Escultura en Chile

(雕塑在智利) (Sculpture in Chile)

 

Hasta aproximadamente fines del siglo XVIII se puede apreciar que las manifestaciones artísticas y culturales en Chile y en el resto de Latinoamérica habían estado claramente determinadas por la visión de mundo y concepción integral del hombre propias del pensamiento colonial: esto es, con un notorio sentido religioso que subordinaba de una manera fundamental todas las actividades humanas.

Sin embargo, un acelerado proceso de sincretismo hispanoamericano, unido a una importante corriente artística creciente, el retrato civil, se perfilan como antecedentes de lo que sería el arte del siglo XIX o republicano, cuando se produce un marcado giro en el eje conceptual del artista, resultado de un nuevo contexto histórico definido por los procesos de independencia de las colonias americanas.

Decisivo rol jugaron en estos cambios las ideas de la Ilustración que llegaron a los americanos, trayendo consigo un marcado sello laico que poco a poco fue reemplazando a la preponderancia religiosa y que jugó, finalmente, un papel fundamental en la más importante idea republicana: la exaltación de los valores de la República como nueva forma de gobierno que reemplazaba a la caduca monarquía.

Estas ideas, heredadas de los pensadores contemporáneos a la Revolución Francesa, permitieron, junto a otras condiciones históricas, la independencia de las colonias americanas y, una vez concretados estos procesos, sirvieron de aparato conceptual para la aparición de un arte nuevo.

Antecedentes extranjeros en la escultura chilena

Junto con la Independencia de Chile, los primeros gobernantes tuvieron especial dedicación en exaltar los nacientes valores patrióticos de la República. Pero como no existían artistas nacionales destacados a los que se pudiesen encargar esculturas, se recurrió a la importación de monumentos o a invitar al país a escultores foráneos para que produjeran según las indicaciones del gobierno de turno.

El primer monumento que llegó a Chile, después de consolidada la Independencia. corresponde a un conjunto de inspiración griega clásica, comprado por el diplomático chileno Javier Pérez Rosales al escultor italiano Francisco Orsolino. Representa a la diosa Minerva que entrega la libertad a América simbolizada por un indígena. En la base aparecen unos caimanes que lanzan agua por el hocico y un dios desnudo que simboliza al río Orinoco. El pedestal tiene cuatro relieves que recuerdan a Simón Bolívar, la batalla de Ayacucho, la salida de la Escuadra Libertadora de Valparaíso, y la entrada de tropas chileno-argentinas a Lima.

El conjunto es de típico estilo Romántico, en el que se entrecruzan la concepción formal clásica con lo exótico y fantástico de la realidad americana, que tanto atraía a los románticos. Actualmente se encuentra en la Plaza de Armas de Santiago.

A diferencia de esta escultura romántica, se pueden destacar otras dos que representan, con carácter eminentemente clásico, valores propiamente patrióticos y civiles. Una de ellas es el monumento a Bernardo O'Higgins sobre su corcel y pertenece al escultor francés Carrier Belleuse, maestro del famoso escultor Rodín. Esta obra proviene de un proyecto original de Leonardo da Vinci para una estatua ecuestre de Trivulzio, diseño que incluía, también, la figura que está bajo el caballo y que despertó polémica con los españoles residentes. Es de un estilo clásico muy bien logrado, con volúmenes que aumentan la expresión y el dinamismo propios del carácter patriótico. Hoy se encuentra ubicada en el Altar de la Patria, en la plaza Bulnes de la capital.

También de Belleuse es la estatua denominada Víctimas, ubicada en el Congreso Nacional, y que representa el horroroso incendio de la iglesia de la Compañía de 1963. Está tallada en mármol y la remata una virgen como símbolo de piedad.

También se puede mencionar, a modo de ejemplo y de anécdota, el monumento a los héroes del Combate Naval de Iquique. Queriendo destacar este acontecimiento histórico, el gobierno chileno llamó a concurso internacional. Por primera vez se tomó en consideración la opinión pública en debates sobre la iniciativa, en la que todos se sentían de una u otra manera comprometidos.

Entre los artistas que enviaron maquetas a este concurso se encontraba Augusto Rodín, el célebre escultor francés. Su obra, fuertemente expresiva, representaba a Arturo Prat desnudo, quien, herido por la emoción, prefiere un grito desgarrador al ser cogido por el ángel de la gloria.

Según los criterios artísticos preponderantes de la época, la obra de Rodín era excesivamente audaz para los gustos oficiales, por lo que se declaró como ganadora del concurso a la del escultor, también Francés, Denis Pierre Puech.

El enojo de Rodín fue tal que nunca más quiso saber ni de artistas ni de delegaciones que viajaran de Chile a París. La maqueta de Rodín esta ubicada en la avenida Libertad de Viña del Mar y es, artísticamente, muy superior al monumento a Prat que en la actualidad se alza en la plaza Sotomayor de Valparaíso.

Para el historiador del arte Víctor Carvacho, el mejor monumento realizado por un extranjero y que se encuentra actualmente en Chile, es el del General Manuel Bulnes, ubicado en Santiago en la Alameda frente al Ministerio de Defensa. Su autor es el escultor valenciano Mariano Benlliure, quien concibió al prócer, plásticamente, de manera libre y suelta, cabalgando con movimientos naturales y dinámicos, sin el modelo retórico y banal tan recurrente en este tipo de escultura y que responde más a criterios teatrales que a plásticos. Finalmente, fue el escultor chileno Virginio Arias quien terminó este monumento.

Es necesario mencionar que en numerosos lugares de Santiago y otras ciudades chilenas existen obras escultóricas que provienen de autores extranjeros y que han sido donadas a las diferentes comunidades por gobiernos amigos.

Entre estas obras se pueden señalar la Fuente de calle Agustinas frente al Teatro Municipal; el monumento a Pedro de Valdivia, ubicado en una esquina de la Plaza de Armas; la Fuente Alemana del parque Forestal, donada por Alemania con motivo del centenario de nuestra independencia; el Discóbolo, situado frente al Estadio Nacional y que fue donado por la colonia griega residente; la Virgen del cerro San Cristóbal, el Cristo de la Universidad Católica de Chile, en su casa central, y la Pila del Ganso, que se encuentra en Alameda con General Velásquez.

Una vez que Chile dejó atrás los momentos de anarquía propios de su proceso de independencia y se consolidaba como república, con instituciones más o menos estables, necesitó encontrar los medios para llevar a cabo su proyecto como nación autónoma, forjadora de su propio destino.

En el caso del arte, se dejó de lado la influencia religiosa tan propia de la Colonia y se buscó una relación directa entre las manifestaciones artísticas y la exaltación del país con los valores propios del patriotismo, de ferviente optimismo en esa época. Sin embargo, se produjo una paradoja: Chile necesitó recurrir a artistas extranjeros para plasmar sus ideales nacionalistas ante la ausencia de artistas chilenos con formación sólida.

Fue por esta necesidad, la de crear un ethos cultural que, en 1849, se creó en Chile la Academia de Pintura, dirigida por el artista italiano Alejandro Cicarelli. Luego, en 1850, se creó un curso de arquitectura, que tuvo como director al francés Brunet Debaines y, recién en 1854, se fundó la Escuela de Escultura, dirigida en un comienzo por el escultor, también francés, Augusto Francois. Dicha escuela tuvo un marcado sello academicista en su enseñanza, que, sin embargo, no significó limitaciones para que sus alumnos expresaran en las creaciones sus características personales.

Entre los ramos que impartía el curso de escultura, se pueden encontrar el dibujo de grabados, el de relieves y esculturas, y el de modelos vivos. Junto a esos, se enseñaba modelado en greda y tallado en yeso, mientras que la talla directa en piedra sólo se practicaba en los cursos terminales.

Además de estas cátedras, se entregaban otras materias de formación general, entre las que se encontraban historia, mitología, filosofía, literatura y ramos teóricos de arquitectura.

En la escuela se organizaban, cada cierto tiempo, concursos entre sus alumnos, otorgándose premios y distinciones a los ganadores, consistentes en pequeños estímulos monetarios, lo que sería más tarde el origen de las becas de estudios en Europa que entregaría el gobierno para los escultores más destacados. La mayoría de los escultores de la primera generación del curso disfrutó de este beneficio.

Su director, el escultor francés Augusto Francois, no sólo se dedicó a la enseñanza, sino que dejó varias obras, entre las que destaca la del Abate Molina que en 1861 se instaló en la Alameda, pero en 1927 fue donada a la ciudad de Talca.

En 1859 la Escuela de Escultura fue traspasada a la Universidad de Chile, donde fue anexada a la Escuela de Pintura. De esta manera, la Escuela de Escultura pasó a llamarse curso de Estatuaria y Escultura Ornamental, dirigida por el misino Francois hasta 1872. La larga permanencia de este artista francés influyó grandemente en los alumnos de las primeras generaciones, los que siguieron su estilo más o menos clásico.

Los primeros escultores chilenos

Entre los primeros escultores que formó la Academia de Escultura y que conforman lo que se podría llamar la primera generación, se destacan principalmente los dos con mayor talento del grupo: José Miguel Blanco y Nicanor Plaza. Ambos tienen un estilo en el que se conjugan la línea neoclásica del maestro Augusto Francois y el realismo francés del siglo XIX. Tanto Blanco como Plaza fueron los primeros escultores que se distinguieron en su quehacer, por lo que suelen reconocerse como los forjadores de la escultura nacional.

Ver, listado de Escultores chilenos, con sus biografías

Fuente:

Enciclopedia temática de Chile, Biblioteca Ercilla, Tomo 24

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