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Felipe Lautaro

Famoso caudillo araucano nacido en las selvas de Carampangue y el Tirúa en 1534. Tomado prisionero muy joven se formó bajo la dirección del conquistador Pedro de Valdivia, quien lo tomó a su servicio en 1550.

En la batalla de Tucapel (26 de diciembre de 1553) figuró como jefe de las fuerzas araucanas con las cuales luchó valientemente, se armó de una lanza, reunió a sus dispersos soldados y atacó a los españoles venciéndolos con su estrategia. Valdivia sucumbió en esta acción.

Lautaro ganó el 16 de febrero de 1554 la batalla de Marigüeño entre Colcura y Chiviluco, contra Francisco de Villagra y el 12 de diciembre de 1555 atacó a Penco y asaltó el fuerte. Efectuó en 1556 la segunda captura de la ciudad. Al año siguiente emprendió la marcha con la intención de atacar a Santiago.

Pasó el Maule y se dirigió a Chilipirco, donde estaba el campamento de Pedro de Villagra, cerca del cual arribó el 29 de marzo de 1557.

El 1º de abril, de amanecida, mientras los mapuches dormían después de una de sus frecuentes borracheras, las tropas de Villagra los atacaron  por sorpresa y Lautaro fue muerto de un lanzazo (batalla de Peteroa).

Los historiadores están de acuerdo en considerar a Lautaro como un genio militar, ya que fue el creador de la táctica guerrera consistente en atacar por oleadas, lanzando los escuadrones uno tras otro, sin dar descanso al enemigo, hasta derrotarlo.

Lautaro, genio militar

—Pero, ¿quién es ese Lautaro de qué habla el prisionero?, capitán Coronas —interrogaba el alcalde de Santiago, Juan Gómez de Almagro, en el fuerte de Purén.

—No lo sé señor alcalde —respondió éste—.  Jamás he oído nombrar por aquí a tal indígena y, sin embargo, parece que trae revueltos a los indios de la región.

—Sí que los trae, contestó Gómez de Almagro—. ¡Pero ya se encontrará con nosotros en un campo de batalla y entonces!, ¡Voto a tal, que he de pasarlo con mi lanza aunque sea el mismísimo Satanás...

El indígena que habían cogido los españoles, armado cerca de las empalizadas del fuerte de Purén, había desempeñado muy bien el papel que se le había encomendado.  Negándose a hablar, desató su lengua cuando sintió las primeras caricias del tormento e informó a los capitanes sobre los diecisiete levos (agrupaciones territoriales mapuches) que se encontraban reunidos en los alrededores para caer sobre el fuerte tan pronto como los españoles salieran de la plaza. Que toda la región de Arauco estaba sobre las armas y que obedecían al Toqui Lautaru.

Las declaraciones del indígena hicieron pensar a Gómez de Almagro. Los había rechazado dos veces cargándolos en las inmediaciones del fuerte, y se había dado cuenta de la resistencia que ofrecían, como asimismo de las nuevas armas defensivas que usaban.  Llevaban una especie de coraza hecha de cueros de lobos marinos, una suerte de bonete con celada y adornos de plumas, del mismo material, pero tan resistentes que las hachas rebotaban sobre ellos, sin causarles daño.  Su forma de combatir había variado y no se presentaban, como hasta entonces, en masa que podía ser fácilmente destrozada por la caballería, sino que formaban líneas erizadas de lanzas que no dejaban acercarse a los caballos, impidiendo la acción de los jinetes.

Gómez de Almagro había recibido una carta del Gobernador Pedro de Valdivia, como respuesta de la que le enviara anunciándole su victoria bajo las empalizadas de Purén. Para tranquilidad de la población cometió el error de leerla en la plaza de armas, y el excelente espionaje que los indios tenían, de inmediato la trasmitió a su campo, como asimismo el pensamiento de Gómez de marchar el día 24 en la noche, llevando sus mejores hombres para reunirse con Valdivia, que se lo ordenaba desde Concepción.

Conocida por los habitantes de Purén la noticia de que 17 levos estaban próximos a caer sobre el fuerte, pidieron encarecidamente a Gómez y Coronas que no los abandonaran y éstos accedieron.

Influencia de Lautaro en el campo mapuche

Desde este momento, en el cual Gómez de Almagro cedía a los ruegos de los habitantes de Purén, la situación de Pedro de Valdivia comenzaba a complicarse en Concepción.  Su marcha al sur estaba complementada con el amague que desde aquel fuerte debían traerle Gómez de Almagro y Coronas. Lautaro, cuyos espías estaban adentrados en el campo castellano, tuvo conocimiento de lo que planeaba el conquistador y fue él quien ideó la estratagema de mantener a los españoles de Purén enclavados en el fuerte.

El indígena cogido era una parte muy principal de la astucia del cacique araucano y que le iba a dar muy buenos resultados.  El prisionero había puesto énfasis en repetir el nombre de Lautraru, hasta ese momento desconocido entre los españoles, y de expresarles que era quien movía los evos que atacarían a Purén. Se guardó muy bien de nombrar el ataque que se llevaba al norte en Tucapel, y como los españoles daban crédito a las palabras de esos prisioneros, que hablaban por temor al tormento y a los cuales creían incapaces de pensar y discurrir un plan, no tuvieron inconveniente para estimar inmediato el peligro.

Quedaba la desazón entre los dos capitanes por conocer la identidad de aquel hombre que mandaba ahora a los mapuches y del cual éstos contaban maravillas.  El hombre se presentaba para ellos como un enigma difícil de resolver y eso causaba mayor inquietud.

Inche Lautraru..,. ¡Yo soy Lautaro ...!

En efecto, en el campo indígena se encontraba un mozo de dieciocho años que había logrado hacerse oír por los caciques y éstos lo designaron Toqui, accediendo a sus deseos y por haber mostrado conocimientos que hasta ese momento ellos no poseían, sobre el arte de la guerra que practicaban los españoles.

Lautaro dirige a sus "tropas"

Era este indio un pequeño mapuche que Valdivia tomó prisionero en las  inmediaciones de Concepción y que hizo su "paje" y su "ordenanza de caballos".  Cuando cayó cautivo tendría una edad entre los 14 y 15 años.  Era despierto, audaz y emprendedor y muchas veces acompañó a su señor en el campo de batalla. Conducía los caballos de repuesto de Valdivia y se preocupaba de su alimentación y aseo.  De esta manera el joven araucano se familiarizó con el caballo y aprendió a que no era un ser mitológico, sino un animal que no se conocía entre los suyos.  Pronto aprendió a montar y a dominar los potros, hasta hacerse un experto jinete.

Durante su permanencia en Concepción, Valdivia mantuvo a Lautaro, a quien había bautizado con el nombre de "Felipe Lautaro", cerca de él y en el fuerte se manejaban libremente y así pudo observar la instrucción que los españoles impartían a los indios auxiliares y ver sus evoluciones, como también la forma cómo se impartían las órdenes a toque de corneta

No tardó en aprender a tocar la corneta que Pero Godez usaba cerca de Valdivia para trasmitir sus órdenes y el castellano no tuvo inconvenientes en enseñar al inteligente mapuche la manera de servirse del instrumento en el campo de batalla.  Este conocimiento iba a ser de gran importancia en el desarrollo de la vida militar de Lautaro y contribuyó a su designación para que mandara las huestes araucanas.

Físicamente Lautaro era un hombre de buena estatura y que en el contacto con los españoles había aprendido de ellos la arrogancia, la desenvoltura, la forma de montar a caballo y de dominar sus bridas.  Observador, el mapuche no perdió su tiempo en el servicio de Valdivia y asimilándose a su manera de ser, se hizo apreciar y mantener al lado del conquistador.

Familiarizado con los caballos de Valdivia, a los cuales cuidaba, pudo darse cuenta de que éstos no eran monstruos ni formaban una sola pieza con el jinete, de manera que esperó el momento de instruir a los suyos para desentrañarles este misterio.

Llegado al campo araucano, fue mirado con respeto por esos hombres orgullosos que no aceptaban consejos sino de sus iguales y Lautaro no lo era. Sin embargo, la elocuencia del hombre y sus conocimientos se impusieron al fin.  Su figura resultaba extraña entre los suyos ya que "su atuendo era extremadamente vistoso y de una mixtura hasta entonces desconocida.  El color rojo, usado en camiseta y bonete, constituía un fondo resaltante dentro del conjunto.  Las prendas indígenas se mezclaban con piezas españolas arrebatadas al enemigo: muchas plumas y al mismo tiempo un peto acerado.  Todo aquello, junto al caballo brioso que montaba y a la brillante corneta que esparcía por los campos sones desconocidos, era un elemento más para reafirmar el ascendiente del caudillo sobre su gente." (León Echaíz)

En el campo mapuche

Comienza a amanecer sobre el Bío—Bío cuando un jinete llevando a la brida otro caballo se adentraba en los vados del río, próximo a la desembocadura del estero de Quilacoya.  Muchas veces tuvo que echar a nado sus cabalgaduras, pero por fin salió a la ribera izquierda del curso del agua.  De inmediato se vio rodeado de hombres que lo miraban sorprendidos y con las lanzas en posición de ataque.  Trabajo le costó al joven hacerse comprender que era uno de ellos y que había huido del campo español llevándose consigo dos caballos.

Para los mapuches era incomprensible que un hombre de su raza montara aquellos seres que solamente los españoles podían sujetar.  Sin embargo consintieron en acompañarlo a la reunión de los caciques más próxima.  Grande fue también la sorpresa de los jefes araucanos al ver llegar a este mozo montando un caballo y más grande aún cuando les enseñó una corneta, la misma de Pero Godez, al que se la robó antes de escapar del campamento de Valdivia.  La forma de expresarse del indio y su elocuencia para tratar el tema de la resistencia a los españoles motivó una reunión de caciques e indios de todos los extremos de la Araucanía.

Adiestrados por Lautaro, araucanos abaten al español

La junta, que se había iniciado con la acostumbrada elocuencia de los caciques y de los espías que observaban los movimientos de los españoles, se sintió cautivada cuando el joven Lautraru, se levantó para explicarles muchas cosas, para ellos desconocidas, referentes a sus adversarios.  Les explicó que el caballo y el jinete eran dos seres diferentes y ambos mortales y que, por lo tanto eran susceptibles de ser vencidos.  Que se cansaban lo mismo que ellos cuando se prolongaban los combates y que la forma de vencerlos era la de presentarse en numerosos grupos que se fueran relevando hasta agotar las fuerzas del adversario.  En aquella reunión Lautaro se ganó la confianza de los caciques araucanos y pronto estuvo frente a los mapuches comenzando a instruirlos, lo mismo que él había visto hacer a los españoles.

No cabe ninguna duda, por la forma como se presentaron en el futuro los escuadrones formados por los indios, que Lautaro sometió a sus soldados a una disciplina de grupo y les enseñó la manera de maniobrar en el campo de batalla, empleando para ello la corneta de Pero Godez y los cuernos indígenas que se usaban en ese entonces entre ellos.

Lo primero que tuvo que hacer, podemos deducir, fue enseñar a los indios que retirarse en un momento determinado no significaba cobardía sino forma de combate y que era necesario tener una disciplina de grupo que permitiera al jefe mover sus tropas en el campo de acuerdo con su voluntad.  Esta instrucción era la misma que  observara en el campo español, adaptada por su natural inteligencia a la idiosincrasia araucana.  Lo primero que debió imponerse para llegar a instruir a sus hombres, fue subordinar a los gen—toquis a sus deseos y hacerlos actuar en una concordancia absoluta con el pensamiento suyo en el plan que se iba a desarrollar, tanto en el campo estratégico como táctico.

Enseñó a su gente a usar elementos defensivos para aminorar los efectos de las armas españolas y la manera de defenderse de la caballería.  Esta forma de actuar debió ser obra de su poderosa imaginación, ya que, mirado desde cualquier ángulo militar que analicemos su obra, se nos presenta como un genio guerrero, a la misma altura de cualquiera de los grandes hombres del pasado.  Su concepción de la forma de aprovechar el terreno y reforzarlo con elementos de la comarca, nos indica hasta qué grado de perfección en el desarrollo de los hechos, tuvo la inteligencia de este hombre providencial aparecido entre los araucanos en los momentos más difíciles de su historia.

La presencia física de Lautaro nos la describe Diego Rosales y dice: "Estaba arrogante el general Lautaro armado en un punto acerado, cubierto con una camiseta colorada, con un bonete de grana en la cabeza, con muchas plumas, el cabello quitado, sólo con un copete que se dejaba por insignia de general.  Era araucano de nación, hombre de buen cuerpo, robusto de miembros, lleno de rostro, de pecho levantado, crecida espalda, voz grave, agradable aspecto y de gran resolución".

"Su atuendo era extremadamente vistoso y de una mixtura hasta entonces desconocida", dice su biógrafo René León Echaíz.  "El color usado en camiseta y bonete, constituía un fondo resaltante dentro del conjunto.  Las prendas indígenas se mezclaban con piezas españolas arrebatadas al enemigo. Todo aquello, junto al brioso caballo que montaba y a la brillante corneta que esparcía por los campos sones desconocidos, era un elemento más para reafirmar el ascendiente del caudillo sobre su gente".

La principal dificultad iba a estar en hacer comprender a los mapuches los planes que se proponía desarrollar contra el enemigo.  Por esta razón es que asombra a quienes estudian a este guerrero, la conducción operativa que pone en práctica y que en toda ella sigue lo que en la actualidad los maestros de la estrategia denominan principios de la guerra, veamos cómo.

Primera Campaña. El plan de Tucapel

Las fuerzas mapuches que conduce Lautaro se encuentran en una posición que, militarmente, se denomina "Línea Interior", por cuanto ellas están en el centro de dos fuerzas, exteriores: las de Purén por el sur y las de Concepción por el norte.

Lautaro comprende que si ambas fuerzas se reúnen los derrotarán, no por el número, sino por la calidad de sus armas que son muy superiores a las suyas.  Por tanto, debe impedir que las dos actúen sobre él y para ello debe neutralizar a una y es lo que hace. Engaña a Gómez de Almagro en Purén y lo mantiene en el fuerte, mientras liquida la situación contra el enemigo principal que es Valdivia.

Este plan, analizado hoy, resulta tan inteligente como cualquiera de los desarrollados por los grandes conductores militares y es por esa razón que Lautaro se nos presenta como un genio innato de la guerra.  No es un sentimiento nacionalista el que lleva a reconocerlo como un hombre superior en la conducción de la guerra, sino la manera cómo actúa y el resultado que esas actuaciones le producen.  No es exagerado decir que las operaciones realizadas por este indígena son modelos que pueden estudiarse en la actualidad en cualquier instituto superior militar y extraer de ellas las mismas deducciones y las mismas lecciones que se sacan del estudio de las campañas modernas.

Adoptado su plan, lo pone en ejecución.  Por medio de una estratagema inmoviliza a Gómez de Almagro en Purén, como hemos dicho, y se asegura que sus tropas no concurran a juntarse con Valdivia en Tucapel.  Los indígenas no interceptan el mensaje de Gómez de Almagro después de su victoria sobre los mapuches en las cercanías del fuerte, y esa comunicación da confianza a Valdivia para continuar su marcha hacia el sur.  Una vez conocida la dirección que tomará Valdivia, elige el campo de batalla cercano al destruido fuerte de Tucapel y aprovecha el terreno, usando el calvero que tiene la loma sobre el cual estaba el fuerte y los bosques que lo circundan.

Con la seguridad de escarmentar a los indios, cuyos alzamientos hasta ese momento no han sido bien apreciados por los españoles, Valdivia sale de Concepción a mediados de diciembre de 1553 y se dirige a Quilacoya, donde toma algunos soldados para continuar su marcha hacia Arauco.

Los espías mapuches van siguiendo la ruta de marcha de los conquistadores y Valdivia los divisa constantemente en la lejanía.  Ningún grupo le presenta combate y se le deja hacer su camino. Valdivia no se apresura y en Arauco permanece dos días, ignorando lo que ocurre en Tucapel.  El día 24 se pone en marcha hacia este punto, pensando en encontrar allí a Juan Gómez de Almagro, de acuerdo con las órdenes que le envió a Purén.  El camino está libre y, como de costumbre, se divisan en la lejanía algunos grupos de indígenas que observan y luego desaparecen.  Esta actitud induce a Valdivia a adelantar a Luis de Bobadilla con cinco soldados para que exploren el camino y los informen sobre la presencia del enemigo.

Bobadilla se adelanta y desde ese momento el Conquistador no vuelve a saber de él durante el día 24, en que partió desde el campamento de Lavolebo. Pernoctó con sus fuerzas a media jornada del fuerte de Tucapel, pensando en alcanzarlo al día siguiente 25.

Muy temprano, en ese día de Navidad de 1553, se puso en marcha hacia el fuerte y grande fue su sorpresa al encontrarlo completamente destruido y sus ruinas aún humeantes.  Gómez de Almagro no aparecía por ninguna parte y todo parecía desierto.

Contrariado por aquella inesperada situación, se aprestaba para hacer descansar a sus tropas y levantar allí su campamento, cuando de súbito, los bosques cercanos se estremecieron con el chivateo de los araucanos y, sin más aviso, éstos se precipitaron sobre sus fuerzas.

Valdivia apenas tuvo tiempo para formar a sus indios auxiliares y aguantar el primer choque mientras su caballería cargaba sobre el escuadrón más cercano. Pero iba a ser muy grande la sorpresa.  Los indios no se presentaban ahora en una masa indisciplinado que era posible lancear con facilidad.  Erizados de lanzas los escuadrones mapuches resistían los ataques de la caballería y sus jinetes se veían imposibilitados de alcanzarlos con sus espadas, mientras sus corceles eran alanceados y obligados a retroceder.

Con valor y resolución los españoles lograron romper el primer escuadrón, el que, volviendo caras, se precipitó por las laderas de la loma hacia los bosques, en busca de refugio.  La victoria iluminó los rostros pero casi en seguida vino el desengaño: un nuevo grupo se presentó al combate y hubo que cargar contra él, agotando el esfuerzo de los caballos.

Trofeos de guerra españoles para los indios

Los indios presentaban la misma resistencia y el uso de sus mazas y lanzas, producían muchas heridas en hombres y animales.  Sin embargo se obtuvo que los mapuches nuevamente huyeran al refugio del bosque. Pero por tercera vez grupos de reservas se presentaron en el campo y atacaron a los españoles. El mismo Valdivia, reuniendo a todos los jinetes disponibles, se lanzó a la lucha, siendo rechazado por el adversario.

Comenzaba a, caer la tarde.  Sobre el terreno yacían muchos indios auxiliares muertos y la mitad de los españoles que acompañaban al gobernador.  La lucha era tremendamente dura y los indios no cejaban en su ardor.  Valdivia hizo que las trompetas tocaran retirada, y dirigiéndose a sus soldados les dijo: "¿Caballeros, qué haremos?".  A lo cual contestó el capitán Altamirano: "¡Qué quiere vuesa señoría, que hagamos sino que peleemos y muramos!"

Pero antes que pudiera emprender la retirada del campo de batalla, el propio Lautaro cayó sobre el flanco de los españoles produciendo el desbande. Los indios, rota la formación de los castellanos, los fueron victimando uno a uno, sin que nadie escapara de sus golpes y sólo Valdivia y el clérigo Pozo, que montaban muy buenos caballos lograron huir, pero al cruzar un curso de agua sus animales se empantanaron y fueron cogidos por los araucanos.

La batalla había terminado con el aniquilamiento total de las fuerzas de Valdivia. Ni un solo español pudo liberarse de la furia de los guerreros araucanos y sólo algunos pocos auxiliares lograron esconderse entre los árboles de los bosques vecinos y regresar a Arauco, donde contaron la derrota, pero no lo que había ocurrido al Conquistador.  Su muerte permanece en el misterio; sin embargo lo que más se aproxima a la realidad es que haya sido muerto de un golpe de maza una vez rendido.

Con la muerte de Valdivia desaparecía el primer Gobernador de Chile y era también el primero en caer vencido y muerto por los indios americanos. Su derrota causaría el pánico entre los españoles y habitantes de Chile, mientras en el campo mapuche se levantaba la figura de Lautaro, el vencedor de Valdivia, quien jinete en su caballo y acompañado por otro indígena montado a su lado, dirigió la batalla, realizando movimientos tácticos al son del instrumento que Pero Godez le enseñó a tocar y que luego le robara en Concepción, cuando junto con los caballos de Valdivia huyó al campo mapuche para encabezar esta primera rebelión.

Los Catorce de la Fama

Mientras se realizaba la batalla de Tucapel, los indios que sitiaban Purén se mantuvieron quietos, por lo cual Gómez de Almagro decidió salir a reunirse con Valdivia, al que suponía en Tucapel. Como no apareciera enemigo en los alrededores, salió de Purén, en la noche del 25,  llevando consigo trece soldados de los mejores y algunos indios auxiliares.

Durante la oscuridad caminó por la cordillera de Nahuelbuta y al amanecer del 26 entró al valle de llicura, tropezando con grupos de indígenas que celebraban su victoria.  En el primer momento los españoles no creyeron en los gritos que los mapuches lanzaban anunciando que habían terminado con Valdivia y todos sus soldados, pero poco a poco el suspenso se hizo terrible, cuando comenzaron a presentarse algunos guerreros que llevaban colocadas las armas de los conquistadores.  Sin embargo, Gómez de Almagro llegó hasta el fuerte de Tucapel, y pudo constatar por sí mismo la terrible derrota. Los despojos desnudos y destrozados de sus compañeros atestiguaban lo ocurrido y un montón de auxiliares les hacía compañía en su infortunio.

Había echado pie a tierra para verificar mejor lo ocurrido cuando fue atacado por una multitud de mapuches, en la misma forma que lo habían hecho con Valdivia.  Los auxiliares se defendieron valerosamente, mientras los catorce jinetes cargaban sobre sus enemigos.

El encuentro fue recio y se había iniciado a media tarde y cuando el sol se ponía tras las copas de los enormes árboles que enmarcaban el campo de combate por occidente y las sombras de la noche comenzaban a envolverlo todo, tras una desesperada carga los españoles se abrieron paso para huir hacia Purén. Uno tras otro fueron cayendo Leonardo Manrique; Sancho de Escalona, Pedro Niño, Gabriel Maldonado, Diego García y Andrés Neira.  Quedaban aún ocho, que alcanzaron el valle de llicura por su angosta entrada, dividiéndose en dos grupos para huir mejor de sus perseguidores.

En la angostura pereció Alonso Cortés, mientras lograban franquearla Juan Gómez de Almagro y Gregorio de Castañeda.  En el valle se reunieron todos y allí cayó muerto el caballo de Juan Gómez de Almagro, el cual viéndose desmontado dijo a sus compañeros: "—Señores, si aquí aguardáis para favorecerme, seréis todos muertos. Idos, que yo estoy mal herido.  Más vale que yo sólo muera y no todos". Y acto seguido se internó en un bosque.  Los indios llegaron hasta el caballo muerto y los españoles que se retiraban escucharon desde el camino los gritos de alegría al tropezar con él.  Los araucanos buscaron infructuosamente a Gómez de Almagro, sin encontrarlo, mientras sus compañeros cubiertos de heridas, sudor y polvo llegaban al amanecer a Purén.

La vista de aquellos hombres y la derrota sufrida por Valdivia movió a los habitantes del fuerte a emprender la marcha hacia La Imperial.

Poco después de salir, un yanacona alcanzó a Alonso de Coronas y lo informó que un español herido se encontraban cerca de Purén.  De inmediato salieron en su busca Coronas, Pedro de Avendaño, Martín de Ariza, Antonio Gutiérrez de San Juan y Alonso Ribera.  Tardaron en encontrarlo, pero al fin dieron con él, era Juan Gómez de Almagro que iba a pie, desnudo, descalzo, malherido, desfigurado, con las manos y los pies muy hinchados, casi sin sentido, pero empuñado firmemente su espada.  Este grupo de los catorce hombres que salieron de Purén para ir a juntarse con Valdivia en Tucapel, es el que la historia conoce como: "Los Catorce de la Fama".

Al despoblar el fuerte de Purén, los indios entraron en él y lo incendiaron, con lo cual quedaban reducidos a cenizas dos de las instalaciones españolas de Nahuelbuta.

Después de Tucapel

La derrota de Tucapel llegó a Concepción en la noche del 26 y 27 de diciembre y fue conocida por boca de Andrés, uno de los sirvientes de Valdivia y que logró ocultarse en los bosques cercanos.  El terror invadió a los pobladores y en especial a los que se encontraban en los lavaderos de oro de Quilacoya cercanos a la ciudad.  En toda la región de Arauco cundió el pánico y los pobladores de Purén y Villarrica se concentraron en La Imperial, mientras los de Arauco y parte de Los Confines, se refugiaban en Concepción.

En La Imperial, Pedro de Villagra trataba de calmar a los habitantes que a cada momento creían verse atacados por el enemigo, mientras en Concepción el Cabildo despachaba mensajeros a Francisco de Villagra que se le suponía de regreso de Reloncaví, para que acudiera a hacerse cargo del mando.

Tan pronto como fue avisado partió hacia la ciudad de Valdivia donde llegó con 65 hombres.  Luego de ser reconocido como capitán general y justicia mayor, salió hacia el norte con 80 soldados, dejando en Valdivia 65 para resguardo y amparo de los habitantes.  Continuó su viaje a La Imperial desde donde partió a Concepción, pasando por Los Confines.  Finalmente llegó a Concepción, donde después de conocerse el testamento otorgado por Valdivia el 20 de diciembre de 1549, en Santiago, lo designaban capitán general y justicia mayor de la ciudad, por cuanto el difunto gobernador había designado para sucederle en primer lugar a Jerónimo de Alderete y en segundo a Francisco de Aguirre.  Las disposiciones de Valdivia iban a generar una pugna entre Francisco de Aguirre y Francisco de Villagra, pero la situación del momento no permitía la marcha de éste a Santiago, para reclamar para sí el gobierno, en su calidad de teniente general del reino.

Valdivia perecerá en manos araucanas

Los araucanos habían tomado tal ufanía con la victoria de Tucapel, que tenían a los pobladores de Concepción encerrados en los límites de la ciudad, mientras recorrían los campos llevándose el ganado y quemando cuanta vivienda caía en sus manos.  El nuevo plan de Lautaro era hacer salir a los españoles a campo raso, a fin de presentarles batalla y, a sus deseos, correspondía la actitud de los indios de arrasar todo lo que no estuviera dentro de los límites de la ciudad.

Dentro de los límites de la villa se encontraban 216 soldados, o sea cuatro veces los que había dispuesto Valdivia y se contaba con unos dos mil auxiliares, de modo que con los 154 que escogió pudo formar una respetable columna para ponerse en campaña contra Lautaro.  Todas las esperanzas renacieron ante aquellos soldados escogidos y su comandante Francisco de Villagra, al cual se reputaba como el mejor guerrero después de Valdivia.  En la ciudad quedaba Gabriel de Villagra con unos 70 españoles, de los cuales 20 eran soldados capaces de defender la plaza en caso de presentarse los indígenas ante las empalizadas.

El ejército más lucido que se podía presentar a los mapuches era el que en ese momento estaba a las órdenes de Villagra.  Se habían recibido seis pequeñas culebrinas, que iban a ser las primeras piezas del arma de artillería que se usarían en Chile.  Lautaro estaba al corriente de la nueva arma que tenían sus adversarios e iba a sorprenderlos con otra desconocida para ellos pero que iba a ser más eficaz que esos cañones: el lazo.

Para protegerse de las flechas, los españoles habían construido mantas de madera que permitían el tiro a los arcabuceros, a cubierto y sin ser alcanzados por las piedras de los honderos mapuches (manta era una especie de escudo de madera que tenía una ventana en el centro y ocultaba al tirador de arcabuz).

Batalla de Marigüeñu

Bien organizado y con mucho ánimo y de vengar la derrota sufrida, el ejército español se puso en marcha al amanecer del 23 de febrero de 1554.  Los araucanos no los molestaron en el paso del Bío—Bío y lo mismo que habían hecho con Valdivia repetían frente a Villagra: grupos de indios se dejaban ver a lo lejos y pronto huían dejando el camino libre.

Así avanzó hasta el valle de Chibilonco (entre Lota y Laraquete) donde el camino al sur serpenteaba por la cuesta de Marigüeñu.  Esta pertenece a la cordillera de la costa y su altura no es grande, de manera que la repechada no iba a asustar a los conquistadores.  El camino corría entre macizos árboles que permitían una sorpresa, por lo cual en la mañana del día 26 antes de iniciar la subida despachó una descubierta al mando de Alonso de Reinoso con 30 hombres.  Los indios atacaron a esta fuerza que se retiró combatiendo hacia el grueso de sus tropas.

Los araucanos al chocar con las fuerzas de Villagra comenzaron a retroceder hacia la cumbre, donde el terreno se despejaba en una planicie que formaba una plazoleta con uno de sus bordes cortado hacia el mar.  Lautaro también había elegido este lugar para luchar con Villagra.  Este tan pronto como ganó la cumbre desplegó sus fuerzas en línea de batalla y emplazó su artillería.

El sol estaba levantándose con fuerza en el horizonte del bosque: eran las ocho de la mañana.  No tuvo que esperar mucho el español.  Súbitamente los bosques que circundaban el calvero se llenaron con el griterío de los, indios e, igual que en Tucapel, avanzó el primer grupo mapuche erizado de lanzas.  Con espacio suficiente para maniobrar, la caballería rompió el primer escuadrón, que pronto se retiró al abrigo del bosque.  Reemplazado por un segundo, por un tercero y un cuarto, que combatieron en la misma forma, los españoles agotaron sus cabalgaduras y a mediodía, habían caído muertos varios castellanos y una multitud de auxiliares, sin que los soldados de Lautaro dieran muestras de terminar el combate.

Pronto el calor, el polvo y las heridas hicieron mella y la moral de los españoles comenzó a flaquear. En medio de la lucha Villagra animaba a los suyos, llamándolos "gallinas y bellacos" cuando estimaba que cejaban en la pelea y en un momento en que trataba de levantar el coraje que disminuía, un grupo de indios logró romper las filas de sus hombres y echándole un lazo al cuello lo desmontaron del caballo.

Los indígenas gritaban entusiasmados: "¡Apo ... Apol" (jefe, jefe) y mucho trabajo costó a los españoles rescatarlo con vida, pero no sin que antes algunos golpes de maza lo dejaran maltrecho.  Villagra hubo de ser montado en otro caballo, pues el suyo se lo llevaron sus adversarios y continuó en el combate, a pesar de estar herido.

Pero la situación era a cada momento más comprometida: ocho horas de pelea sin cesar, con muchos muertos y heridos, la mayoría sacados de sus caballos por los lazos y con la artillería perdida por una carga incontenible de los araucanos, que mataron a los 20 sirvientes de las piezas, Villagra vio perdida la batalla y se resolvió por la retirada.  Aquí vino la mayor de las sorpresas: Lautaro había cerrado el camino, a medida que sus adversarios avanzaban, con grandes árboles y albarradas que impedían una retirada en orden.

Retrocediendo hacía Concepción se encontraron con que el hábil jefe adversario había hecho construir, mientras se desarrollaba la batalla, una fuerte albarrada en el camino principal y dejado libre un sendero que conducía a un precipicio sobre el mar.  Muchos tomaron esta senda y cayeron bajo las mazas indígenas, de manera que allí sucumbieron más de cuarenta españoles y casi todos los indios auxiliares. Villagra, advirtiendo lo que ocurría, se allegó al obstáculo "e fizo un portillo ... por donde pasaron los que allí había", dice Reinoso.

La retirada fue un descalabro para los españoles que, al llegar al llano para tomar el camino de Concepción, sólo pudieron reunir en torno suyo a 20 soldados.  Muchos venían a pie y montándolos en las ancas de sus jinetes, caminó hacia el Bío—Bío sin que los mapuches pusieran empeño en perseguirlos.  Cuando llegó a las barcas esperó la llegada de los dispersos y en total se juntaron sesenta y seis.  Ochenta y ocho castellanos habían quedado muertos en el campo de batalla.  Aquello era el mayor desastre que podía esperarse y sus bajas muy superiores a las que había tenido Valdivia en Tucapel.  Casi la mayoría de los hombres iban heridos o contusos y se había perdido una apreciable cantidad de caballos, armas y toda la artillería.

El pánico se apodera de los habitantes

La llegada de Villagra a Concepción con sus maltrechas huestes, llevó al colmo la desesperación de los habitantes de la ciudad.  Nadie pensaba en la resistencia sino en la huida hacia el norte en busca de refugio.  La sola idea de que apareciera el terrible caudillo araucano, había turbado los mejores ánimos y el deseo de despoblar la ciudad prendió rápidamente.  El pánico se había apoderado de los hombres y cuenta Antonio de Bobadilla "que Juan Negrete, temblando de miedo, decía en la puerta de la casa de Valdivia: —¿Qué hacemos en esta ciudad?, ¡qué nos han de comer vivos los indios!" en cambio Juana Jiménez, la última concubina de Valdivia, pateaba de rabia en el interior de la casa ante la idea del despueble".

Despoblar Concepción significaba para los españoles una terrible pérdida en las casas que poseían y en los bienes que habían alcanzado a acumular.  Pero para todos la defensa de la villa era imposible con los medios que tenían, ya que los hombres salvados del desastre de Marigüeñu se encontraban la mayoría heridos y, lo peor, desmoralizados.

En atención al pánico que se había apoderado de los pobladores, para los cuales el solo nombre de Lautaro causaba horror, Villagra se vio obligado a publicar un bando, prohibiendo bajo pena de muerte que algún habitante se fuera hacia Santiago.  Pero las noticias eran a cada momento más alarmantes y el miedo las aumentaba a su sabor.

Afortunadamente para los españoles el "admapu" de los indígenas les permitía celebrar su triunfo con grandes borracheras, que duraban por varios días, de manera que no se dieron prisa para perseguir a los vencidos.  Por otra parte tampoco se dieron cuenta de la magnitud de sus victorias y sus repercusiones en el campo rival.  El único que verdaderamente apreciaba los hechos era Lautaro, pero el admapu era muy difícil de vencer, en la idiosincrasia de su pueblo.  Por esta razón tan pronto como vieron a los españoles retirarse hacia Concepción, no fueron tras ellos y se contentaron con mantenerlos al norte del Bío—Bío.

Muchos escritores que han apreciado la vida del caudillo mapuche, estiman que después de Tucapel y Marigüeñu se adormecen sus condiciones de conductor, pero la situación que va a vivir el pueblo araucano en los años 1553 y 1554 por falta de alimentos, ya que durante el período de guerra abandonaron sus campos, salva a los conquistadores.  Sin esta verdadera desgracia para los mapuches la situación de los españoles habría sido mucho más difícil.

Mientras los indios esperaban una mejor ocasión para reanudar las acciones ofensivas, el Cabildo de Santiago entraba en pugna con Francisco de Villagra y Francisco de Aguirre por la sucesión de Valdivia.  Es ahora cuando empieza a verse el deseo del Cabildo de retener el mando de la colonia, como luego lo veremos en el seno de la Real Audiencia. La situación política que se crea en Santiago respecto a la sucesión y el nombramiento de la autoridad suprema en Chile, retarda los preparativos para una nueva acción militar en el sur.  Como al ser elegido, interinamente, Villagra exigiera fondos para armar a su gente, el Cabildo puso obstáculos que impulsaron al gobernador a pasar por sobre la corporación y tomar los fondos que se encontraban en las arcas públicas.

El despueble de Concepción importaba la pérdida de todo lo que con tanto esfuerzo había construido Valdivia en la región del Bío—Bío, pero nada se pudo hacer ante la desesperación que se apoderó de los españoles.

Se buscó afanosamente la forma de hacer salir a los pobladores por mar, pero no se encontró el medio de transporte para ello. La imposibilidad de defender la villa la entendía muy bien Villagra y sus capitanes, pero no se veía la manera de sujetar a los habitantes.  La alarma cundió cuando Alonso Sánchez, a quien se encargara la vigilancia de la ribera norte del Bío—Bío, llegó de regreso, comunicando que los indios estaban cruzando el río en grandes grupos.  Pronto el número de indios subió a 30.000 y luego a 100.000, lo cual crispaba los nervios a los hombres y hacía deshacerse en llanto a las mujeres.  La situación no pudo controlarse y los asustados habitantes comenzaron su éxodo a pie abandonando cuanto tenían en sus hogares. Como era imposible detener la multitud se trató de organizarla y de ello se encargó a Gabriel de Villagra.  Mientras tanto se había conseguido el concurso de dos barcos en los cuales se embarcaron las mujeres, los niños y los heridos.

Cuantos podían moverse por tierra lo hicieron dejando abandonadas sus pertenencias.  Como los barcos no eran suficientes para conducir toda la población, la columna de fugitivos congregó a hombres, ancianos, mujeres y niños.  Muchos por falta de caballos caminaban a pie y en un desconcierto espantoso.  A cada paso se temía ver aparecer a los indios, pero afortunadamente los comarcanos no los inquietaron durante su viaje.

Juan Jufré, enviado desde Santiago, esperó a la columna en el río Maule, con balsas, carretas y caballos y en especial comida, tan necesaria para aquellos seres asustados y hambrientos.

"La llegada de los pobladores de Concepción fue una carga pesada para los habitantes de Santiago" y muy pronto éstos hicieron ver a las autoridades la necesidad de devolverlos al sur.  Pero como el Cabildo de Santiago estaba preocupado de la elección del nuevo gobernador, más se preocupó de este asunto que de resolver lo que con tanta ansiedad solicitaban los vecinos de la capital.

Cuando los efectos de las fiestas acordadas por el admapu terminaron, Lautaro pudo reorganizar sus fuerzas para marchar inmediatamente sobre Concepción, sin embargo los araucanos se daban por satisfechos con haber logrado destruir a las fuerzas españolas que penetraron en su territorio al sur del Bío Bío.

Separadas por 850 kilómetros se encontraba Valdivia y por 700 La Imperial.  Estas poblaciones estaban tan aisladas del centro que sus habitantes no tenían ni la menor idea de lo que sucedía en Santiago.  En La Imperial se encontraba Pedro de Villagra, quien estaba en continúa lucha con los indígenas, cuyos pucarás se habían establecido en las cercanías y amenazaban continuamente la población.  Villagra logró tomarse al asalto tres de estos reductos y pudo mantener cierta tranquilidad en la región.

El que los araucanos habían construido en Pellacabí (probablemente el nombre es Pullicaven, que significa loma de espinales) fue el que más dolores de cabeza dio a Pedro de Villagra, pues se apoyaba en fosos, ciénagas y pantanos.  La desesperación dio bríos a los castellanos y luego de un furioso asalto, con el agua a la cintura, lograron su objetivo.

Segunda Campaña de Lautaro

Aprovechando la desmoralización que conocía por sus numerosos espías, Lautaro avanzó sobre Concepción.  Había hecho llevar a hombro grandes troncos con los cuales construir una albarrada ante la ciudad y mantenerla sitiada, hasta que se entregara por hambre, pero al llegar a ella no encontró a nadie.  La alegría de los araucanos fue enorme y se precipitaron dentro de Concepción apropiándose de cuanto encontraron.  Luego de haberse dedicado al saqueo, prendieron fuego a los edificios, reduciendo todo a cenizas.

Luego los araucanos entraron en un largo receso, el cual fue interrumpido cuando los habitantes de Concepción comenzaron a regresar a la ciudad.  Primero se hizo presente una columna española por tierra y más tarde llegaron los habitantes en el navío "San Cristóbal", todos los cuales comenzaron con grandes bríos a reconstruir lo que los araucanos quemaron en marzo de 1554.

Esto sacó de su inacción al jefe mapuche y reconstruyendo sus huestes entró en campaña, dirigiéndose primero a Angol, que fue abandonada por sus habitantes para refugiarse en La Imperial.  La toma de Angol y su destrucción envalentonó a Lautaro que se volvió contra Concepción.  El 15 de diciembre el ejército araucano se presentaba sobre las lomas que circundaban la ciudad.

Como lo había hecho antes, Lautaro hizo llevar a hombro de sus soldados grandes troncos para levantar una albarrada que le permitiera defenderse en caso de que el adversario tomara la ofensiva.  Los españoles vieron con espanto los preparativos qué sus enemigos hacían frente a la ciudad.  No hacían más que 26 días que habían llegado de nuevo a la zona y ya Lautaro estaba frente a la ciudad.  Una nueva arma había ideado el caudillo para hacer frente a la caballería española.  Esta era un garrote arrojadizo que se lanzaba sobre las frentes de los caballos haciéndolos caer, para luego abalanzarse sobre el jinete y darle muerte.  Contra la infantería, usaban sus hombres un escudo hecho de pieles endurecidas que eran capaces de resistir los golpes de las armas blancas y las lanzas.

Ya conocían los españoles la suerte que habían corrido los pucarás de La Imperial, de manera que pensaron en realizar una hazaña semejante conquistando el campo de Lautaro con una vigorosa ofensiva.  Al clarear el alba se lanzaron sobre los araucanos, pero los garrotes, hábilmente manejados, infundieron pavor a los caballos que retrocedieron espantados, tirando a muchos de sus jinetes.

La retirada al amparo de las empalizadas de la ciudad se realizó penosamente, dejando en el campo cuatro españoles muertos y numerosos indios auxiliares.  Lautaro los persiguió hasta la entrada de Concepción, pero los españoles se defendieron con valentía y desesperación.  En una puerta cayeron el clérigo Nuño de Abreqo y Hernando Ortiz de Cárdena, mientras dieciocho más caían defendiendo las empalizadas.  La porfiada resistencia dio tiempo a los pobladores para ganar el barco "San Cristóbal" o huir en todas direcciones.

El deseo de apoderarse del botín suspendió la persecución y los fugitivos pudieron poner espacio entre ellos y los mapuches.  Lautaro prendió fuego a Concepción, arrasándola por segunda vez.

El tifus salva a los españoles

Pero nuevamente la suerte iba a salvar a los conquistadores y la peste comenzó a cebarse en el pueblo mapuche, reduciéndolo en tal forma que durante un tiempo le fue imposible volver a tomar la ofensiva.

Entre los años 1555 a 1557 el hambre azotó en tal forma a los indios "que se desarrolló entre los mapuches el canibalismo.  Devoraron a los prisioneros, y se comieron entre ellos mismos.  Apenas hay testigos de aquella época que no refiere un acto espeluznante de canibalismo o que no hable del hecho en general" y dice Góngora Marmolejo:

"Vínoles otros mal allende de este (se refiere al tifus que hizo estragos), que los que escapaban, que eran pocos, teniendo algunas fuerzas, como no tenían qué comer, se comían los unos a los otros i cosa de grande admiración, que la madre mataba al hijo y se lo comía, y el hermano al hermano; y algunos hacían tasajos y les daban un hervor en algunas ollas con agua de arrayán, y puestos al sol y secos se los comían, y decían hallarse bien de aquella manera.  Andaban los indios en aquel tiempo tan cebados en carne humana, que traían la color del rostro tan amarilla, que por ella eran luego conocidos".

De esta manera la cantidad de guerreros disminuyó y con dificultad se pudieron reunir cinco mil mocetones de guerra.  Los cronistas de la época han exagerado mucho la cantidad de hombres de los ejércitos mapuches y no es raro que aprecien 50.000 ó 100.000 hombres en los ataques que les llevaron.  Esto es sin lugar a dudas una enorme exageración, porque si tal hubiera ocurrido, la masa que formaban habría sido suficiente para aplastar a hombres y caballos en cualquier campo de combate.

Tercera campaña de Lautaro

Mientras Francisco de Villagra había emprendido una expedición al sur acompañando a Juan de Alvarado y Francisco de Castañeda que llevaban los pobladores de La Imperial, Angol, Villarrica y Valdivia, en Santiago en el Cabildo se continuaban las discusiones para elegir gobernador, hasta que la Audiencia de Lima nombraba a Francisco de Villagra como Corregidor y Justicia Mayor de Chile.  El Cabildo de Santiago luego de abrir los sobres enviados desde Lima, recibió a Villagra como primer magistrado de la colonia.  La tranquilidad iba a retornar para los agitados habitantes de Santiago, y Villagra trató de limar las asperezas y hacer olvidar los pasados desaciertos.

Así llegó agosto de 1556, y de repente comenzaron a llegar noticias de... Maule, que indicaban una gran efervescencia en los campos provocada por la presencia de "gente del estado de Arauco y de otras partes", que iban con intención de alzarlos contra los españoles y les anunciaban que Lautaro, el caudillo al cual los "huincas" no habían podido vencer, estaba de nuevo en campaña dispuesto a arrojar de su territorio a sus enemigos.

En vista de tales noticias el Cabildo despachó a Diego Cano con 14 hombres a fin de que averiguara la veracidad de las noticias.  Este llegó hasta el pueblo de Mataquito y se encontró con la gran sorpresa de que Lautaro estaba al norte del río Maule.

Lautaro, a pesar de la postración en que se encontraba el pueblo araucano debido al tifus y el hambre, había logrado reunir cerca de 2.000 guerreros, con los cuales cruzó el Bío Bío y se lanzó hacia el norte.  Naturalmente el caudillo conocía la situación al norte del gran río y pensaba, mediante una propaganda bien organizada, que los picunches, gente de índole más pacífica que los mapuches y que habían aceptado la dominación y eran en gran parte los auxiliares de los conquistadores, llegarían a plegársele y con ellos podría alcanzar su meta que era la destrucción de Santiago.

Utilizando las laderas de la cordillera y amparándose en los bosques de pinos, robles y avellanos, avanzó con su columna hasta el Maule.  Impresionaba a los suyos montando en un brioso caballo tomado a los españoles y, llevando junto a él, un grupo de sus principales lugartenientes.  Vestía sus mejores atuendos y cubría su pecho con una coraza quitada a un español.  Mantenía una rígida disciplina en sus hombres, pero a la vez dejaba que cometieran actos de terror contra los pueblos que no deseaban someterse a sus exigencias y enrolarse en las filas de su ejército como combatientes.  Muchas veces su rigor llegó hasta a hacer quemar vivos a algunos infelices frente a sus horrorizados familiares.

Al tenerse conocimiento en Santiago de que Lautaro había asaltado los lavaderos de oro que Juan Jufré tenía en "Coipoa" y que luego de matar a todos los españoles e indios los había saqueado y destruido, cundió el pánico en la ciudad.  El Toqui se había llevado consigo todos los instrumentos de hierro que encontró para usarlos con sus tropas, forjando moharras para lanzas.

Así fue como Diego Cano supo de la presencia de Lautaro y se acercó con su gente al campamento de éste.  Lautaro sabía muy bien por sus espías la marcha de los españoles desde Santiago y los esperaba para reeditar sus antiguos triunfos.  Cano llevaba consigo guías indígenas que le señalaban el camino para llegar al sitio donde descansaba el ejército mapuche.  Lautaro lo dejó acercarse y lo esperó en unas ciénagas próximas, atacándolo de improvisó y en un terreno desfavorable.  El ataque indígena desbarató las fuerzas de Cano, que tuvieron que huir, dejando un muerto español y llevando muchos heridos.  Lautaro regresó a su campamento a celebrar su triunfo y para regocijo de los suyos hizo que se despellejara al español y se colgara su cadáver de un roble.

No tardó en saberse en Santiago lo ocurrido a Cano.  El Cabildo se alarmó y ordenó que se rodearan de zanjas la ciudad y se reunieran fondos para adquirir elementos de defensa.

Como se encontrara en Santiago el primo del gobernador, Pedro de Villagra, a quien se reconocían sus méritos como soldado, se le encargó de organizar una fuerza necesaria para hacer frente a la difícil situación.  Este pudo reunir hasta cincuenta jinetes armados de espadas y picas y doce arcabuceros de infantería, más trescientos indios auxiliares.

Campaña de Pedro de Villagra

Con sus fuerzas, que consideraba suficiente para escarmentar a Lautaro, salió Pedro Villagra hacia el sur, en demanda del campamento de Peteroa, donde se sabía que Lautaro había hecho construir un "pucará" de sólidas paredes.  Marchando con toda precaución, pero en forma forzada, Villagra alcanzó Peteroa y tan pronto estuvo ante el pucará inició el ataque, logrando tomar la primera línea de albarradas que defendía la posición mapuche.

Lautaro se retiró hacia las que estaban situadas a espalda de su campamento y luego de rehacer sus tropas emprendió una rápida contraofensiva, empleando, por primera vez, fuerzas montadas y armadas de lanzas de quilas con moharras de hierro.  Villagra fue arrojado de las posiciones que había alcanzado y se retiró a un vallecito cercano para dar descanso a sus tropas.  Desde aquí solicitó a Santiago que le enviara refuerzos, pero seguramente mal informado de la situación de Lautaro atacó de nuevo antes de recibir los refuerzos siendo nuevamente rechazado.

Pronto llegó al campo español Juan Godínez, con treinta soldados de caballería, pero Lautaro, informado por sus espías de su presencia en el campo de Villagra, evacuó su campamento en la noche, mientras se desarrollaba un fuerte temporal.  Godínez siguió al Toqui, pero no tomó contacto con él, sino con un grupo de unos ciento ochenta mapuches que se dirigían a reunírsele. Se trabó una furiosa batalla en la que los araucanos perdieron 80 hombres, pero Godínez quedó tan maltratado que tuvo que retirarse porque supo que una nueva columna enemiga se acercaba en refuerzo de sus adversarios.

Aprovechando la retirada de Godínez, Lautaro cruzó el Maule y fue a reagrupar sus fuerzas detrás de este curso de agua.  Su presencia en la zona central iba a continuar alarmando a Santiago, aun cuando se había retirado más al sur del Maule, donde las tribus picunches le eran desafectas, desde que las había tratado con tanta crueldad al iniciar su campaña al norte.

Lautaro avanza de nuevo al norte

Llegó el verano de 1557.  Lautaro se encontraba acampado con su ejército a orillas del río Itata, cuando tuvo conocimiento por sus espías de que el gobernador Francisco de Víllagra salía de Santiago hacia el sur con una columna de cincuenta jinetes y treinta infantes, además de un numeroso grupo de auxiliares.

Como lo había hecho anteriormente, desplegó su exploración y fue siguiendo los pasos del gobernador hasta que cruzó el Itata.

Juzgando que con la salida de Francisco de Villagra, la capital quedaba desguarnecida, dio comienzo a su segunda campaña al norte con la intención de ocupar dicha ciudad.  Prontamente comenzó a preparar a los suyos para la marcha y en febrero pasaba el Maule sin encontrar resistencia.  Su confianza en la victoria, y que encontraría a Santiago desguarnecido, lo hizo abandonar un poco sus precauciones militares y, en cambio, volvió a cometer toda clase de atropellos en las vidas y propiedades de los picunches.  Enrolando a la fuerza a los mocetones que encontró a su paso, aumentó sus fuerzas pero no su valer, ya que estos indios, que tenían que tomar parte en la campaña contra su voluntad, estaban dispuestos a fugarse en cualquier momento y, aún más, eran un arma de doble filo ya que podían ir al campamento adversario y delatar su posición.  Pero engreído como estaba el caudillo con los triunfos obtenidos últimamente, se dejó arrastrar a grandes demasías con todos los habitantes que encontró en la región, por lo cual tuvo un serio incidente con el cacique Chillicán, su aliado comarcano, procediendo este a retirarse con todos sus subordinados.  Esta grave deserción, mermaba los medios de acción de Lautaro y que, al final, le iban a hacer falta en el momento decisivo.

¿Qué ocurría en tanto en Santiago?  La ciudad estaba de nuevo alarmada.  El Cabildo ordenó, en vista de encontrarse ausente el gobernador, que se preparara Juan Godínez para salir al encuentro de Lautaro, al que se suponía marchando hacia la capital.  Al mismo tiempo se ordenó que se abrieran fosos, como en el año anterior y todo el que pudiera tomar armas, se preparase para defender la ciudad.

Cuando juzgó que Villagra se había alejado lo suficiente hacia el sur, dio comienzo a su avance al norte, para ir a estacionarse en el mismo sitio donde estuvo su campo atrincherado de Peteroa.  Llegado al lugar se preocupó de hacer construir nuevos fosos, levantar palizadas y cavar trincheras que inmovilizan a los caballos enemigos.  Ahora él poseía una incipiente caballería que le aseguraba la exploración delante de sus tropas y se había ocupado de adiestrar a sus mocetones en el arte de la equitación.  Lautaro comenzaba a emplear los medios quitados a sus adversarios en beneficio propio, lo cual lo hacía doblemente peligroso.  Los españoles sabían que el araucano poseía una inteligencia sobresaliente y era un gran aprovechador del terreno, por lo cual nadie se podía fiar de amarrarlo a un terreno determinado para combatirlo con éxito.

Seguramente al llegar a Peteroa, al sur del río Mataquito, ya sus espías lo habían informado de la salida de Godínez de Santiago, y en la capital ya se estaba al tanto de su marcha, por la destrucción que había hecho de los establecimientos mineros de Pocoa, donde mató a todos los españoles y auxiliares que encontró a su paso.

Pero Francisco de Villagra no continuó al sur, como era su intención, sino que previendo la llegada de un invierno crudo en 1557, regresó al norte y pronto supo de la presencia de Lautaro en Peteroa y de la marcha de Godínez hacia el Mataquito.

Francisco de Villagra recibió información sobre su adversario en Reinogüelen, entre el Itata y el Maule, de modo que pudo idear un plan para atacarlo uniendo sus fuerzas a las de Santiago.  De nuevo se encontraba Lautaro en una posición muy parecida a la que afrontó antes de Tucapel.  Estaba colocado en la línea interior, pero su excesiva confianza en sus medios y su desprecio por el adversario, al que había derrotado siempre, lo hizo ser menos cauto en esta ocasión.

Villagra, tan pronto se dio cuenta de la situación en que se encontraba, demostrando una gran capacidad militar, envió a Diego Ruiz, uno de sus mejores soldados, con un mensaje a Godínez para que se reuniera con él en el pueblo indígena de Mataquito.  Conseguida la conjunción de las fuerzas, Villagra maniobró con ellas en el valle ocultándolas de su adversario.  No se sabe hasta hoy por qué razón Lautaro descuidó tanto su exploración y quedó a oscuras de los movimientos que realizaba su adversario.  Puede ser que los indios comarcanos, a los cuales había inferido muchas ofensas y atropellos, guardaran silencio y ocultaran la presencia de los castellanos, pero sea lo que fuere, al estudiar la forma en que procedió el Toqui, se llega a la conclusión de que hubo descuido de su parte para saber con certeza dónde se encontraba el adversario.

Confiado en la fuerte posición de su campamento atrincherado, no se percató de que Francisco de Villagra se acercaba al norte del río Mataquito y realizaba su conjunción con Godínez.  Luego de esto Villagra realizó una marcha nocturna muy bien dirigida y realizada, para cruzar en la noche, aprovechando la oscuridad, el curso de agua y llegar, antes de que amaneciera, al frente del campo atrincherado de su adversario.

Era el amanecer del 1° de abríl de 1557.  Villagra llevaba consigo 57 jinetes, cinco arcabuceros y más de 400 indios auxiliares.  No era muy grande la fuerza con que iba a atacar el campo atrincherado de Lautaro, pero se contaba con el factor sorpresa, ya que hasta ese momento el adversario no había dado ninguna señal de conocer la presencia de los españoles.  Incluso Villagra que hizo avanzar algunos “gateadores" indígenas para que se cercioraran de la presencia de centinelas, no obtuvo nada positivo, pero sí llegó a la conclusión de que en el campamento de Lautaro sus adversarios estaban en el más absoluto reposo.

Con muchas precauciones los españoles se acercaron a las empalizadas y defensas araucanas y tendieron su línea de ataque en la oscuridad, esperando el momento propicio de la luz.

Era un día jueves y la bruma que venía del río Mataquito y penetraba por los pequeños valles se arrastraba sobre el terreno.  Los guías indígenas que llevaba Villagra, habían indicado a las fracciones de  ataque los puntos vulnerables del terreno en que se asentaba el campamento, de modo que pudieron, desde el primer momento, dirigir su ataque sobre objetivos bien determinados.

La seguridad de que su presencia no sería turbada por el enemigo había llevado a los araucanos a descansar sin ninguna seguridad.  La noche anterior, cumpliendo sus costumbres, una gran borrachera se había llevado a cabo en el campamento.  Los españoles tuvieron conocimiento de ella seguramente por algún indígena de la zona del Itata, donde el caudillo había cometido tantos actos de terror para obligar a los habitantes a plegarse a sus huestes, que éstos esperaban la ocasión de vengarse.  Los incendios, descuartizamientos y entrega de mujeres a sus soldados, debieron exasperar a esos indios que vivían en cierta armonía con los conquistadores.

Batalla de Peteroa

La primera claridad comenzó a aparecer sobre los Andes y Villagra esperaba a cubierto en un espeso bosque. Desde aquí envió órdenes a Godínez, que se encontraba en Teno, que se le reuniera con él. La noche del 31 de marzo todas las fuerzas de los conquistadores estaban reunidas para comenzar la acción.

Las fuerzas que había podido reunir Villagra eran 57 soldados, con cinco arcabuces y 400 indios auxiliares.  En el campo de Lautaro se estima que había unos 800 hombres, pues el número había bajado mucho debido a las continuas deserciones que se producían entre los indios de Itata, Ñuble y Maule, que habían sido compelidos por la fuerza a acompañar al caudillo.

Villagra esperaba la primera claridad para lanzarse al asalto.  Sus tropas habían logrado acercarse sin ser vistas y los "gateadores" enviados como descubierta no comunicaban ninguna novedad, lo cual indicaba que el enemigo dormía sin temor de ser atacado.  Los españoles esperaban el momento de atacar, cuando una trompeta impaciente dio la señal antes de tiempo.

De inmediato los mapuches se levantaron y corrieron a tomar sus armas, al mismo tiempo que Villagra gritaba: — ¡Santiago y cierra España.., adelante!

El lugar donde se encontraba Lautaro era conocido por los espías indígenas de Villagra de manera que el ataque se dirigió principalmente hacía allí.  Los indios se defendieron con un valor desesperado, hasta que el Toqui fue herido de muerte y sus tropas comenzaron a flaquear.  Tan pronto como los españoles se dieron cuenta de la muerte de Lautaro, extendieron sus gritos: " —¡Aquí, españoles, que Lautaro es muerto!" "¡Victoria, victoria!".

El grito se oía por todas partes, pero los araucanos combatían con desesperación hasta que, abrumados por el adversario, tuvieron que abandonar su campamento y huir hacia el valle, donde terminó la acción con una victoria completa de los castellanos.

Sobre el terreno quedaban más de 700 mapuches caídos en la lucha y con ellos su jefe, pero en el campo español la muerte de Juan de Villagra, cerca de 200 auxiliares y la cantidad de heridos entre los españoles, como asimismo la pérdida de un gran número de caballos, atestiguaban el ardor de la lucha.

La tenaz resistencia que realizaron los araucanos y que atestiguaban los 700 hombres caídos en la lucha, hizo que Villagra escribiera al rey: "Eran estos indios los que mataron al gobernador Valdivia, sin que escapase persona que pudiera traer la nueva y los que me desbarataron a mí y me mataron setenta y seis hombres; e gente que pelea en escuadrón, puestos en sus hileras y sacan dellas sus mangas de muchos flecheros; y tienen tan buen orden que jamás se destrozan hasta que se llega al cabo del escuadrón, pelean con picas, garrotes y lazos; es tanta su determinación que jamás se ha visto en nación e otras partes".

La noticia corrió de inmediato a Santiago y los habitantes pudieron respirar tranquilos y dar gracias a Dios de tan brillante victoria, ya que la presencia del caudillo araucano al norte del Maule había hecho temer la pérdida de la colonia.

La cabeza de Lautaro fue llevada en triunfo a Santiago por el Justicia Mayor y vencedor de Peteroa Francisco de Villagra y exhibida en una pica en la plaza principal de la ciudad.

Pero las bajas de los españoles habían sido sensibles.  Juan de Villagra, sobrino del Corregidor, había sido muerto, casi todos los españoles heridos y muertos 200 auxiliares.  Muchos caballos también habían sido muertos por los indios, lo cual significaba una sensible pérdida.

Epílogo

La victoria de Peteroa, con la muerte de Lautaro, significaba para Francisco de Villagra la culminación de sus campañas militares en Chile, ya que había salvado con ella la conquista.

Sobre el campo de batalla quedaba tendido el hombre que había logrado aunar los esfuerzos del pueblo mapuche en su lucha contra el español.  Se había formado en el campo de los castellanos y allí aprendió sus costumbres, su idioma, la forma de manejar la guerra, organizando sus fuerzas y moviéndolas en el campo de batalla al son de trompetas y tambores.  Por eso tan pronto como se decidió a escapar del campo de Valdivia, robó a Pero Godez su corneta y enseñó a sus escuadrones a obedecer en la batalla al son de toques, con lo cual le permitía ejercer el mando personal sobre su gente.

Fue el más grande guerrero que produjo la inteligencia de los araucanos y el precursor de todos los conocimientos que fueron desarrollando sus toquis más tarde.  Enseñó el manejo del caballo y quitó de la mente de los indios la superstición de que el animal formaba un solo ser con su jinete.

Guerrero de condiciones innatas creó en las huestes de Arauco los medios para luchar con éxito contra un adversario que las superaba en armas ofensivas y defensivas; que poseía una movilidad muy grande en el campo de batalla, representada por el caballo; que en un primer momento supo sacar ventajas del poder supersticioso que sus armas de fuego causaban sobre su adversario.

Lautaro descubrió la forma de combatir al enemigo con procedimientos que hoy pertenecen al "Arte de la Guerra" y se denominan "Principios", como fue su actuación en su primera campaña que culminó en Tucapel. Encontrándose en lo que hoy denominamos la "línea interior" usó la astucia deteniendo a Gómez de Almagro en Purén y dio rapidez a sus marchas y movimientos.

El aprovechamiento de la sorpresa, en lo cual resultó un maestro frente al españo, le permitieron asegurarse la victoria en Tucapel y Marigüeñu, delante de los dos mejores hombres que Chile tuvo en el período que denominamos "La Conquista".

Sus repetidas victorias en Tucapel, Marigüeñu y Concepción levantaron el orgullo de los araucanos afianzando su espíritu de resistencia.  Puso en jaque a los conquistadores y llevó a un estado de terror a los colonos, de manera que "tal como lo comprendieron sus contemporáneos, si Lautaro triunfa en Peteroa habría avanzado sin obstáculos sobre Santiago, destruyendo hasta sus cimientos todo lo que se había construido y todo el germen de la vida civilizada que allí se gestaba.  Habrían caído después las lejanas ciudades de Valdivia e Imperial que sobrevivían en el sur, sin que quedara así el menor rastro de la obra iniciada en 1540.  Lautaro habría cumplido sin duda, la misión de libertar y conservar la independencia de su raza, que tan heroicamente había representado, pero la nación chilena no habría nacido y se habría necesitado talvez el transcurso de siglos para volver a empezar", dice René León.

Seguramente, esto es cierto, como lo es también que los acontecimientos de la historia tienen sus momentos cúspides de los cuales surgen los hechos del futuro, como si una mano invisible los guiara.  Por eso Peteroa representa para el pueblo araucano un momento estelar de su existencia y para nosotros, que hoy conocemos a este hombre superior, un motivo de orgullo por la reciedumbre y el coraje que inculcó a esa raza, que hoy forma la sábana materna del pueblo chileno.

Extraordinariamente inteligente, sacó de sus luces naturales los métodos con los cuales se impuso a los suyos y al adversario.  Hizo que su pueblo perdiera el temor al español y lo combatiera de igual a igual, en valor, tenacidad, esfuerzo y sacrificio, pero no logró imponerse a las raíces del "admapu".

Junto a su inteligencia, tuvo un natural sentido de estrategia militar, que le permitió organizar las huestas araucanas, concebir astutos planes de batalla, ordenar los ataques e infligir desastrosas derrotas al español.  Era sin duda una estrategia elemental y primitiva.

Se le ha considerado jactancioso en la vestimenta que empleó para impresionar a sus subalternos, pero esta es también una manifestación de sagacidad.  Su camiseta roja, su peto español su bonete rojo y las plumas que lucía sobre el caballo que un día perteneciera a don Pedro de Valdivia, le daban ascendiente y ese ascendiente le era necesario para imponerse ya que su juventud lo hacía mal visto ante los ancianos toquis de su raza.

Soberbio, comprendió la importancia de su persona en la lucha y cuando hubo vencido no tuvo reparos de exclamar: "inche Lautreru, apumbi ta pu huinca ... ! (Yo soy Lautaro que acabé con los españoles)

Valiente a toda prueba, manchó sus actuaciones con las crueldades que cometió contra los indígenas del Itata y Maule, pero no hay que olvidar que era época en que los españoles daban el ejemplo para obligar a hablar a los mapuches o para que se sometieran a su servicio.

Pensó en terminar con los españoles y reconquistar todo el territorio que ellos poseían y así Gonzalo Hernández de Bermejo escribía al rey que al salir Lautaro en su campaña al norte habría manifestado a los suyos: "Hermanos, sabed que a lo que vamos es a cortar de raíz donde nacen estos cristianos, para que no nazcan más”.

Lautaro fue sin duda el único estratego y táctico que nació en Arauco y organizó a su raza para la guerra; los que vinieron más tarde cumplieron misiones parecidas, pero jamás superaron a este verdadero genio de una raza.

Fuentes:

“Diccionario histórico de Chile”, Jordi Fuentes y Lía Cortés

Colección “Próceres de Chile”, Lautaro. Gran Enciclopedia La Nación, autor Manuel Reyno Gutiérrez.

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