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Canción nacional de Chile

(Primera parte de artículo publicado en “El Metropolitano”, el día 8 de agosto de 1999)

Un perdido día de 1847, el ministro del Interior y Relaciones Exteriores de Chile, Manuel Camilo Vial, mandó llamar al veinteañero funcionario subalterno Eusebio Lillo a su despacho. Conocía las aptitudes poéticas del joven, y quería pedirle un pequeño favor: cambiarle la letra a la Canción Nacional. Entre gallos y medianoche, sin pasar por entorpecedores decretos supremos. Lillo no puso reparos y en corto tiempo ya tenía escrito un nuevo himno, revisado y aprobado por el mismísimo Andrés Bello, su mentor. De la antigua versión, compuesta por el argentino Bernardo Vera y Pintado en 1819, quedaba sólo el coro.

El cambio se debía a que la letra de Vera y Pintado revivía viejas turbias pasiones contra el pueblo español. En su tiempo había sido del gusto de O'Higgins y acorde a la moda revanchista, pero ya había pasado mucha agua bajo el puente. Los años recomendaban  mesura. Las estrofas del viejo himno hablaban del déspota vil, de la justa venganza y de tira­nos que venían del otro lado del mar. "El cadalso o la antigua cadena ―decía la letra― os presenta el soberbio español. Arrancad el puñal al tirano; quebrantad ese cuello feroz".

Muchos españoles que andaban por estos pagos haciendo buenos negocios y engrandeciendo al vecindario, no querían seguir siendo degollados cada vez que escuchaban la canción. Comenzaron a reclamar por la prensa y a exigirle al gobierno de Manuel Bulnes que pusiera final a tanto agravio. Lo arregló todo el entusiasta Lillo de un plumazo, sin que le pagaran un sólo peso. Raúl Silva Castro, biógrafo del letrista, cuenta que sólo se gastaron "14 pesos por la impresión de 1.000 ejemplares de la canción de la Patria".

La música, eso sí, se mantuvo. La había compuesto el músico catalán Ramón Carnicer en 1828, a pedido de Mariano Egaña. Carnicer nunca supo dónde quedaba Chile, pero sus ideas liberales lo tenían desterrado en Inglaterra, y necesitaba el dinero con urgencia. La suya no era la primera orquestación. Siete años antes, Manuel Robles, nacido en Renca, violinista, torero, cantor,  cómico y campeón en el encumbramiento de volantines,  también  había  puesto acordes al texto de Vera y Pintado. Pese a que era un personaje muy querido en la época, su melodía fue catalogada de "extremadamente sencilla" por los exper­tos. No estaba a la altura de los aconte­cimientos ni de la patria representada.

Las modificaciones posteriores al himno son pocas y de escasa importancia. El mismo Lillo, 60 años después de su trascendental reunión con el ministro Vial y a un paso de su propia tumba, modificó la primera estrofa. Ésta nunca se ha cantado, pues sólo la quinta estrofa, aquella del "Puro, Chile, es tu cielo azulado", es la que se entona oficialmente. En 1974, en medio de nuevos entusiasmos, se hizo obligatoria la tercera estrofa "Vuestros nombres, valientes soldados...", tradición que duró quince años y que todavía cantan en ceremonias íntimas los leales al régimen militar.

La última disposición en torno al himno data del 21 de agosto de 1980, y está firmada por el entonces ministro de Educación, Alfredo Prieto. Con meticulosidad legalista, dio a luz un decreto en el que se le da validez a la costumbre de cantar "Que o la tumba será", en vez de serás , y estableció que los tres "O el asilo contra la opresión" se canten iguales.

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