Baldomero Lillo

 

Un joven Baldomero Lillo.

Baldomero Lillo nació en el puerto de Lota el 6 de enero de 1867. El escritor, calificado por algunos como el mejor de nuestros cuentistas modernos, fue un niño muy enfermizo. Pese a ello, muy inquieto y ávido lector. Sus constantes estadía en cama le sirvieron para conocer a Julio Verne, Dickens, Tolstoi, Balzac y muchos más.

Su padre, José Nazario, oriundo de Quillota, un aventurero buscador de minas, atraído por la "fiebre del oro" viaja a California en 1848.

No tuvo mayor suerte y, de regreso, dos años más tarde, parte a Copiapó seducido por la fama de Chañarcillo. Poco dura en el norte y emigra a otro centro de parecidas actividades: a la localidad minera de Bucalemu, en Lota. Allí comenzaron sus estudios los hermanos Lillo: Filomena, Samuel y Baldomero.

Simultáneamente con los aprestos bélicos de la Guerra del Pacífico la familia se establece en Lebu y el padre parte hacia los lavaderos de oro de Nahuelbuta. Ahora, la suerte le sonríe, encontró oro: arenillas y una pepa grande. Vuelve a casa y traslada su hogar a Lota.

Metido en un conflicto minero, José Nazario obtiene un resultado judicial favorable y a la vez es nombrado administrador de una hacienda. Samuel, el hermano se traslada a Santiago y pronto empieza a abrirse camino en los círculos literarios. Baldomero se queda solo en la ciudad minera, leyendo como siempre.

A la muerte de su padre, Baldomero, empleado en la pulpería "La Quincena", comienza a relacionarse con la vida de los mineros en su natal Lota, hasta llegar a convertirse en un “apóstol de las doctrinas de redención social, quien nos envía un mensaje de honda indignación ante el trágico destino de los mineros del carbón”.

Como lo expresa su hermano Samuel Lillo, lo que decidió la vocación de narrador de Baldomero "fue la observación directa de la vida miserable de los mineros de Lota. Fue un penetrante observador de la vida. No manejó grandes ideas ni filosofías y fue ajeno a toda política de partidos. Era la realidad lo que le interesaba por sobre todo".

Víctima de la tuberculosis, la enfermedad imprime un sello a su personalidad.

Una serie de acontecimientos marcan la vida de Baldomero: se casa con Natividad Miller, tiene un hijo, rompe con la administración de la mina, renuncia al empleo, deja a su mujer y al hijo con la familia en Coronel, y parte a Santiago. Es el año 1898.

La capital agobia. El joven provinciano debe ganarse la vida en los oficios más disímiles: agente de seguros fracasado, escribiente en una notaría. Su llegada al Consejo de Instrucción Pública le da un respiro. Fue en esa repartición donde, según sus estudiosos, “adquirió los secretos del verbo".

Tertulias literarias en casa de su hermano Samuel lo conectan con gente de letras. Su carácter no ha cambiado. En un rincón de la sala escucha en silencio, y así también escribe sus primeros relatos, inspirado en sus experiencias en las minas de Lota.

En 1903 obtuvo con su cuento "Juan Fariña" el premio del concurso convocado por la "Revista Católica”. Pero es 1904 su año crucial: aparece Subterra (nombre insinuado —se dice— por Augusto d'Halmar, según algunos, o por Diego Dublé Urrutia, según otros. Uno de ellos le habría dicho: “Si todos sus relatos son de minas, ¿por qué no titularlos Subterra?.) El libro es un éxito. La crítica lo aplaude. La edición se agota en tres meses.

La revista Zig-Zag convoca a un concurso literario. Baldomero Lillo participa con su cuento "Sub-Sole" y gana el premio, compartido con Guillermo Labarca.

Aunque sigue trabajando en Santiago, en 1905 el escritor se establece en San Bernardo.

La constante inquietud obrera en las salitreras llama su atención: ahí puede esconderse el tema para una gran obra, una novela que describa las condiciones de vida de los obreros, la injusticia social. Viaja a la zona con la intención de escribir una gran novela, pero no lo consiguió. Pese a empeño, el tema se le escapó, las fuerzas flaquearon. "Cuesta mucho escribir una novela", le dijo en una oportunidad a Daniel de la Vega. Su gran novela del salitre no aparecerá jamás.

El año 1912 es dramático para el escritor: su mujer enferma, contagiada tal vez por él, y muere de una hemoptisis. Baldomero siempre fue un hombre parco, introvertido, silencioso. La muerte de Natividad Miller acentúa estos rasgos. Su vida, tan precaria en incidentes, está sembrada de tormentos: la propia enfermedad, la aguda conciencia de estar contagiando a cuantos se acercan a él. Rehúye a sus hijos, aunque los ame, por miedo a la enfermedad. Se considera un portador de muerte.

En 1942 José Santos González Vera lo retrata así:

"Era Baldomero Lillo entonces no mayor de treinta y siete años, delgado, de cabellera enmarañada, rostro alargado, difícil de penetrar, muy pálido, con ojos febriles y quietos, nariz alta, bigote ralo y unos cuantos pelos separados en su estrecho mentón. Antes de hablar llevábase la mano a su bigote, que aplastaba contra el labio, corriendo los dedos hasta las comisuras. Mientras lo hacía, iba ordenando sus ideas. Y comenzaba a oírse su voz un tanto opaca.

Vestía de negro o de gris oscuro. Era lento, un tanto indolente. Su voz apenas tenía vibración. También era resignada, casi fatalista, pero al escribir no. Su prosa es lava ardiente. Veía las injusticias con cristal de aumento y clamaba contra todo con pasión, con arrebato. Su vi­sión del mundo es más dolorida que la de nadie".

Un día, durante un paseo campestre, cae del caballo y se quiebra una clavícula. Él no le da importancia: "Son lesuras", dice. Pero queda contrahecho, a consecuencias de la "lesura”.

Jubilado en 1917, busca entretenciones nuevas. Quizás por su vocación campesina, que viene de sus tiempos de Nahuelbuta, crea un gallinero, pero luego de un próspero inicia fracasa debido a la enorme competencia.

Su vida, a merced del bacilo de Koch, se apaga lentamente. El 10 de septiembre de 1923 todo termina, cuando fallece en San Bernardo.

Su obra

“Aunque la obra del creador —escribe Hernán Poblete Varas— debe ser precursora en el doble sentido de adelantarse a su tiempo y de interpretarlo con una visión original, para analizarla en su globalidad es necesario considerar el contexto de su época. Esta, en cierta forma, impone un estilo ya sea por adopción o por rechazo: porque el creador encarna el estilo de sus días o porque, al rechazarlo, forma un estilo nuevo que, con el correr del tiempo, marcará con su sello el período o el momento en que se concretó”.

“Es el caso de Baldomero Lillo —prosigue Poblete Varas—: cuando examinamos su obra advertimos cómo ese doble juego de acción y reacción se presenta en su lenguaje, en su estilo, y en ciertas inclinaciones transformadas en relatos. No es de nuestro tiempo. Es de su época: la interpreta y se ajusta a ella, pero posee el talento de observarla desde un ángulo original y —por esto— de proyectarse hacia el futuro como un precursor”.

“El contacto de Baldomero Lillo con el mundo de los mineros del carbón fue breve, pero ocurrió en días de infancia y adolescencia, cuando la sensibilidad está más libre de cortezas y los recuerdos dejan huellas duraderas. Se ha dicho que de las minas sólo conoció el exterior, que jamás bajó a un pique ni fue testigo de las faenas. Pero sí de sus resultados.

" Le sublevaba, le agobiaba el espectáculo de los hombres que volvían del trabajo negros de carbón; de las mujeres en la pulpería, trocando las "fichas" del salario por unas pocas e infames mercaderías; de los chiquillos sin escuela; de los viejos expulsados porque ya no rendían lo exigido, como la bestia cansada que protagoniza uno de sus mejores cuentos.

" La evocación de estas crueles verdades le inspira su obra más profunda y verdadera." Lillo es un observador de la realidad inmediata y no pretende ir más adentro ni arrancar consecuencias de los hechos narrados. Ni trata de inventar: narra con soltura y autenticidad lo que ha visto. Por esto sus personajes son arquetípicos, sin matices: los malos son malos y los buenos son buenos. No hay claroscuros ni variables psicológicas.” (Hernán Poblete Varas).

Al decir de Fernando Alegría “Baldomero Lillo escribe impulsado por una cólera santa. Ha vivido un drama que considera no sólo una vergüenza para su pueblo sino pa­ra toda la humanidad."

Al leer a Baldomero Lillo "sentimos que vamos bordeando lo catastrófico", escribe Ernesto Montenegro.

“Nos lleva, imperturbable y sin compasión, a observar visiones infernales. Denuncia monstruosidades y lo hace con terrible fuerza, como no se había visto en las letras de su tiempo. Fue una explosión de realismo cuyos ecos se escuchan todavía” —sentencia Hernán Poblete Varas.

Por su parte, Alfonso Calderón ha escrito: “Las descripciones, la pintura de ambiente, las figuras de los personajes procuraban una visión infernal. De formación naturalista, las historias de Baldomero Lillo no desdeñan la descripción fiel a los constantes elementos modernistas —con una carga procedente del mundo de la agonía romántica, del simbolismo y del parnasianismo—, visibles en los relatos posteriores contenidos en "Sub-Sole" (1907)”.

Bajo el seudónimo de “Vladimir”, Lillo publicó en "El Mercurio”  una serie de cuentos que serían compilados sólo en 1942 por José Santos González Vera, con el título de "Relatos populares".

En 1956, José Zamudio recogió parte de la obra inédita de Lillo dispersa en revistas, con el nombre de "El hallazgo y otros cuentos del mar". Más tarde, el mismo compilador ordenó otra obra cuentística:  "Pesquisa trágica" (1963).

Fuentes:

“Historia de la literatura chilena”, Hugo Montes y Julio Orlandi

 

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