Religión mapuche

 

La cosmovisión del pueblo mapuche habla de la creación del universo a partir de la dualidad, donde lo femenino y lo masculino se complementan y tienen igual valor y trascendencia.

La evolución religiosa del pueblo araucano, a la llegada del europeo, aún no había alcanzado la etapa de las concepciones abstractas: no tenía idea de Dios ni de demonio, ni del bien ni del mal, ni de premios ni de castigos en una vida futura, semejantes a las que informan el cristianismo.  Si albergaba en embrión la idea de un Ser Supremo, sus manifestaciones aún no eran aparentes para nosotros.  Las infracciones de las normas tradicionales, el adulterio, el hurto, el asesinato, etcétera, carecían de trascendencia moral y religiosa.  Tenían el carácter de falta personal del hechor para con el ofendido, y podían ser vengadas por él o por la colectividad a que pertenecía, en caso de no admitirse la compensación.

El mapuche creía que la vida se prolongaba más allá de la muerte; pero que se prolongaba en un doble exacto del cuerpo, en algo equivalente a la sombra que veía dibujarse en el agua o en el suelo y que era imposible de aprehender.  Este otro yo, que seguía existiendo después de la muerte y de la descomposición del cuerpo, tenía la facultad de hacerse invisible e intangible a voluntad; pero estaba sujeto a las mismas necesidades y experimentaba los mismos sentimientos y deseos que los vivos.  Para atender a estas necesidades, se enterraban con los muertos los objetos que les servían en su vida: alimentos, utensilios, caballos, etcétera.

Los dobles o espíritus conservaban la forma del cuerpo y los caracteres que tuvieron en vida: el que fue alto o bajo, seguía siéndolo; el que murió niño quedaba niño; y el que murió anciano, anciano.  La vida familiar y social se reanudaba en el más allá: el cacique seguía rigiendo los dobles o almas de los que gobernó en vida; y los mismos sentimientos, pasiones y diferencias de edad, sexo y condición social, continuaban en el mundo de las sombras exactamente como existieron en el mundo de los vivos.

El espíritu o doble nacía con el cuerpo, y durante la vida podía abandonarlo y volverlo a ocupar a voluntad (sueños, éxtasis, visiones). Con la muerte se desprendía del cadáver y pasada por dos fases distintas: la de am y la de pulli.

El am es el espíritu de los recién muertos que aún no se ha alejado de los lugares y personas que frecuentaba en vid a. Se hace presente a los vivos, a veces en forma humana; con más frecuencia en la de un animal, ave o insecto.  Asiste invisible a las comidas y a todos los actos de la vida diaria; visita los cementerios y toma notas de las faltas y de las omisiones en los ritos funerarios, para hacer sentir su desagrado a los deudos.

Las libaciones, ofrendas y sacrificios funerarios se dirigen de preferencia al am.

A medida que el recuerdo del muerto se va desvaneciendo, por lo común después de un año, el am se aleja de los hombres y lugares que frecuentó su cuerpo; se va a la región de los espíritus y se transforma en pulli.

Las tribus marítimas radicaban la residencia de los pulli allende el mar; las cordilleranas, al oriente de los Andes.

El am y el pulli eran, pues, dos fases sucesivas por las cuales pasaba después de la muerte el espíritu o doble que había nacido con el individuo.  El ahué era, por el contrario, un espíritu distinto, algo así como un segundo doble transitorio, que nacía del cadáver con la muerte y que permanecía junto a él con su misma forma corporal, pero más tenue.  Era visible para los hombres vivos; nacía, como se ha dicho, del cadáver y terminaba con él . Se aparecía a los parientes vivos cuando no cumplían las obligaciones' funerarias, y se anunciaba por medio de golpes, de sonidos, haciendo chisporrotear el fuego o aullar a los perros, cerrando las puertas y de cien modos diferentes.  La primitiva creencia en el ahué, se refundió posteriormente en el pueblo chileno, en la superstición popular de las ánimas. Puede servir de intermediario con el am, pero no se confunde con él.

Los espíritus alcanzaban el dominio de las fuerzas ocultas y misteriosas, entre las cuales el araucano incluía todas las de la naturaleza; y adquiría el poder de hacer el bien o el mal a los vivos.  Los fenómenos naturales, la lluvia, el calor, las pestes, etcétera, son sus subordinados y los agentes que manifiestan su a agrado o su ira, sin más limitaciones que las del poder de otros espíritus contrarios.

El espíritu de los antepasados, después de convertido en pulli continúa velando por los suyos.  El araucano lo encarnaba en el Pillán, entidad que no corresponde a la de un Dios o de un demonio, sino a la del progenitor.  No tenían un Pillán para todos; cada clan y cada tribu tenía el suyo, su propio progenitor, masculino o femenino, según el espíritu patriarcal o matriarcal que predominaba en ellos.  De aquí las expresiones: "Tú nos has engendrado" y "Tú nos has parido", que figuran en sus súplicas.

El culto de los antepasados es el núcleo central de la religión araucana.  De ellos proviene todo el bien que se puede recibir: las buenas cosechas, la abundante reproducción del ganado, la salud, la vida de los hijos, la paz, etcétera.  De ellos proviene, también, todo mal: las plagas de gusanos o de langostas, las sequías y las inundaciones que arruinan las cosechas, las epidemias que diezman el ganado o que matan a los hombres.  Todas sus prácticas religiosas tienden a mantenerlos propicios o a aplacar su ira y su venganza.

El enojo del Pillán podía provenir de la infracción de algún tabú, de la falta de cumplimiento de alguna práctica ritual o de alguna ofensa al tótem o aliado de la tribu, que se manifestaba, como se ha dicho, por las pestes, las inundaciones, las sequías, los terremotos, etcétera.

Con frecuencia, los araucanos no se sentían bastante diestros para atraerse la benevolencia de su Pillán.  Además, el poder de éste podía estar contrarrestado por los espíritus enemigos, y muy especialmente por los brujos, cuyos poderes ocultos eran temibles y capaces de causarles grandes daños a pesar de la buena disposición del Pillán. Era, pues, necesario contar con el auxilio de especialistas diestros en la forma como debe procederse en cada caso.

De aquí nacieron la magia y sus ministros, los voiguevoes (señores del canelo), que les ayudaban a influenciar el espíritu de los antepasados, o sea, al Pillán, y a combatir las maquinaciones de los hechiceros o brujos.

Suponiendo que la magia colectiva debía ser más potente que la individual, formaron sociedades esotéricas que  mantenían en estricto secreto y cuya finalidad era precaver los contratiempos y procurar el bien posible a la comunidad, cada una dentro de su esfera de acción.  La cofradía del tótem huenu o co, tenía a su cargo la regulación de las lluvias; la del sol influenciaba este astro para que calentara la tierra o suavizara su irradiación en casos de frío o de calores excesivos; la del tótem Pillán impedía las tempestades, los rayos, los temblores, etcétera.  Más tarde, cuando desaparecieron estas sociedades, los voiguevoes se transformaron sucesivamente en los ngenpin y en los machis, que ya son médicos y adivinos.

Los ritos no constituían, pues, una adoración, sino una petición.  "Los nguíllatunes o rogativas -refiere un testigo presencial, el padre Sors- se hacían con el objetivo de pedir lluvias, buenas cosechas, aumento de ganado y otros favores relacionados con sus siembras y sus crianzas; y se dirigían conjuntamente al Pillán (antepasado) y al tótem (aliado de la tribu)."

En cuanto a la naturaleza misma de los ritos estaba informada por el deseo de agradar a los Pillanes o antepasados; y como transferían a ellos sus propios sentimientos y gustos, le ofrendaban lo que les era grato: los bailes, los alimentos, la bebida, etcétera.  También usaban máscaras y bonetes hechos con pieles y cabezas de aves y animales o de madera labrada, y trajes estrafalarios para representar seres reales o fantásticos.  Tenían colores litúrgicos: el del Pillán era azul celeste; el de los funerales, negro, y el de los sacrificios, rojo.

Además del culto de los antepasados, los araucanos creían en diversos seres y espíritus, en su mayoría malévolos: el huecuve, que servía de instrumento a los brujos para sus hechicerías; el colo colo, especie de basilisco; el cheiquehuecube, cuero con uñas que vive en el agua y hace presa en los bañistas, etcétera.

El pueblo araucano fue profundamente religioso; la religión informaba todos sus actos e influyó en su estructura familiar y política en una medida mayor de la que hasta hoy se ha reconocido; pero su religión era, todavía, animista y su concepción del cosmos, aún mágica.

Como vemos, parte importante de la cultura mapuche es el aspecto religioso, el cual es de carácter místico y ritualista.

En su concepción del cosmos se distingue una dimensión vertical (metafísica) y otra horizontal (naturaleza); destacándose el número cuatro como elemento de equilibrio: Cuatro son los dioses sagrados. Cuatro son los cielos. Cuatro son las esquinas de la tierra. Cuatro son los elementos (agua, tierra, aire y fuego).

En la mentalidad mapuche la tierra es plana y ellos se ubican en el centro de ella (concepto etnocéntrico), distinguiéndose cuatro esquinas (donde viven los otros pueblos), orientados según los puntos cardinales, donde:

Este (E): Representa el punto de mayor carga benéfica.

Oeste (O): Es el lugar donde se pone el sol, de la oscuridad, de la muerte.

Sur (S): Trae buenos vientos y es un punto cardinal benéfico.

Norte (N): Del Norte, vienen las heladas, las invasiones, la guerra, las enfermedades, es un punto cardinal maléfico.

Junto al sentido de la trascendencia, esta el concepto de la inmortalidad del alma, esta abandona el cuerpo, no al momento de la muerte física como el concepto occidental, sino días, semanas o meses después. De ahí el respeto por los muertos y la reverencia ante sus antepasados.

El tótem

El tótem.

Factor tan importante como la religión en la estructura familiar y social de los pueblos primitivos, es el tótem; o sea, el animal, objeto o fenómeno de que deriva su apellido el grupo de individuos ligados por consanguinidad real o ficticia.  Arranca este vínculo de una alianza de sangre establecida entre el fundador del grupo y el animal, objeto o fenómeno escogido, la cual se trasmite a los descendientes de ambos contratantes.

El clan, si se trata de pueblos matriarcales, y la gens, si de pueblos patriarca les, se consideran emparentados con el animal, objeto o fenómeno; no sólo toman de él el apellido, que se estima como un blasón, sino que también se atribuyen las cualidades del aliado y creen tener una influencia especial sobre él.

Los araucanos dieron a este aliado o protector de la familia el nombre de cuga.

Los cugas más generalizados eran huenu (cielo) y antu (sol).  Les seguían.  Pillán (el espíritu de los antepasados), que además de su papel religioso solía hacer de tótem; cura (piedra), lemu (bosque), lican (piedrecilla), lavquen (mar o lago), milla (oro), taru (ave de rapiña), ñancu (águila), leufo (río), co (agua).  Los nombres de animales y de aves ocupan un lugar secundario.  Cuando el tótem era un objeto inanimado o alguna fuerza de la naturaleza, los indios lo simbolizaban en un ser vivo.

Entre las denominaciones totémicas mapuches y su leyenda del diluvio, se advierten concordancias que hacen presumir cierto nexo.  El espíritu de las aguas, Coi Coi, encarnado en una gran culebra, luchó con Ten Ten, el espíritu de la tierra, también encarnado en otra culebra; e intentó su destrucción y la de todos los seres que la habitan.  Ten Ten avisó oportunamente a sus moradores las malas intenciones de Coi Coi, y la salida del mar y el desborde de todas las aguas que tenía premeditado; mas, salvo unos pocos, desdeñaron el refugio que les ofreció en las cumbres de sus montañas, confiando en que Ten Ten, apiadado de ellos, los convertiría en peces, en animales marinos, en rocas y en otros objetos que las aguas no puede destruir.  La furia de Coi Coi fue tal que amagó las mismas cumbres de las montañas, obligando a Ten Ten a elevarlas hasta las vecindades del sol, de donde resultaron calores tan fuertes que chamuscaron a muchos de los refugiados.  Agotada, al fin, la provisión de agua de Coi Coi, éste, rabiando, tuvo que renunciar a su intento.

En cuanto a los hombres que quedaron en la llanura, tal como ellos lo desearon, Ten Ten los transformó en peces, en rocas y en otros objetos, a fin de salvarlos (Rosales).  No pudieron recobrar la forma humana, pero siguieron cohabitando con las mujeres que se salvaron en las cumbres, especialmente con las doncellas que se bañaban o entraban al mar a mariscar, y engendraron numerosa descendencia.  Los tótemes de origen marino o acuático y muchos de los. que corresponden a objetos inanimados parecen arrancar de esta tradición.

En las pinturas que hacían en sus arreos y en sus armas en tiempo de guerra y en las grandes ceremonias figuraban, en primer lugar, el símbolo de la cuga a que se pertenecía, como exteriorización de la alcurnia; y sólo después el distintivo personal y los signos del rango.  Muchos ostentaban adornos alusivos a su linaje, especialmente los caciques.  Los del cuga nahuel llevaban cabezas, cueros o dientes de este animal, y los del grupo guru, colas o cabezas de zorros, y así sucesivamente.

El cuga o tótem se heredaba entre los araucanos por la línea materna.  El hijo llevaba como apellido el cuga o tótem de su madre, nunca el del padre.  Cayumanqui, cacique de Arauco, tuvo por hijo a Petehuelén; Ainuvilo, a Lincoyán; Carampangue, a Queupantú, etcétera.

Esta supervivencia de un matriarcado en vías de desaparecer, tendía a anular la autoridad del padre, puesto que la mujer y sus hijos quedaban dependientes de una autoridad extraña a él para todas las manifestaciones de la vida política y religiosa: la de su tótem.

Fuente:

“Historia de Chile”, Francisco Antonio Encina

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