José Manuel Balmaceda Fernández, (1886 - 1891)

 

El pequeño José Manuel nació en Santiago el 19 de julio de 1840, hijo de Manuel José de Balmaceda, senador de la República, y de Encarnación Fernández.

Su final sería trágico; murió de un disparo autoinfligido, el 19 de septiembre de 1891.

Realizó sus estudios en el Seminario Conciliar. En 1864, fue secretario particular de Manuel Montt en Lima, en la misión que le encomendara el gobierno de José Joaquín Pérez ante el Congreso Americano.

En 1865, abocó sus energías al desarrollo de la agricultura, actividad que le permitió formar una respetable fortuna.

En 1866, se asoció a los escritores nacionales Justo y Domingo Arteaga Alemparte, con quienes fundó el diario La Libertad. En él, redactaba algunas columnas. 

En 1869, militó como orador ilustrado en el Club de la Reforma. En 1864, fue diputado por Carelmapu, esta nominación se repitió varias veces. En 1870, integró el Congreso Constitucional.

Más tarde, publicó en la Revista de Santiago sus estudios titulados: La Solución Política en la Libertad Electoral y La Iglesia y el  Estado.

En 1878, el gobierno de Pinto lo envió a Buenos Aires como ministro plenipotenciario del Gobierno de Chile ante la República Argentina. Allá, gestionó y obtuvo la neutralidad de esta nación en la Guerra del  Pacífico.

En 1881, al tomar posesión  de la presidencia Domingo Santa María, nombró el 18 de septiembre a Balmaceda ministro de Relaciones Exteriores y Colonización. Subrogó al ministro de Justicia, Culto e Instrucción Pública el mismo día.

Balmaceda fue un hábil político y diplomático que desbarató el Congreso de Panamá que tenía por objeto intervenir en los tratados definitivos de paz entre Chile y Perú. El 9 febrero de 1882 fue ministro subrogante del ministro de Guerra y Marina y diputado por Santiago (1882-1885). Pasó después (12 de abril de 1882) a ocupar la cartera del Interior, subrogando la cartera de Relaciones Exteriores y  Colonización.

Fue proclamado candidato a la presidencia de la República el 17 de enero de 1886, en Valparaíso siendo senador por Coquimbo. Triunfó en las elecciones presidenciales el 15 de junio de este mismo año. Su período presidencial terminaba el 19 de septiembre de 1891, fecha  en que se suicidó estando asilado en la legación argentina desde el 29 de agosto, a causa de haber sido vencido en la revolución desarrollada en su contra por el Congreso y la Armada sublevada. Estaba casado con Emilia de Toro.

Su gobierno (1886-1891). 

Los partidos de gobierno, nacionales, liberales y  radicales no disidentes, tenían su candidato, que era el mismo del jefe del Estado. José Manuel Balmaceda. Este político llevaba una vida pública de 20 años, en una edad que era de 45. Había sido un aprovechado alumno del Seminario de Santiago y hasta demostrado vocación para el sacerdocio. Pero, salido del aula, las lecturas literarias y  científicas le arrebataron la le fe. En el silencio del campo, donde se dedicó algún tiempo a tareas agrícolas, pareció robustecerse la rebelión de su espíritu, y,  entrado a la política, se hizo liberal y

Reformista.  Rico, elegante, de figura esbelta, surgió pues sin el título profesional que era casi obligado en los hombres que aspiraban a gobernantes.

Tenía facilidad de palabra, desenvoltura y brillo en la expresión Durante las administración de Errázuriz y Pinto se dejó oír con frecuencia en la Cámara de Diputados, en los Clubes de la Reforma y en los comicios públicos. Y, por último, en la administración de Santa María fue Ministro del Interior y factor importante, si no principal, en las reformas civiles y constitucionales que durante ella se realizaron.

Balmaceda se caracterizó desde un principio por una extraordinaria actividad política y adminis­trativa. Su primer gabinete, encabezado por Eusebio Lillo, lo formaron personas gratas a la minoría opositora. Era propósito del Presidente unir de nuevo a todos los grupos liberales, o, como él decía: "reconciliar a la gran familia liberal", dejando a los conservadores solos en la oposición.

Trató de halagar a los conservadores solucio­nando, conforme a los deseos de la curia, el con­flicto arzobispal producido en la administración anterior. La armonía con el Sumo Pontífice se restableció sobre la base de la designación de monseñor Mariano Casanova como arzobispo de Santiago (1887).

Crecen los recursos

Mientras tanto, las rentas públicas seguían aumentando rápidamente y proporcionaban un desahogo nunca alcanzado antes por el erario. De 37 millones en 1886, subían a 58 millones y medio en 1890. La activa explotación y exportación del salitre en Tarapacá y Antofagasta comenzaba a entregar ya al Estado muchos de esos millones de pesos anualmente, con el impuesto aduanero que gravaba su salida al exterior. Y ese impuesto, unido a los demás derechos de aduana, en un comercio que crecía con inusitada rapidez -estimulado por la prosperidad de todas las fuentes productoras-, permitió al gobierno disponer de considerables recursos para destinarlos a obras y servicios de importancia social, cuya necesidad se venía haciendo sentir.

Se continuaron o iniciaron las grandes obras públicas que habían de dar brillo a aquel gobierno y quedar en seguida como testimonio de su espíritu laborioso y emprendedor. Enumerarlas solamente es tarea ya larga de por sí: más de mil kilómetros de ferrocarriles  numerosos y seguros puentes sobre los ríos del centro del país: extensos caminos carreteros reparados o trazados de nuevo: ser­vicios de líneas telegráficas e instalaciones de agua potable para muchas ciudades: multitud de edificios amplios y cómodos para intendencias, gobernaciones, cárceles, hospitales y escuelas,primarias; se construyeron los edificios para la Escuela de Medicina, Escuela Militar, Escuela Naval, Escuela Normal de Preceptores; canaliza­ción del río Mapocho en todo el sector de la ciudad de Santiago: construcción de muelles en diversos puertos y del gran dique Talcahuano, etc. Era un verdadero derroche de progreso material, y para atender a su realización hubo de crearse hasta un nuevo departamento de Estado. el :Ministerio de Obras Públicas (1887), que ya fue un sexto ministerio.

Política educacional

Por otra parte, la enseñanza pública merecía también preferente atención. Se reformaron los estudios superiores, especialmente los de medici­na. Se creó el Instituto Pedagógico (1889), destinado a la preparación del profesorado de educación secundaria. Se implantó en ésta un nuevo sistema llamado "concéntrico". Se fundaron nuevos liceos de hombres y los primeros liceos fiscales de niñas. Como complemento del Instituto Nacional, comenzó a edificarse el Internado Nacional, que debía tener cabida hasta para mil alumnos. Es el que hoy se denomina "Internado Nacional Barros Arana". La educación primaria fue reglamentada de nuevo, uniformada y exten­dida con la fundación de centenares de escuelas. En lo intelectual, así como en lo material, la administración Balmaceda se propuso, pues, realizar obras duraderas y de positivo valer para el país.

En el año 1889, bajo el patrocinio del arzobispo Casanova, se creó la Universidad Católica de Chile.

Tribunal de cuentas  

En un orden distinto de actividad gubernativa, en la administración financiera se introdujeron también reformas de importancia. Se modificó el sistema tributario, procurando hacerlo más equi­tativo para las diversas clases sociales, y justamente con la antigua "alcabala", se su­primieron otros impuestos de menos significación. Se creó, además, el Tribunal de Cuentas, como oficina fiscalizadora de la inversión de los caudales del Estado. Se canceló parte de la deuda pública, pero no se rescató el papel moneda.

El ejército y la marina recibieron a su vez mejoras de consideración, Las tropas renovaron totalmente su armamento, cambiándose por el más moderno de uso en Europa, y para aumentar la escuadra fueron mandados construir dos nuevos cruceros y dos torpederas, En fin, la colonización de las tierras del Sur y la inmigración fueron ampliamente protegidas por el Estado.

Descontento obrero

Por otra parte, el elemento obrero de las ciudades, medio consciente ya de su derecho a una mayor participación en la riqueza nacional y a un género de vida más libre y humano, comenzaba a organizarse en sociedades de resistencia y manifestar su descontento, provocando las primeras huelgas que se conocieron en Chile. Producían su agitación, entre otras causas, la baja del cambio internacional, que disminuyendo el valor del papel moneda le recortaba al artesano sus jornales a la vez que le encarecía el sustento: y la inmigración extranjera, cuyos individuos, entrando en competencia con los obreros del país, pedían el alza de los salarios.

Fueron esos movimientos los que dieron origen y razón de existir al Partido Demócrata, pequeña pero tumultuosa agrupación, constituida en 1887, que entró a actuar desde entonces en las luchas electorales y políticas bajo la inteligente y firme dirección de Malaquías Concha (1859-1921), abogado de mérito, que lo fundó y sostuvo muchos años, hasta hacerlo pesar como factor importante en el gobierno.

El conflicto constitucional

Durante el año 1890 el Presidente Balmaceda se vio envuelto en el más grave conflicto consti­tucional que hasta entonces se hubiera presentado en la república. La oposición había llegado a ser mayoría en el Congreso. Demarcados con toda precisión los campos políticos, del lado del gobierno estuvo solamente un estrecho núcleo liberal y del lado de la oposición una verdadera amalgama de partidos: liberales sueltos, nacionales, radicales y conservadores.

La tensión entre el Poder Ejecutivo y el Congreso llegó al extremo que la mayoría parlamentaria negó al Presidente la autorización para el cobro de las contribuciones. Balmaceda cedió y nombró un gabinete a satisfacción de la mayoría. La ley de contribuciones fue despachada. Pero luego vino lo más grave. El gabinete de conciliación hizo crisis y el Presidente los sustituyó por otro de minoría, que encabezaba Claudio Vicuña. El Congreso había clausurado ya sus sesiones; no podía, por consiguiente, censurarlo. Pero la ley de presupuestos para el año 1891 no se había discutido ni aprobado. Para este efecto, el Presidente debía convocar el Congreso a sesiones extraordinarias y no lo convocó. Llegó así el 1° de enero de 1891. El presidente lanzó un manifiesto al país y declaró que regiría para este año el mismo presupuesto del año anterior. El conflicto constitucional tocaba a su término. El Presidente concluía violando la Constitución y asumiendo una dictadura de hecho.

La revolución de 1891

Ante tal actitud, el Congreso respondió inmedia­tamente con la revolución. En la madrugada del 7 de enero de 1891, los buques de la escuadra nacional, surtos en la bahía de Valparaíso, levaron anclas con rumbo hacia el norte, en abierta insurrección contra el Jefe del Estado. Mandábalos el capitán de navío Jorge Montt, designado comandante de la escuadra por el vicepresidente del Senado, Waldo Silva, y por el presidente de la Cámara de Diputados, Ramón Barros Luco. Al mismo tiempo, se publicaba un acta, firmada por la mayoría de los miembros del Congreso, por la cual se deponía al Presidente Balmaceda por haber violado la Constitución.

La noticia de estos hechos circuló en todo el país con la rapidez y la fuerza del rayo. Se estaba en plena guerra civil. De la escuadra no quedaban a Balmaceda más que unos cuantos transportes. Pero el ejército le permanecía leal. Estaba decidido a sostener su gobierno sin contemplaciones.

Los revolucionarios fueron a constituir su centro de operaciones en Iquique. Una junta compuesta por Montt, Silva y Barros Luco dirigió esa rebe­lión. Posesionados de las provincias de Tacna, Tarapacá, Antofagasta y Atacama, después de varios combates organizaron un ejército, empleando las armas más modernas que lograron adquirir en Europa y los recursos que les procuraba princi­palmente la renta del salitre. Como las poblaciones de esas provincias se manifestaron en su casi totalidad adictas al Congreso, no hubo para qué ejecutar en ellas persecuciones encarnizadas, desde que las autoridades fueron depuestas y las guarniciones vencidas.

Balmaceda, a su vez, aumentaba su ejército con actividad prodigiosa. Sus agentes formaban levas de campesinos sustraídos por la fuerza al trabajo. Declaraba a todo el país en estado de sitio; disolvía el Congreso revolucionario; decretaba nuevas elecciones y constituía un nuevo Congreso; reunía una convención que designó candidato a la presidencia de la república a Claudio Vicuña -el cual alcanzó a ser elegido en junio sin competidor-; emitía papel moneda y hacia requisiciones de cosechas y animales en los fundos de los adversarios. Por otra parte, destituía a todos los funcionarios que le eran adversos, encarcelaba a cuantos hombres le parecían peligrosos, clausu­raba las imprentas opositoras y establecía un estricto control sobre todos los hogares conocidos.

Las operaciones militares fueron largas y sangrientas. Las operaciones navales lo fueron también. En éstas hubo que lamentar el hun­dimiento del acorazado Blanco Encalada, buque almirante de la escuadra congresista. Durante la revolución llegaron procedentes de Inglaterra las torpederas  Condell y Lynch,  mandadas construir anteriormente. Puestas al servicio de Balmaceda, acecharon al Blanco Encalada, surto en Caldera. Un torpedo de la Lynch lo echó a pique.

Más de siete meses duraba la revolución y no se divisaba su término. Surgían conspiraciones contra el gobierno y se levantaban montoneras. Las cárceles rebosaban de presos políticos. La indignación subió de punto cuando una partida de jóvenes de familias ricas fue sorprendida organi­zando una montonera en Lo Cañas, fundo próximo a Santiago, del caudillo conservador Carlos Walker Martínez. Las tropas, al sorprenderla le dieron una batida, de la cual resultaron muchos muertos. A los prisioneros se les ejecutó en el mismo campo.

Por fin, a mediados de agosto el ejército revolucionario, compuesto por cerca de 10.000 hombres, desembarcó en Quintero, un poco al norte de Valparaíso. Mandábalo el coronel Estanislao del Camto. Balmaceda disponía ya de 40.000 soldados pero sólo una cuarta parte de ese número pudo enviar al encuentro del enemigo. La batalla se libró en Coiicón, junto a la desemboca­dura del río Aconcagua. Ella fue una derrota para el ejército gubernamental. Los prisioneros tomaron las armas al lado de sus vencedores (21 de agosto de 1891). Siete días después una nueva batalla tenía lugar en Placilla, cerca de Valparaíso, que fue un nuevo triunfo de los revolucionarios, esta vez definitivo. Ambos hechos de armas costaban 8.000 pérdidas a los combatientes, contando sólo los muertos y los heridos graves. Entre los primeros quedaba el prestigioso jefe del ejército de Balmaceda, general Orozimbo Barboza.

Apenas pasado el mediodía del 28 de agosto, sabíase ya en Valparaíso y Santiago el resultado del combate de Placilla, librado en la mañana. Valparaíso se entregó a los emisarios de la revolución, pero fue víctima de un espantoso saqueo, ejecutado por las chusmas de los arrabales. La capital no corrió mejor suerte. Las casas de los hombres más conocidos como adictos a Balmaceda, lo mismo que muchos negocios particulares, fueron desmantelados en la mañana siguiente, a plena luz del día. Igual cosa ocurrió también en los pueblos de. los alrededores. Pero el saqueo en Santiago era algo inexcusable. Balma­ceda había abdicado el poder en la madrugada del día 29, en la persona del general Manuel Baquedano, neutral en la contienda, a cuyas órdenes se puso toda una división militar para el resguardo de la población. El general no intervino sino tardíamente en la represión de los desmanes.

Días más tarde, Jorge Montt y los demás miembros de la Junta de Gobierno llegaron a instalarse en la capital. La revolución de 1891 había concluido. Costaba a la nación 10 mil vidas y al erario público más de 100 millones de pesos; a los particulares, sacrificios y pérdidas enormes. En cambio, el país consagraba como régimen político el parlamentarismo, según el cual el Poder Ejecutivo quedaba sometido al Congreso. No podría asegurarse si este resultado era una compensación o un serio interrogante.

Muerte de Balmaceda

Entretanto, después de su abdicación, el Presidente Balmaceda había ido a asilarse en la Legación Argentina. Desde allí pudo presenciar la apoteosis de sus adversarios y las manifestaciones de ira y de venganza contra su persona y sus amigos. Nervioso y desasosegado, aguardó en su encierro el día en que debía terminar el período para que había sido electo presidente. Podía haber puesto entre él y sus vencedores la cordillera de los Andes; en la Argentina habría hallado asilo, como lo tenían ya muchos de sus partidarios; pero consideró indigna la fuga. Por un momento pensó entregarse a sus enemigos y esperar la hora de defenderse, pero temió no ser respetado por los que deberían juzgarlo. Entonces se formó una resolución suprema e irrevocable: el suicidio. Llegado el día 18 de septiembre de 1891, término legal de su período, escribió varias cartas a personas de su familia y de su más íntima amistad. Escribió también una especie de ma­nifiesto o testamento político, en que explicaba y trataba de justificar sus actos. Al otro día se levantó temprano, se vistió de riguroso negro y, tendido sobre su cama, tomó el revólver, aplicó el cañón a la sien derecha y se disparó un tiro que le quitó la vida instantáneamente.

Fuentes:

“Diccionario histórico de Chile”. Jordi Fuentes y Lía Cortés

“Historia de Chile”, Francisco Galdames y Osvaldo Silva

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