluso a veces regalados, en forma de películas y de una abundante literatura de violencia y de perversión pornográfica.

En resumen, podemos afirmar que, al contrario del proceso que desde el siglo XIX presidió la modernización de los países del Sur a través de la "occidentalización" de las élites y de la generalización de los valores de la Ilustración como ética universal, la relación entre culturas que establece la globalización conduce, más allá de la colonización del espíritu, a la desestabilización profunda de las culturas débiles, así como a la satelización de las clases dirigentes.

Valores de progreso, ciencia, racionalismo, secularismo y humanismo no viajan del Norte al Sur, sino que son los elementos creativos, hombres, patrimonio cultural e innovaciones de los países del Sur los que emigran al Norte y, de este modo, dejan a las sociedades en cuestión como cáscaras vacías.

Así, el espacio cultural global corre el riesgo de quedar dividido entre una esfera estructurada, ocupada por la cultura innovadora de la élites del mundo, y una segunda esfera sin cultura, donde se refugian centenares de millones de seres humanos despojados de sentido y de reconocimiento.

Se trata de una esfera de contraculturas, formadas por los desperdicios de la cultura global y los restos de las culturas tradicionales. Su función no es la humanización de una comunidad, sino la constitución de una alteridad (9). Aquí es donde pueden cultivarse los sentimientos de rebeldía, los integrismos y la lógica de toda violencia, declarada o escondida.

De este modo, amplios sectores de la sociedad, tanto en el Norte como en el Sur, corren el peligro de encontrarse moral y culturalmente desposeídos, tanto por la falta de unas culturas locales suficientemente ricas y dinámicas para poder funcionar, dar un sentido, inspirar y promover la comunión y la comunicación, como a causa de la transformación de las culturas dominantes, que tienden a favorecer la carrera desenfrenada en pos del éxito, de la eficacia, la productividad, del abandono colectivo del compromiso y la búsqueda individual y/o corporativista del bienestar, sinónimo actualmente de felicidad.

Hacia una crisis generalizada de identidad

La generalización de la crisis de identidad y su paroxismo en todo el mundo se explican por la pérdida de toda referencia por parte de los pueblos masificados, cuyas culturas son incapaces de mantenerse en la carrera y de enfrentarse a la apisonadora de los grandes medios de comunicación, que actualmente no conocen fronteras.

Hoy en día actúan dos dinámicas de identificación-desafiliación:

-Una dinámica integradora, que refleja la mundialización de las élites a través de la adhesión a un sistema común de valores: el del universalismo, la laicidad, el secularismo y la posmodernidad. Las poblaciones que aspiran a fundirse con esta élite internacional tienden a desarrollar un espíritu cosmopolita liberado de toda traba étnica, nacional y religiosa. Esta identidad refleja su relación abierta con el mundo y con el otro.

-Una segunda dinámica de fraccionamiento, que actúa por una búsqueda nunca satisfecha de más especificidad y particularismo. Las microidentidades, necesariamente frágiles, que nacen de esta dinámica cristalizan en hechos efímeros, pertenencias, relaciones de parentesco o afinidades inventadas, inconexas y ocasionales. Se inspiran en relatos de clan, familiares, étnico-confesionales. En esta dinámica uno no se singulariza gracias a una cultura, sino oponiéndose a ella. Así, identificación casa con distinción, y separación se vincula a repliegue en uno mismo, a cerrazón. Se constituye por negación, rechazo y recelo; es la dinámica de la segregación.

La emergencia de estas dos dinámicas radicalmente opuestas provoca una fractura identitaria irreparable, tanto en el interior de cada sociedad, como a escala del conjunto de la humanidad (10). Al marginalizar las culturas menos dotada de medios, conduce a una nivelación por abajo del nivel cultural a escala planetaria. Socava el equilibrio psicológico de las sociedades y favorece el desarrollo de diversas variantes de racismo, xenofobia, prejuicio y desamparo moral e intelectual. Asimismo, amenaza la diversidad y el pluralismo cultural del mundo, reduce el margen de libertad de los creadores, tanto en relación con los amos productores de la infraestructura cultural global, como ante las masas desclasadas de las megalópolis, transformadas en depósitos de una subhumanidad maltratada.

¿Qué respuesta desarrollar ante los desafíos culturales de la globalización?

La estrategia que defienden los Estados Unidos y las multinacionales de la industria cultural no se basa sólo en consideraciones económicas. Forma parte de una estrategia global cuyo objetivo es asegurar el liderazgo mundial de los Estados Unidos y, tras ésta, la hegemonía occidental.

A partir de ahora, los medios de comunicación de la era global, dominados por multinacionales norteamericanas, cuyo único principio son los beneficios, configuran la cultura del mañana: los temas, las normas, los valores, la visión de la vida, la agenda intelectual. Expresan el control por parte de un puñado de empresas o de grupos industriales sobre el conjunto de la esfera cultural, de la producción, de la distribución y de la comunicación.

Tres momentos han marcado la respuesta de los estados a esta estrategia hegemónica:

-La lucha en el GATT por imponer el principio de excepción cultural.

-El crecimiento de las inversiones de los estados en los equipamientos informáticos.

-La asociación con las grandes multinacionales o la búsqueda de una mejor cooperación con ellas, para acceder a la economía y a la cultura global.

Estas estrategias han tenido efectos muy relativos, pues carecen de una visión global y humana del papel y del lugar que ocupan las culturas -o más, bien, la cultura- en nuestras sociedades próximas al siglo XXI. Como ha demostrado la experiencia europea en la aplicación del principio de excepción cultural, es difícil encontrar una solución a los problemas culturales nacionales, o incluso continentales, basándose en el egoísmo.

Al rechazar que se asocien los estados cuya integridad cultural se ve amenazada, para asegurarse un trato privilegiado y unilateral, los europeos se arriesgan a perder pronto la partida frente a los norteamericanos. En el próximo ciclo de negociaciones de la OMC, la política del "sálvese-quien-pueda" conducirá irremediablemente a la victoria de las multinacionales. Ciertamente, Europa no está tan amenazada como los países más despojados –africanos, árabes, asiáticos, latinoamericanos–, pero su cultura puede encontrarse desestabilizada de un modo semejante.

¿Qué hacer?

El proteccionismo no sólo resulta ineficaz, sino que ya no es posible en este terreno. El laisser aller es un suicidio. La respuesta a los peligros de la deculturación, la precarización cultural, la marginación colectiva y al riesgo de una crisis identitaria generalizada, que necesariamente desembocaría en guerras de purificación étnica no puede ser nacional o de tipo nacional. Únicamente una acción global concertada que trate de contrarrestar los efectos negativos de la globalización puede detener la devastación mercantil y ayudar a preservar a la humanidad de una hecatombe cultural.

Esto supone una verdadera solidaridad interhumana pues, si no se desarrolla un marco internacional adecuado para proteger a las culturas amenazadas, la revolución de la comunicación puede producir, en el ámbito cultural, el mismo efecto que la revolución industrial tuvo sobre la artesanía.

La producción de mercancías a gran escala trastornó los mercados nacionales y condenó a la economía artesanal a desaparecer, aunque parte de ella continuará alimentando los mercados secundarios del turismo o de la población pobre desclasada. Es la consecuencia de toda mutación técnica o tecnológica, ya que ésta conduce necesariamente a aumentar el abismo que separa las diferentes partes. Sólo una política de prevención y de ayuda al desarrollo cultural de los países pobres puede evitar este trágico destino.

Si Europa, con su gran cultura, siente la necesidad de un trato excepcional para defenderse del peligro de un predominio cultural y mediático norteamericano demasiado potente, los países de culturas menos dinámicas y sin recursos no pueden pedir menos que una política de apoyo activo contra una destrucción cultural ineluctable.

Ha llegado el momento de que se inicie un diálogo global entre todos los actores -creadores, poderes públicos y empresas de producción- para elaborar una estrategia y disponer de los medios apropiados para la preservación del patrimonio cultural de la humanidad y para la lucha contra un verdadero peligro de desertización moral e intelectual.

Los valores de la humanidad no deben ser comercializables. La comunidad internacional, que ha aceptado el principio de protección de los monumentos históricos del pasado, no podrá o no debe dudar en defender por medios similares la calidad de nuestras culturas amenazadas. Creo que sólo la adopción por parte de las Naciones Unidas de un instrumento semejante, y la creación de un gran fondo de ayuda técnica y financiera pueden evitarle al mundo el riesgo de ver a cientos de millones de personas transformadas en excluidos y desheredados culturales (11).

 Notas

1. Si se excluye, claro está, la categoría de escritos apologéticos de autores como Bill Gates, presidente de Microsoft, o Alvin Toffler (1982) La troisième vague. París: Denoël.

2. Sobre aspectos económicos de la mundialización, ver Cordollier, Serge (1997) Mondialisation, au delà des muthes. París: La Découverte y "La mondialisation de l’économie, menace ou progrès", La Documentation française, 15-22 de marzo de 1995.

3. En el mismo año, el porcentaje de publicaciones científicas de esta misma tríada respecto al total mundial es de un 75%, mientras que el de Latinoamérica representa un 1,2% y África un 1%. Ver (1992) Informe mundial sobre el desarrollo humano. PNUD.

4. Ver también Schiller, Herber I. (1997) "La comunication, une affaire d’Etat pour Washington", Le Monde Diplomatique, número de agosto.

5. Con una tasa anual de crecimiento de las más elevadas (más de 10%) y tasas de rentabilidad igualmente elevadas, las inversiones en comunicaciones, medios de comunicación e informática hacen de la industria cultural uno de los sectores económicos más competitivos. Ninguna economía pequeña tiene la oportunidad de participar en ella.

6. Daniel F. Burton (1997) escribe en "The Brave New WireWorld", Foreign Policy, nº106, que nos dirigimos hacia "un mundo de redes, compuesto por comunidades electrónicas comerciales y culturales, un mundo que, paradójicamente, reforzará la posición de Estados Unidos como nación entre naciones, a la vez que disgregará el sistema de Estado-nación".

7. El inacabable debate suscitado por el artículo de S. Huntington sobre el "Choque de culturas" da la medida del lugar que los asuntos culturales han ocupado en el pensamiento estratégico contemporáneo. La prolongación de este debate, así como la tesis del choque cultural, introducido por el autor pero adoptado consciente o inconscientemente por una mayoría de observadores y respnsables occidentales, prefigura una estrategia de domino basada esencialmente en el control de los medios y los procesos culturales de revalorización o desvalorización de las naciones o grupos humanos.

8. Ver Ghalioun, B. (1998) Islam et politique, la modernité trahie. Paris: La Découverte.

9. Determinarse respecto al otro significa reinventarse como imagen del otro, en este caso el occidental. Esto no define una identidad, es decir, un principio de yo, sino una alteridad, esto es, un rechazo del otro, el cual detenta este principio, corolario de la soberanía, la cosciencia de sí y la subjetividad positiva. Se trata de un elemento explicativo de exacerbación de la cuestión de la identidad en los países periferizados.

10. Sobre esta cuestión fundamental de la crisis de identidad en el sur y su explicación, ver nuesto estudio (1997) "El islamismo como identidad política" Revista CIDOB d’Afers Internacionals. Barcelona: Cidob; así como Bayart, Jean François (1996) L’illusion identitaire. París: Fayard; y Shayegan, Darius (1990) Le regard mutilé, shizofrénie culturelle: pays traditionnels face à la modernité. Paris: Albin Michel.

11. Esta llamada al diálogo es cada vez más apremiante. Ver, por ejemplo, Apel, Karl-Otto Ethique de la discussion. Paris: Editions du Cerf (traduction Mark Hunyadi); Weber, Edgar (1989) Maghreb arabe et Occident français: jalons pour une (re)connaissance interculturelle. PaRÍA: Publisud.