El cuento del burrito

(Carmen de Alonso)

Osito de felpa rubia
que el amor de ella prefiere,
osito de felpa rubia,
tu amita dormir no quiere.
Osito de felpa rubia,
tus ojos de cristal cierra.
Osito de felpa rubia,
¿quién sabe
si así ella duerme?

Bueno, mi señorita, ya que usted no desea dormirse, va la mamita, entonces, a contarle un cuento. ¿Quiere? ¿Sí? Lo malo es que ya no sé qué contarte...; pero a lo mejor, pensando, pensando, pillo la hebrita de uno. ¿Probemos? Ya está: Esteritas y esterillas, busca el cuento en las orillas; esteras y esterones, buscaló por los rincones; esteritas y esterazas, por los techos de las casas; estera, esterón y estera, camino del esteral.
Y estaba el Burrito vueltas para acá, vueltas para allá, revolcándose feliz en unos pastizales que eran una bendición de mullidos, de verdecitos.

Se daba vueltas, sin cuidarse para nada del suave trajecito gris que le había mudado esa mañana su mamita, y se reía con unas carcajadas muy fuertes porque el pasto se le metía por el cuello, por las orejas, le llegaba hasta la guatita, más alba que un copo, y le cosquilleaba sin descanso.

En esto, y sin haber para qué, lo mismito que brotando del suelo, apareció don Zorro, que es, como tú sabes, un pillo y medio, que no puede ver a nadie contento ni en paz, sin meter por ahí una intención torcida o alguna de sus picardías.

Estúvose unos momentos mirando al Burrito, mirando y pensando alguna de las suyas.

—¡Alóoo, amigo! —saludó después de un buen rato, sin aguantarse ya más el deseo de robarle su alegría al Burrito; pero éste, muy afanado en sus vueltas y revueltas, ni siquiera lo oyó.

—¡Alóooooooo, amigo! —repitió don Zorro, recargando esta vez mucho la voz—. Miro y no creo lo que estoy viendo: usted riéndose de ese modo...

Al fin lo oyó el Burrito y enderezó un poco su cabezota gris con una graciosa manchita blanca sobre la frente, y al ver a don Zorro, le respondió cumplidamente:

—¡Ah!, muy buenos días tenga usted, don Zorro... Jugaba un poco, aprovechando que hoy no habrá clases.

—Sí, es natural..., aunque en verdad "no es natural".

—¿Puede saberse por qué "no es natural", señor don Zorro? —averiguó el Burrito, sorprendido, mientras una arruga de seriedad le cruzaba la frente manchadita de blanco.

—"No es natural" y "no es natural" —recalcaba el muy pícaro del Zorro, sin adelantar más.

El Burrito, que era muy curiosillo, insistió e insistió:

—¿Pero por qué "no es natural", vamos a ver?

Entonces, mi niñita, don Zorro, que ya se tenía preparada una mentira muy gorda, bajó la cabeza, se hizo el muy afligido y le contestó:

—Por más que tú no pienses como yo: "no es natural" que te rías de ese modo cuando acaban de matar a tu padre.

¡Pobre Burrito! ¿Te das cuenta? No alcanzó ni a decir una palabra y comenzaron a rodarle y a rodarle unos lagrimones por su carita plomiza.

—Veo que no sabías nada; lo mató tu padrino, don León —continuó el malvado Zorro.

Entonces..., entonces el Burrito sintió que no podía ya más con su pena:

—Aaaaaaah..., ahá..., ahá..., ahá..., ahá..., ahá..., ahá... —y comenzó a llorar a gritos, con unos rebuznos que retumbaban por los cerros y que asustaron al mismo don Zorro.

Atraído por el bullicio, disimuladamente, se acercó don León, en el preciso momento en que don Zorro decía al desesperado Burrito:

—Ya te digo: lo mató a traición tu padrino, don León.

El aludido sacudió la melena, que es la seña segura de que estaba enojado, y siguió el camino hacia su casa, en una quebrada de la montaña, mientras se iba pensando cómo vengarse del mentiroso don Zorro.

A todo esto, mi chiquita, el pobre Burrito seguía lamentándose a gritos:

—Aaaaaaaaaaah..., ahá..., ahá..., ahá...

El llanto resonaba por los campos, se azotaba contra los cerros. Alarmados, llegaron primero al pastizal unas Liebres...; después detuvo su vuelo toda una señora Lechuza, muy amiga de andar averiguando lo ajeno...; en seguidita asomaron sus ojuelos saltones unos Sapos, y más allá, hasta unos Bueyes, que, como tú sabes, son enemigos de preocuparse de nada que no sea arar o comer, echaron sus pasos pesados hacia el lugar de tanto alboroto.

Don Zorro comprendió que la bromita se estaba poniendo fea, porque de seguir el Burrito lamentándose de ese modo, acabarían por llegar quizás si hasta algunos Perros, y entonces..., ¡ah, más valía ni pensarlo!

—No grites así, no grites así —dijo apurado don Zorro; pero el Burrito continuaba llorando a más no poder:

—Aaaaaaaaaaaaaah..., ahá..., ahá..., aháaa...

—Si no es cierto, si no es cierto; ¿no ves que fue una broma? —explicó, ya bastante asustado, don Zorro.

Entonces el Burrito, con su negra patita, se secó las lágrimas, levantó las orejitas y repuso, bajando en cada "bueno" la voz:

—Bueno..., bueno..., bueno...

Y todo volvió a su calma: regresaron a sus galerías bajo la tierra las Liebres, voló de regreso a su nido doña Lechuza, se perdieron en el pastizal los Sapitos, y los Bueyes, rumiando, rumiando, también recobraron su aire de indiferencia. Sólo don León no estaba para gracias ni perdones y preparaba un escarmiento para el mentiroso.

—Don Zorro ya ha tomado la costumbre de andar con sus bromitas...; ahora vamos a hacerle una nosotros —explicó a doña Leona, que jugueteaba con sus cachorros a la entrada de la madriguera—. Esta noche me haré el muerto, ¿qué te parece?, y entonces tú vas muy desconsolada a darle la noticia y a convidarlo al velorio.

Y dicho y hecho, niñita mía, así lo hicieron. Apenas oscureció, se echó doña Leona un trapo negro sobre la cabeza y fue muy compungida a llamar en la casa de don Zorro.

Paf..., paaaf..., paf..., golpeó con pesadez la pata delantera, vale decir, la mano de doña Leona, en la gran piedra que servía de frente a la casa del bromista de don Zorro.

—¿Alóoo? ¿Quién es? —preguntó desde adentro el dueño de casa.

—¡Ay, ay! Abra, mi señor don Zorro: soy yo, la pobre doña Leona...; ¡ay, ay, ay!, si usted supiera..., ¡ay, ay!, mi pobre marido..., ¡ay!, tan bueno que era...

Ante los gritos cortados de suspiros de doña Leona, don Zorro asomó prudentemente la cabeza.

—Bueno, pero ¿qué ha pasado? Seque usted esas lágrimas, señora, y cuente..., cuente usted.

—Ay, don Zorro..., ay, ay, ay, cómo no he de llorar, si mi pobre marido..., ay, ay, mi pobre marido...

—Pero, doña Leona, cálmese usted, y diga lo que ha pasado.

—Ha pasado..., ha pasado... que mi marido..., que mi marido... ha muerto...

—¿Ha muerto? —preguntó entre alarmado y receloso don Zorro.

Doña Leona, con muchísima habilidad, seguía suspira que te suspira y llora que te llora.

—¡Ha muertoooo!

Don Zorro, que, cómo buen pillo, es muy desconfiado, examinó de arriba abajo a doña Leona. No sabía por qué, pero sentía una duda, y una duda no muy chica:

—Por eso he venido... a buscarlo..., como usted era... su mejor amigo —continuó doña Leona, con una voz cortada por los sollozos.

"¡Su mejor amigo! —se dijo calladito don Zorro—. ¿Si se estará burlando de mí?".

En seguidita entró el muy pícaro en su casa y volvió trayendo su sombrero y su bastón.

—La acompaño, doña Leona.

Bajaron al pastizal, torcieron tras su cerco de piedras, siguieron por un bajo de maitenes (que son unos árboles muy graciosos con unas hojas pequeñitas y brillantes), entraron por la garganta de un cerro hasta llegar a la quebrada donde vivía doña Leona.

Y allí estaba, niñita mía, don León estiradito y quietecito, con la majestuosa melena caída hacia un costado. La puritita verdad que cualquiera se hubiese engañado, creyendo que estaba muerto; "cualquiera", sí, pero don Zorro no, que se sentía desasosegado y no se fiaba ni poco ni mucho de alma viviente.

—Ya ve usted, don Zorro, ya ve, ay..., ay..., ay... —y doña Leona recomenzó sus lamentos con más bríos que antes.

Sin embargo, pese a los lagrimones de doña Leona, don Zorro tenía no sé qué ni por qué unos deseos locos de huir y no de quedarse. Además..., un cierto ruidecillo se le hacía sospechoso. ¿No le estarían haciendo una mala jugada sus amigos? Si hasta parecía que por allí cerca había Perros...

—Mi señora doña Leona —dijo el muy pillo—, harto lamentable es lo ocurrido; pero para mí que su marido no está muerto...; ¿tal vez un ataque?

—Ayayaicito..., ojalá fuera ataque...; pobre mi marido..., pobrecito...

—Cálmese usted, señora, que así no adelanta nada. Como le digo, para mí que don León no está muerto. Yo he visto no le diré diez, sino cien Leones muertos, pero...

Y don Zorro se atusó los bigotes, carraspeó un poco, mientras de antemano saboreaba ya una nueva mentira.

—Como le decía, cien Leones he visto muertos, pero ninguno, ninguno se estuvo así tan quieto, tan tieso, "sin mover las orejas", mi señora doña Leona, porque ésa si que es la seña segura, la única segura.

Don León escuchaba muy atentamente las astutas reflexiones del Zorro, y cuando oyó la historia de "mover las orejas", se quedó un tanto perplejo: "¿Será cierto que los Leones muertos deben mover las orejas?", y en esto de pensar y repensar casi involuntariamente, por un malísimo descuido, movió las orejas, y entonces, tú te imaginas, ¿verdad?, esto que don Zorro vio y arrancó "patitas para qué te quiero", y esto que lo vieron arrancar, saltaron detrasito de él, a todo escape, uno, dos, tres, cuatro, cinco Perrazos que don León había contratado para dar escarmiento a don Zorro.

Saltaban quebradas, pasaban como flechas por unos desfiladeros angostitos, no más anchos que tres cuartas medidas con tus manitas, desaparecían tras los matorrales, volvían a aparecer por allá lejos, don Zorro adelante y los cinco Perros que ya..., que ya lo alcanzaban.

De repente, ¡zas!, uno de los Perros le clavó los dientes en una pata. Don Zorro sintió fuerte el dolor, pero así y todo siguió corriendo, corriendo.

Por suerte para él, iba faltando poco: ya se divisaba la roca donde tenía su madriguera, y corrió..., corrió..., y los Perros, uno, dos, tres, cuatro, cinco, corrieron..., corrieron también, cuando en una de las vueltas del camino don Zorro se les hizo humo. Olfatearon por aquí, olfatearon por allá, y ¡nada!, señorita, ¡naaada!

A todo esto, don Zorro, que había perdido sombrero, chaqueta y bastón en la huida, se limpiaba la frente sudoroso y trataba de aliviar la pata herida.

Toctoc, toctoc, toctoc..., le hacía el corazón, sacudido por el miedo.

"Bien no me fiaba yo del llanto de doña Leona... —suspiró don Zorro, con rabia y despecho—; pero, ay, ay, ayayaicito, ya me las pagarán"...

¿Y los Perros?, preguntas tú. Pues, los Perros se cansaron de buscar la guarida de don Zorro y, fastidiados, se alejaron, se alejaron, y enredado en las patitas hasta el cuento se llevaron...

 

Osito de felpa rubia
a su pecho apegadito,
osito de felpa rubia,
los ojos de cristal no abras.
Osito de felpa rubia,
cht..., quédate así quietito,
osito de felpa rubia,
que tu amita se ha dormido...