Jacob y Wilhelm Grimm (hermanos)

 

Jacob y Wilhelm Grimm eran casi de la misma edad, pero Jacob parecía bastante mayor que Wilhelm; además era más fuerte, ya que en su juventud no había padecido enfermedades como Wilhelm. Jacob era soltero, y los dos hermanos vivieron siempre en la misma casa, trabajaron juntos y están enterrados juntos en el cementerio de San Matías de BerlÍn.

Nacieron en Hanau, Alemania: Jacob el 4 de enero de 1785 y Wilhelm el 24 de febrero de 1786. Sus cumpleaños eran días de fiesta para los niños de la casa.

Durante la primera parte de su vida, época bella y fecunda, los hermanos vivieron en Kassel, donde fueron juntos al colegio. Allí terminaron el bachillerato y se fueron a Marburg.

Los estudios universitarios los realizaron en Marburg. Los dos estudiaron. Derecho En Kassel se desempeñaron como bibliotecarios en la biblioteca de Hesse, en cuyas amplias y silenciosas salas se encontraron como en su propia casa.

Vivieron luego algunos años en Gotinga, a partir de 1829. Los últimos decenios los pasaron en Berlín. Allí murió primero Wilhelm, el 16 de diciembre de 1859. El 20 de septiembre de 1863 le siguió Jacob. Ambos trabajaron hasta el final de sus vidas desde la mañana hasta la noche. Wilhelm, en los últimos años, un poco cansado ya. Jacob, en cambio, seguía haciendo planes para el futuro.

Jacob y Wilhelm Grimm perdieron muy pronto a su padre; por tanto, no tuvieron que agradecer su educación más que a ellos mismos. Desde muy jóvenes poseyeron un gran sentido de la responsabilidad para con su madre y sus hermanos pequeños.

Los dos hermanos tenían la costumbre de volver de sus paseos con flores y hojas, que luego colocaban en los libros que más utilizaban. Tanto en los libros de Jacob como en los de Wilhelm se encontraron muchas hojas y flores de la tumba de su madre, con anotaciones alusivas.

Pero el contacto de Wilhelm con la naturaleza nunca fue más allá de los paseos, pues la dolencia cardíaca que padecía desde el comienzo de sus años de universidad le impedía realizar grandes esfuerzos. Él andaba despacio; Jacob de prisa. De manera que nunca paseaban juntos. Esa salud delicada obligó a Wilhelm a limitarse a recorridos cortos en sus viajes. Jacob, por el contrario, estuvo en París, en Viena, en Italia, en Holanda y en Suecia.

Toda su biblioteca, para la que habían reunido libros ya desde su época de estudiantes universitarios, se hallaba en las habitaciones de Jacob. Como bibliotecarios que eran, tenían los libros cuidadosamente colocados y los trataban como a subordinados que merecen un respeto. Los estantes estaban bajos, de manera que se podía llegar cómodamente con la mano a las filas de más arriba.

Sobre esos estantes colgaban unos amarillentos retratos al óleo de tamaño natural de antepasados y parientes. Pequeñas pinturas o dibujos enmarcados de otros rostros colgaban de las partes de la pared en las que no había libros.

Philipp Wilhelm Grimm, padre de Jacob y Wilhelm, murió en la flor de la vida, a los cuarenta y cuatro años. Jacob tenía nueve años cuando esto ocurrió. Él mismo cuenta cómo a la mañana siguiente de que muriera fue despertado muy temprano por unas voces que oyó en el cuarto de al lado y saltó en camisa para ver lo que pasaba. A través de la puerta entreabierta vio cómo el carpintero, junto con otro hombre, tomaba medidas para el féretro.

Jacob Grimm fue durante mucho tiempo bibliotecario. Más tarde sintió también respeto por los libros de su propia biblioteca, y destacaba las obras más valiosas con una lujosa encuadernación.

Después de la muerte del padre, Jacob, a pesar de su juventud, se veía como el cabeza de familia. Sus hermanos le reconocieron siempre esa posición. Sin duda, era el sucesor del poder del padre. Sólo su madre estaba por encima de él; mientras vivió, Jacob le pidió siempre de forma un tanto pedante que, como instancia superior, dijera la última palabra hasta en cosas en las que la pobre y encorvada mujer se sometía con gusto a la voluntad de su hijo.

Wilhelm, sólo trece meses más joven que Jacob, reconoció hasta el final esa posición superior de su hermano, al igual que Ludwig y Ferdinand Grimm, los hermanos pequeños.

Casi todo lo que Jacob escribió está matizado por experiencias y momentos de su vida; el color, la luz y las sombras desempeñaban para él un papel importante. Escribía con una visión de poeta y pretendía que las escenas fueran como imágenes. Jacob sólo entregó la realidad; la eficacia de sus escritos se basó en una aguda reproducción de lo real. Wilhelm, en cambio, tenía el afán de contar a los demás; Jacob escribía, por decirlo de algún modo, para sí mismo.

La madre de los hermanos Grimm se llamaba Dorothea. No alcanzó una edad avanzada.

Tras la muerte de la madre, la vida en común de los hermanos en Kassel adquirió nuevas formas. Pero ninguna preocupación impidió que la existencia de Jacob y Wilhelm estuviera cada vez más dedicada al trabajo ni que, queriéndolo o sin quererlo, ambos se convirtieran en el centro de un circulo de jóvenes amigos y amigas, al que ellos daban vida, en tanto que les despertaban su deseo por conocer la obra de los hermanos.

Tanto sus obras como sus cartas muestran lo a gustó que se sentían en medio de aquel público autodidacta. Hay algo de salvaje y primitivo en la época de Kassel de Jacob y Wilhelm. En lo mejor de esos días se recopilaron e imprimieron los Cuentos de niños del hogar.

Estos no son el producto de un trabajo realizado en una dirección determinada, sino uno de los resultados de su actividad general.

Los hermanos pensaban en los niños como lectores. En el prólogo se habla de lo poco que pensaban los recopiladores de la época en el uso exclusivo de los cuentos por parte de los niños. A los hermanos les interesaba primordialmente sacar a la luz esas joyas que, habiendo surgido de la imaginación poética del pueblo, formaban parte de la riqueza nacional y, sin embargo, habían permanecido hasta entonces en el olvido.

La mayoría de los que hoy no leen los cuentos de los Grimm disfrutando cómo los niños, sino reflexionando acerca de su origen, piensa que fueron escritos siguiendo al pie de la letra lo que contaba la gente, de tal manera que si Jacob o Wilhelm Grimm no se hubieran anticipado a otros recopiladores posteriores, éstos podían haberse adueñado igualmente de esa «propiedad del pueblo». Pero lo cierto es que si los cuentos se han convertido de nuevo en propiedad del pueblo es a través de la forma con que los presentaron los hermanos Grimm.

En los Cuentos hay gran cantidad de trabajo selectivo, sintetizador y de redacción que fue necesario para hallar la forma con la que hoy aparecen recopilados; parecen haber surgido tal cual del espíritu del pueblo alemán.

La madre, Dorothea, fue una de las tantas narradoras primigenias de muchos cuentos. Otros los escucharon de sus tías y numerosos parientes mayores.

En el año 1815 se publicó el segundo volumen de los cuentos.

En el prólogo al segundo volumen los hermanos se manifiestan acerca del valor de los Cuentos cómo libro destinado a los niños. En los dos años que van de 1812 a 1814 se había hablado mucho de ese tema. Al fin el libro encontraba su sentido como libro para niños, cosa en la que no se pensó en el primer volumen. Por aquel entonces se pensaba más en lo que se les podía leer a los niños; entretanto los niños se hablan adueñado de los libros y los leían con sus propios ojos.

Existe en los niños de todos los tiempos y de todos los pueblos un comportamiento común con respecto a la naturaleza: lo ven todo como igualmente dotado de vida. Los bosques y las montañas, el fuego y las estrellas, los ríos y las fuentes, la lluvia y el viento hablan y poseen buena o mala voluntad y la mezclan en los destinos humanos. Hubo una época, sin embargo, en la que no sólo pensaban así los niños europeos, sino también naciones enteras. Jacob se dedicó a estudiar cómo se comportan los pueblos durante la infancia en lo relativo a creencias, idioma y tradición; Wilhelm, por el contrario, no sólo quería investigar el presente, sino también darlo a conocer. Fue sobre todo Wilhelm el que dio forma y, por tanto, recreó los cuentos.

En 1896 se colocó la doble estatua a los hermanos en Hanau. Wilhelm está sentado en un sillón con un libro abierto sobre las rodillas. No mira al libro, sino a lo lejos, pensativo, pareciera que una idea estuviera tomando forma en su noble frente. Jacob, de pie junto a él, apoya una mano en el respaldo del sillón e inclina la cabeza para mirar el libro, como si tratara de leer su contenido.

 

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