La comunidad internacional y los esfuerzos por la paz

 

Octavo básico: Unidad 2:

Procesos políticos que marcaron el siglo XX. Temas políticos del siglo XX:

Nuevos movimientos para una nueva sociedad. Una nueva forma de pensar y actuar.

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La nueva sociedad surgida a partir del término de la Primera Guerra Mundial, cuyas primeras manifestaciones empezaron a desarrollarse durante el último tercio del siglo XX, encontró su cauce en las respuestas sociales, con la aparición y emergencia de lo que han dado en llamarse nuevos movimientos sociales.

En contraposición a los movimientos sociales de la civilización industrial anterior los nuevos movimientos sociales de la sociedad de la información, la del siglo XX,  se nutren de activistas y simpatizantes de todos los sectores de la estructura de las sociedades industrialmente avanzadas.

Sus discursos, mensajes y demandas van dirigidos al conjunto de la sociedad y no a ningún grupo en particular en función de la posición que ocupa social y económicamente. Se caracterizan por el carácter global de sus reivindicaciones y, a la vez, por el carácter particular de los objetivos y propuestas.

Actúan más en la dirección de provocar cambios globales en la escala de valores que de provocar alteraciones en las bases funcionales del sistema político.

Los movimientos ecologistas y por la paz reclutan efectivos y simpatías de un arco difuso de la estructura social. El movimiento feminista obtiene apoyos sobre la base de la desigualdad de las mujeres como género, obteniendo apoyo de las mujeres independientemente de su posición en la estructura social.

El espacio del conflicto se desplaza desde el centro de trabajo -la fábrica- a los medios de comunicación y el papel de la calle se transforma radicalmente, de la conquista del espacio público simbolizado por la ocupación de la calle por las masas se ha pasado a la vitrina de la protesta social.

La calle se ha convertido en el escenario donde representar la protesta para que sea acogida por los mass-media.

Del asalto al palacio de invierno se ha pasado a la construcción de grandes decorados para escenificar en ellos la protesta social para su proyección audiovisual por las grandes cadenas de televisión: Seattle y Génova frente a la toma de la Bastilla y el asalto al Palacio de Invierno de Petrogrado.

Los universitarios franceses así lo comprendieron en las calles del barrio latino durante mayo del 68.

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Virginia Woolf

Madre del movimiento feminista moderno, Virginia Woolf dio al mundo obras como La señora Dalloway (1925), Al faro (1927) y Las olas (1931), que dejaron huella en una generación que cambió significativamente el rumbo de la literatura inglesa.

Esta transformación de la protesta social está estrechamente vinculada al carácter global de las reivindicaciones. Los ejemplos más emblemáticos de esta nueva dimensión global están representados por los problemas ecológicos, que no entienden de fronteras como se puso de manifiesto en el accidente de Chernobil, o en el ámbito de los valores socioculturales, que recorren todo el espectro de la representación desde la esfera personal a la global.

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Chernobil.

Los nuevos movimientos sociales representan una crítica ilustrada y universalista de la modernidad, tal como se ha configurado en la civilización occidental durante los siglos XIX y XX, articulada en torno a la ideología del Progreso, asociada a los procesos de racionalización técnica, económica, política y cultural.

Una nueva forma de entender la solidaridad internacional

En este contexto de profundos cambios acaecidos tras la caída del muro de Berlín, un nuevo movimiento de solidaridad internacional surgió con fuerza, el movimiento de las ONGs.

En los años cincuenta y sesenta la solidaridad con los países del Tercer Mundo se articuló a través de la movilización política de la izquierda.

Era el momento en el que las antiguas colonias estaban accediendo a la independencia política.

Sucesos como la guerra de Argelia, la revolución cubana o la guerra del Vietnam generaron importantes movilizaciones y unos estados de opinión en favor de lo que se denominó el tercermundismo.

En los decenios de los años setenta y ochenta esta solidaridad política fue erosionándose. En primer lugar, porque el mensaje fundamentalmente antinorteamericano que los caracterizaba se demostraba fuertemente unilateral. La Unión Soviética demostraba comportamientos similares en sus zonas de influencia; el aplastamiento de la primavera de Praga en 1968 marcó un punto de no retorno.

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Fue especialmente significativa la guerra de Afganistán o el caso de Etiopía. La República Popular China no fue una excepción.

En segundo lugar, los movimientos revolucionarios que tomaron el poder en este periodo defraudaron las expectativas de emancipación y liberación que proclamaban. Se instalaron regímenes autoritarios o que reproducían el modelo económico y político de los desacreditados países del socialismo real.

Ver: Socialismo real: mapa conceptual

La crisis de la solidaridad política no significó el fin de los movimientos de solidaridad. Ocuparon su lugar de forma progresiva las Organizaciones No Gubernamentales (ONG). Coincidiendo con el fin de la guerra fría y el desmoronamiento de los regímenes de socialismo real, surgió una nueva conciencia de la globalidad de los problemas de la humanidad.

A la par se demostró el fracaso de las políticas de desarrollo impulsadas por los países occidentales en el Tercer Mundo. El hambre, la pobreza, las epidemias, el analfabetismo, la desigualdad de la mujer lejos de solucionarse se vieron agravados por la explosión demográfica.

En amplios sectores de la opinión pública de los países desarrollados resultaba insoportable aceptar que el 20 por ciento de la población mundial disfrutara de más del 80 por ciento de la renta mundial. Frente al egoísmo de las sociedades del despilfarro emergió una nueva conciencia solidaria: el movimiento de las ONG.

Las primeras Organizaciones No Gubernamentales que introdujeron los nuevos presupuestos surgieron en el decenio de los años sesenta dentro del siglo XX.

En primer lugar, Amnistía Internacional nació en 1961 en Londres como una organización dedicada a la defensa de los Derechos Humanos.

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En 1969 se constituyó la organización ecologista Amigos de la Tierra y en 1971 se fundó Greenpeace, una organización que comprendió desde su origen la nueva realidad de la emergente sociedad mediática, organizando sus acciones desde la premisa de la espectacularidad con el fin de atraer la atención de los mass media y desde allí proyectar su influencia a la opinión pública internacional, hasta constituirse en una auténtica transnacional verde.

En 1971 se creó la ONG Médicos sin Fronteras en Francia, una organización dedicada a la ayuda humanitaria, que además de actuar en las zonas de emergencia se convirtió en una poderosa organización de denuncia de las responsabilidades de los Gobiernos y de la comunidad internacional en la gestación de las grandes catástrofes del último tercio del siglo XX o por su pasividad ante las mismas, siendo una de las principales impulsoras de la introducción del concepto de injerencia humanitaria en el sistema internacional a finales del siglo XX.

En 1976 se creó en Canadá la otra gran ONG dedicada al tema de los Derechos Humanos, junto con Amnistía Internacional, Human Rights Watch, que ha hecho un uso intensivo de las posibilidades abiertas por Internet.

Derecho de injerencia humanitaria que en la segunda mitad de los años noventa encontró su traducción en las exigencias del establecimiento de un tribunal de justicia internacional.

Un cambio que encontró su reflejo en el acuerdo de julio de 1998 en Roma de impulsar la creación de un Tribunal Penal Internacional, encargado de velar por el respeto de la Declaración Universal de los Derechos Humanos y perseguir los crímenes contra la humanidad, al finalizar el año 2000, 139 Estados lo habían suscrito.

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En marzo de 2003 finalmente se constituyó en La Haya la Corte Penal Internacional, con la toma de posesión de los 18 jueces del Tribunal.

El comienzo de siglo

El nacimiento del siglo XXI coincidió con el cuestionado triunfo en las presidenciales de los Estados Unidos de George W. Bush en noviembre de 2000. Sus primeros meses, marcados por los dudosos resultados electorales, fueron titubeantes y todo parecía anunciar una presidencia débil en la que el programa político y económico republicano encontraría serias dificultades para imponerse. Sin embargo, los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001 todo lo cambiaron.

Bush hijo encontró un sentido a su presidencia y el sector ultraconservador que se había hecho con el control del Pentágono, a través de las figuras del vicepresidente Dick Cheney y del Secretario de Defensa Donald Rumsfeld, vio en el 11 de septiembre la oportunidad de oro para llevar a la práctica su concepción estratégica de los Estados Unidos y su papel en el nuevo mundo surgido tras el derrumbe de la Unión Soviética, que habían venido teorizando en distintos Institutos y Fundaciones desde el inicio del decenio de los noventa.

En septiembre del 2002 Bush presenta al Congreso de los Estados Unidos la nueva Estrategia de Seguridad Nacional de los EE. UU., la cual establecía el nuevo papel de ese país como hiperpotencia en un nuevo mundo marcado por la emergencia de un nuevo enemigo global, el terrorismo islamista de Al Qaeda.

Las posiciones unilateralistas de la Administración Bush se habían dejado sentir antes de los atentados del 11 de septiembre, con la retirada de la firma del Tratado para la creación del Tribunal Penal Internacional, realizado por Clinton durante los últimos días de su mandato, y el rechazo por parte de los EE. UU. del Protocolo de Kioto para reducir las emisiones causantes del calentamiento del planeta fueron dos de sus manifestaciones más expresivas.

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11 de septiembre de 2001.

La conmoción provocada por los atentados del 11 de septiembre de 2001 en la sociedad norteamericana despejaron el camino a los sectores más ultraconservadores presentes en la Administración Bush, la coalición internacional forjada tras los mismos para hacer frente a la amenaza del terrorismo global, materializada en el apoyo a la intervención en Afganistán para acabar con el régimen talibán y su apoyo a Al Qaeda, encubrió los cambios que en el diseño estratégico de los EE. UU. se estaban produciendo, éstos comenzaron a quedar explícitos en el discurso de enero de 2002 sobre el estado de la Unión donde el presidente Bush presentó ante las dos Cámaras de representantes su doctrina sobre el eje del mal, situando en el punto de mira a Irak, Irán y Corea del Norte.

Los planes de una guerra con Irak, que desde el fin de la guerra del Golfo de 1991 habían sido defendidos por sectores de la ultraderecha republicana, cobraron carta de naturaleza, y la obra inacabada de Bush padre se situó en el primer asunto de la agenda del Pentágono.

La aprobación de la Estrategia de Seguridad Nacional en septiembre de 2002 no hizo sino ratificar el viraje unilateralista de la política exterior norteamericana, con la acuñación de la guerra preventiva como clave de bóveda de la nueva concepción estratégica de los Estados Unidos.

Irak sería la primera materialización de la misma, independientemente de la opinión de la comunidad internacional representada por la ONU.

La evolución de los acontecimientos posteriores así lo pondría de manifiesto. La vuelta de los inspectores de Naciones Unidas tras la aprobación de la resolución 1441 el 8 de noviembre de 2002 y los progresos de éstos en el desarme de Irak no fueron suficientes para impedir el desencadenamiento del ataque militar al margen de la legalidad internacional representada por el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, el 20 de marzo de 2003, con el exclusivo apoyo de los Gobiernos de Gran Bretaña, España y Bulgaria presentes en el Consejo de Seguridad.

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Marzo 2003, inicio de la guerra con Irak.

La guerra de Irak decidida de antemano por los EE. UU. provocó serias fisuras en la ONU, la OTAN y en la UE. La política unilateralista de la hiperpotencia norteamericana se hacia así explícita.

El movimiento antiglobalización

Las respuestas de resistencia frente a la denominada globalización surgidas en el decenio de los noventa del siglo XX se articularon sobre los nuevos presupuestos de la protesta social en la sociedad de la información.

Los boicots de la Cumbre de la Organización Mundial del Comercio (OMC) de Seattle (EE.UU.) en noviembre de 1999 y de las reuniones del Fondo Monetario Internacional (FMI) y Banco Mundial de Praga en noviembre de 2000, aglutinaron a una amplia y heterogénea coalición de ONGs, movimientos sociales y sindicales en contra de los efectos perversos de la globalización.

Fueron la carta de presentación pública del mal llamado movimiento antiglobalización. Su pluralidad, diversidad y flexibilidad organizativa, siguiendo los parámetros del movimiento pacifista de los años ochenta, representado por la Campaña por el Desarme Nuclear, e incorporando intensivamente las nuevas oportunidades ofrecidas por la nueva sociedad de la información, particularmente el uso de Internet, como canal de comunicación y organización de las protestas y de difusión de los más diversos contenidos reivindicativos y programáticos, lejos de ser una muestra de su debilidad fue una expresión de su potencialidad reivindicativa y movilizadora.

Su heterogénea complejidad contribuyó en corto tiempo a cristalizar una nueva conciencia global a favor de una globalización social alternativa a la defendida por las grandes corporaciones, las grandes instituciones financieras y los Gobiernos de las grandes potencias, bajo el efectivo eslogan de otro mundo es posible.

Encontró en la ciudad brasileña de Porto Alegre, gobernada por el Partido de los Trabajadores brasileño, bajo la fórmula de la democracia participativa, un punto de referencia global, que se saldó con la constitución del Foro Social Mundial –FSM-, conocido popularmente como Foro de Porto Alegre, reunido por primera vez entre el 25 y 30 de enero de 2001, con el objetivo declarado de oponerse a la globalización patrocinada por el Foro Económico Mundial de Davos, fundado en 1971 bajo los parámetros del pensamiento neoliberal.

Las manifestaciones contra la III Cumbre de las Américas celebrada en Québec en abril de 2001, contra la cumbre europea organizada por el Foro de Davos en Salzburgo –Austria- y contra la Cumbre de la UE en Gotemburgo y contra la Cumbre del G-8 en Génova en julio de 2001, donde los incidentes protagonizados por los sectores más extremistas del movimiento antiglobalización acabaron en Génova con la muerte del joven italiano Carlo Giuliani a manos de la policía italiana, no lograron desvirtuar ni hacer desaparecer el nuevo movimiento social global que había tomado carta de naturaleza en las protestas de Seattle de noviembre de 1999, a pesar de los intentos de criminalización llevados a su paroxismo por el Gobierno italiano de Berlusconi.

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Las protestas de Génova condujeron a seria reflexión y llamada de atención por parte de la inmensa mayoría de las organizaciones componentes del movimiento antiglobalización contra el uso de la violencia para expresar el rechazo a las políticas económicas y sociales representadas por las grandes corporaciones e instituciones internacionales de la globalización neoliberal.

La abortada Cumbre de Barcelona del Banco Mundial ante las movilizaciones anunciadas por el Foro Social de Barcelona reflejó con sus movilizaciones masivas y el carácter pacífico de las mismas su permanencia y potencialidad. La reunión del Foro Social en Florencia en noviembre de 2002 así lo confirmó, miles de personas participaron en sus debates y cientos de miles participaron en las manifestaciones convocadas. Un nuevo actor social global había irrumpido con fuerza en el escenario de la sociedad global.

Los atentados del 11 de septiembre de 2001 introdujeron, por el impacto global que tuvieron y la reacción del Gobierno norteamericano, algunas dudas en los medios de comunicación internacionales sobre la continuidad y capacidad de influencia del movimiento por otra globalización.

La política unilateralista la Administración Bush materializada en la decisión de atacar Irak al margen de la opinión de la ONU dio lugar a la convocatoria por el Foro Social Mundial de una jornada global contra la guerra, que recorrió las calles del planeta el 15 de febrero de 2003, en la que millones de personas mostraron su rechazo a una guerra que consideraban injustificada para hacer frente a la debilitada dictadura de Sadam Husein.

Las movilizaciones fueron de tal envergadura, sobre todo en Europa y en Australia, con particular incidencia en los países que impulsaban o apoyaban la estrategia bélica de los EE.UU. –Gran Bretaña, España, Australia e Italia- que el New York Times escribió que con ellas había nacido una nueva superpotencia mundial frente a la hiperpotencia estadounidense, la opinión pública mundial.

Fuente Internet:

http://www.ucm.es/info/hcontemp/leoc/globalizacion.htm

 

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