Arte colonial en Chile


El término Arte Colonial se refiere a las diversas manifestaciones artísticas y culturales, tales como arquitectura, pintura, imaginería, artesanía y costumbres que fueron creadas en la época colonial.

La época colonial (Ver: Arte Colonial)

La llegada de Colón a tierras americanas inicia una de las empresas más significativas de la historia universal. En efecto, con la conquista de los nuevos territorios, España afianzará su hegemonía sobre este Nuevo Mundo, en el cual, desde una perspectiva histórica, se pueden distinguir las siguientes etapas:

Siglo XVI: Época Fundacional

Siglo XVII: Período de Formación de la Nacionalidad

Período correspondiente al siglo XVIII (1700-1780), y

Neoclasicismo (1780-1830).

Antecedentes del arte colonial

Los antecedentes y orígenes del arte colonial hispanoamericano son complejos. Fundamentalmente, son dos las fuentes principales: España, parte integrante de Europa, pero a la vez original en su historia y desarrollo, y el mundo precolombino indígena. Ello caracteriza al arte colonial como una manifestación artística y cultural de raíz mestiza.

Con respecto a este período artístico, resulta difícil hablar de estilos, debido a la superposición y mezcla de diversas influencias estilísticas que se dieron desde el período de la conquista. En general, los estudiosos del tema hablan de un arte mestizo, que se puede definir también como ecléctico, esto es, una mezcla y combinación de diversos estilos e influencias. Se logra, entonces, un producto que es una síntesis entre lo español y lo indígena.

El aporte indígena precolombino resultó ser decisivo para la posterior formación de un arte con características propias, especialmente en los lugares donde habían, a la llegada de los españoles, magníficas y poderosas culturas, como en el caso de Mesoamérica, con los aztecas, y en el área andina, con los incas. En el territorio donde nacerá nuestro país, es necesario reconocer que las culturas que aquí se desarrollaban no habían alcanzado el grado de complejidad de las grandes culturas precolombinas.

Desde fines del siglo XVII y durante todo el siglo XVIII ya podemos hablar de un arte colonial, donde se cruzan las influencias hispánica-europeas y la expresividad indígena.

Sentido del arte colonial

El arte colonial desempeñó un papel fundamental en la transmisión de la cosmovisión religiosa española. De este modo, el arte, por medio de la imagen religiosa, se erige como un medio de evangelización muy importante para los intereses hispánicos. Para ello la corona española envió artistas y artesanos en su afán conquistador. También llegaron a América italianos y flamencos reconocidos en el campo del arte en la Europa de entonces. Como ejemplo, para el caso chileno, tenemos en el siglo XVIII la llegada a Santiago de un numeroso grupo de artistas y artesanos jesuitas de origen húngaro y alemán (la mayoría bávaros), a cuya cabeza estaba el padre Haymbhaussen, quienes se establecieron en los alrededores de Santiago.

Influencias estilísticas europeas

Cuando España inicia la conquista, en Europa el Renacimiento está en pleno apogeo. Y aunque en España este estilo tiene connotaciones peculiares, hay algunos rasgos renacentistas que influirán en el arte colonial americano.

Con el Manierismo se inician los aportes más significativos. Su desarrollo se ubica aproximadamente entre 1520 y 1600, enfrentándose al clasicismo y al racionalismo renacentista desde una perspectiva anticlásica, aunque es heredero innegable de los logros técnicos y formales del Renacimiento. En el manierismo estos logros serán los protagonistas, lo que derivará muchas veces en un puro alarde técnico.

Algunos rasgos en las obras manieristas son: apariencia de inestabilidad en la composición, desequilibrio en la estructura formal (uso de perspectivas complicadas), eliminación o exageración de la importancia del espacio, temas complejos y eruditos, refinamiento y estilización de las formas, etcétera.

El Barroco es considerado por los especialistas como el último gran estilo de la historia del arte, extendiéndose durante todo el siglo XVII y parte del XVIII. Se caracteriza por apelar a los sentimientos, por el uso de perspectivas que tienden al infinito, por el horror al vacío (“horror vacui”), la teatralidad y el dramatismo de sus expresiones artísticas, y el uso de formas y líneas curvas y rebuscadas, entre otros aspectos.

Visiones apoteósicas, vuelos de santos y otras criaturas angélicas, grandes escenografías que se despliegan en el espacio impregnan toda la obra barroca. Importante es destacar la tendencia a la integración unitaria de todas las partes y manifestaciones, que domina las creaciones de este período.

En el siglo XVIII, el arte Rococó, característico de esta época, se encuentra enmarcado en un ambiente festivo: desfiles, fiestas, disfraces y fuegos de artificios. En torno a los palacios de la nobleza abundan los bailes, las comparsas, los conciertos, el teatro. Este halo de mundanalidad, ocio, descanso y festividad se verá reflejado en la arquitectura, pintura y escultura, en las que abundan los temas mitológicos.

Hacia 1789 ocurrieron trascendentales cambios en todas las esferas en Europa, lo que repercutió en las colonias del nuevo continente, concretándose en las independencias locales a comienzos del siglo XIX. Junto a ello aparecen nuevas visiones en el arte, surgiendo los movimientos artísticos llamados Neoclasicismo y Romanticismo.

Arquitectura colonial

En la arquitectura se ofrecen los ejemplos más visibles del arte colonial.

Según los cronistas, las ciudades de Santiago y Valdivia son los primeros núcleos urbanos del país. La primera fase corresponde a un campamento provisorio de quincha y barro.

Santiago del Nuevo Extremo se fundó el 12 de febrero de 1541, como una típica ciudad con trazado cuadriculado, con la Plaza de Armas como núcleo central y centro cívico-religioso. En torno a ella se distribuyeron solares para el culto y la jerarquía eclesiástica, la casa de gobierno, la de justicia, el cabildo, el comercio y algunos vecinos notables. En las calles convergentes se ubicaron las órdenes religiosas y el resto de los vecinos españoles.

En 1552 se funda la iglesia y convento de Santo Domingo, estableciéndose definitivamente donde hoy se encuentra hacia 1569 ó 1570. Hacia 1566 los mercedarios también construyeron un templo y un convento.

Por su parte, en 1593 arribaron a Santiago los primeros jesuitas, orden a la cual nos referiremos con mayor detención más adelante, y en 1597 edificaron su iglesia. Con anterioridad, en 1553, habían llegado a Santiago los primeros religiosos franciscanos, ubicándose definitivamente en 1556 en el actual asentamiento de la Alameda, donde iniciaron los trabajos de construcción de la iglesia y el claustro del convento en 1572. Es el único testimonio arquitectónico conservado del siglo XVI. Los muros están formados por bloques de granito. El plano original era de cruz latina, formada por la nave central y dos capillas laterales. El artesonado del techo es sobrio y de inspiración clasicista, con  influencia peninsular de la época.

La vivienda urbana es de maciza volumetría, baja y extensa. El portón y el zaguán eran de grandes proporciones. Por allí transitaban caballos y carretas, que traían el producto de las chacras y haciendas. También, en muchas fachadas, se encuentra otro elemento, la columna de ángulo, hecha de piedra, ladrillo o madera.

En el siglo XVII no hay innovaciones urbanas significativas. No se fundan nuevas ciudades, aunque sí se levantan templos y viviendas, tanto en el Norte Grande como en la Zona Central y en Chiloé. La arquitectura empieza a mostrar signos regionales en el uso de materiales, en la adecuación al medio geográfico, en el manejo de la luz, en las proporciones y en los símbolos.

Los muebles son producto de la carpintería, al igual que puertas, ventanas, postigos, rejas de madera, pilares (que son soportantes y decorativos a la vez).

No hay vidrios y el hierro sólo se utiliza en clavos, goznes y cerraduras.

Así nace una primera arquitectura que atiende a los usos, costumbres y organización hispánica, pero adoptando exigencias locales, lo que genera espacios y formas originales. El terremoto de 1647 marca el fin de este período inicial.

El período que sigue es más formal y establecido.

En efecto, la influencia del arte y la arquitectura francesa se hace sentir. Además, el aporte jesuita es importante en el plano espiritual y material, reflejándose principalmente en los centros urbanos, en sus grandes haciendas rurales y misiones en Chiloé.

Ahora la construcción es más segura y con sentido de permanencia. Sin embargo, las estructuras continúan siendo simples, angulares y rectilíneas. En Chile, durante toda la Colonia predomina la arquitectura de adobe aparejado y la carpintería en madera, tanto en la casa urbana como en la arquitectura rural, con la excepción de Chiloé donde se utiliza sólo la madera.

En el transcurso de los siglos XVII y XVIII la vivienda urbana conserva su exterior austero, con la portada, el pilar de esquina y los aleros. En las ventanas, puertas y rejas se incorporan algunas expresiones barrocas. Los materiales constructivos son el barro y la paja, el adobe, las maderas y la arcilla cocida para pisos y cubiertas. La piedra y el ladrillo se utilizan sólo en ocasiones especiales, un ejemplo de ello es la Casa Colorada, en Santiago, que todavía se conserva.

Urbanísticamente, se mantiene la cuadrícula, incorporando plazas y la Alameda, la que en provincias sigue el modelo de la de Santiago. Aparecen las chacras en las afueras de las ciudades.

Hasta fines del siglo XVIII la arquitectura continuará sin grandes cambios en lo espacial y en lo estructural. Las influencias estilísticas del renacimiento y del barroco se localizan en la carpintería, el trabajo del hierro y la elaboración de portadas.

Es posible hablar de una arquitectura popular, práctica y austera. Ello se observa en la composición de las fachadas, la escala, el espesor de los muros, el ritmo y dimensiones de los vanos, el uso del adobe y la teja, entre otras características.

En Chile, en comparación con el resto de Latinoamérica, los cambios son mucho más lentos. Sólo a finales del siglo XVII, la corona dotará a esta colonia con buenos edificios oficiales.

A partir de 1780 asistiremos a una renovación, con la llegada del arquitecto italiano Joaquín Toesca y Ricci. Es el autor o coautor de la Catedral de Santiago, las iglesias de Santo Domingo y la Merced, el Cabildo, el hospital San Juan de Dios y los Tajamares, siendo su obra mayor la Casa Real de Moneda.

Estos edificios se inscriben dentro del Neoclasicismo, imperante en Europa. Este estilo encontrará buena acogida en nuestro medio, donde las formas barrocas coloniales no habían tenido el desarrollo alcanzado en el resto de algunos países de América, debido, por una parte, a que en el territorio no existió la influencia de las grandes culturas precolombinas y, por otra, a la austeridad obligada por guerras y terremotos. (Ver Arquitectura colonial)

Imaginería colonial

La imaginería colonial se refiere a las imágenes tridimensionales o esculpidas que se crean en el período colonial. La forma barroca fue la más característica dentro de la imaginería colonial hispanoamericana.

Junto con los conquistadores llegan las primeras imágenes religiosas católicas. Debido a las características de la época, estas imágenes son dotadas de milagrosos poderes. Aunque no siempre tienen valor artístico, poseen un valor testimonial histórico, que muestra la mentalidad y aspiraciones de ese tiempo.

Estas imágenes son símbolo de espiritualidad y, por lo tanto, objeto de veneración, lo que ha permitido su supervivencia a través del transcurso de la historia nacional.

Los talleres de artesanos produjeron gran variedad de imágenes, la mayor parte anónimas.

De técnica acabada y diversa, algunas eran de talla completa, en madera de cedro y vaciadas por dentro para alivianarlas. También se realizaron imágenes articuladas, de talla completa y complicados sistemas que daban movimiento a la cabeza y a los brazos. Se les agregaban ojos de vidrio, pelo natural, uñas, lenguas de cuero, dientes humanos y pestañas, lo que les otorgaba impresionantes efectos realistas. Además se les ponían sogas, silicios y coronas.

Los materiales usados fueron la madera, el barro cocido, la cera y, a veces, el marfil. Se empleó la policromía brillante, con tintes provenientes de la naturaleza local. Por ejemplo, el color rojizo, característico de la época, se realizó con diversas plantas.

Las técnicas del color estaban en manos de artesanos especializados. Siguiendo con la tradición medieval, el color empleado en la colonia es esencialmente simbólico, en relación directa con el carácter de las imágenes, ya sean Cristos, Vírgenes o Santos.

Las vírgenes

La primera imagen llegada a este territorio es la pequeña Virgen del Socorro, traída por don Pedro de Valdivia. De origen napolitano, es tallada en madera y policromada. Se encuentra en el altar mayor de la iglesia de San Francisco, en Santiago.

Otra virgen tallada en madera es Nuestra Señora del Rosario, de Valdivia, que es del siglo XVII.

Hay imágenes de vírgenes que tienen cabeza, manos y a veces pies, ocultándose el cuerpo bajo un armazón, cubierta por ricas vestiduras realizadas en telas finamente bordadas y adornadas; estas imágenes son llamadas “de candelero o bastidor”.

Un ejemplo que procede del tiempo de la conquista es la Virgen de la Merced, cuya cabeza y manos fueron traídas desde España. Otra imagen de candelero, y también de la época de conquista, es Nuestra Señora de las Nieves, en la actualidad en la iglesia del Sagrario de Concepción.

También en Concepción se encuentra otra virgen de candelero del siglo XVI, la Virgen del Boldo o del Milagro, en la iglesia de las Trinitarias.

Los Cristos

La imagen de Cristo crucificado tiene un lugar destacado en la devoción colonial. El Cristo de Burgos, conservado en la Basílica de la Merced en Santiago, es el más antiguo. De tamaño natural y tallado en madera, es considerado de gran calidad entre los especialistas.

El más famoso es, por cierto, el Cristo de Mayo o Señor de los Temblores, de la iglesia de San Agustín de Santiago.

Es la primera escultura colonial realizada en Chile de autor conocido, el padre agustino Pedro de Figueroa. Es tallada en madera y policromada.

Durante los siglos XVII y XVIII la imaginería se ve influida por los envíos que llegan desde España. Esto es manifiesto en las principales ciudades del Virreinato, como Lima, Quito y Potosí, adonde llegan esculturas y maestros españoles.

Hacia el siglo XVIII la producción quedará en manos de artistas locales. Es el momento en que son ya notorios ciertos rasgos propios de la región, constituyéndose las tres escuelas escultóricas más importantes de Sudamérica: la limeña, la altoperuana y la quiteña.

El Cristo Resucitado del Museo Colonial de San Francisco, atribuido a Gaspar de la Cueva, fue realizado probablemente en Potosí en el siglo XVII, aunque dentro de la tradición hispánica barroca.

Del siglo XVIII proceden las tallas españolas Piedad con Cristo Muerto, del Museo del Carmen, de Maipú, y la Inmaculada, del Museo de Valdivia; ambas obras pertenecen a la tradición barroca, debido a sus características de estilo.

También era usual la figura del Niño Jesús recostado y puesto en urnas de vidrio. En el Convento de la Merced de Santiago se encuentra una colección de estas imágenes. También dentro de la tradición de la escuela quiteña están los llamados Angeles Niños, de talla completa y policromados.

Desde mediados del siglo XVIII asistimos a una renovación en los aspectos culturales. La Ilustración francesa influirá decisivamente en los cambios producidos.

En este marco se desarrolla la importante labor artística y cultural de los jesuitas. Las ideas barrocas se encarnan en sus templos y conventos en Santiago y en provincias. La arquitectura, la escultura, la pintura, la platería, las artesanías, como la herrería, la cerrajería, carpintería, cerámica, tejidos y otros, tendrán un auge desconocido hasta entonces en el país. Fundan grandes talleres en las haciendas de La Ollería y La Punta, en Santiago, y fuera de él las de Calera de Tango y Bucalemu.

Su labor se verá abruptamente interrumpida en 1767 debido a que fueron expulsados de todos los territorios del Imperio Español.

Destaca el nombre del hermano Juan Bitterich, arquitecto y escultor. Se atribuye a su factura el San Sebastián de Los Andes, conservado en la parroquia de Santa Rosa de la ciudad de Los Andes, completamente tallado en madera.

Otro escultor jesuita es el padre Jacobo Kellner, a quien se le atribuye el San Francisco Javier yacente, en el Museo de la Catedral de Santiago, tallado en madera de peral y policromada.

El aporte jesuita llegará hasta los lejanos territorios de Chiloé, donde la imaginería tendrá un desarrollo muy particular, trasmitiéndose de generación en generación la práctica de este arte, hasta pleno siglo XIX. Un ejemplo de Cristo Crucificado está en la iglesia de Achao.

De finales del período colonial se destacan tres nombres de artistas: Ambrosio Santelices, Ignacio Andía y José Santos Niño, con los cuales se cierra un capítulo de la historia artística chilena. Los acontecimientos de comienzos del siglo XIX abren nuevos caminos y posibilidades en el devenir artístico y cultural.

Fuente:

Texto oficial del Programa correspondiente del Ministerio de Educación

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