Pedro Lira

Nació en 1845. Desde temprano demostró un interés inusual para la pintura, el dibujo y todo lo que se relacionase con la historia del arte.

Siguió sus estudios de humanidades en el Instituto Nacional. En 1862 inicia su enseñanza artística en la Academia de Pintura dirigida por Alejandro Cicarelli, bajo la formación de Antonio Smith se dedicará a la copia de obras clásicas y más tarde se enfrentará directamente con la naturaleza, paralelamente estudió leyes en la universidad, donde se recibió de abogado en 1867, profesión que abandona para dedicarse por entero al arte.

"La gitana", Pedro Lira.

En un principio, su pintura se acomodó a los postulados académicos: dibujo certero y estudio sistemático del pasado grecolatino por medio de bocetos copiados de láminas.

En el año 1872 obtuvo, en la inauguración del Mercado Central, tres medallas en pintura, y varios años después alcanzó consagración internacional en la exposición universal de París en 1889: en este certamen obtuvo dos medallas con su imponente lienzo Lo fundación de Santiago.

Deseando ampliar sus conocimientos y convencido de su vocación artística viaja, en 1873, a Europa estableciéndose en París.

En 1884 regresa a Chile, funda aquí junto al escultor José Miguel Blanco la "Unión Artística", organiza exposiciones y salones permanentes como reconocimiento público a la existencia de una escuela chilena de pintura.

En 1886 se crea, también por su iniciativa, el Museo de Bellas Artes en la Quinta Normal, cuyo propósito era la enseñanza artística y la realización de exposiciones anuales. En Chile, Lira se transforma en una autoridad indiscutida en cuanto a la reflexión y a la crítica, escribiendo numerosos artículos publicados en diarios y revistas.

La producción pictórica de Lira entre los años 1864 y 1873 es rigurosamente académica. Hay que considerar que las ataduras que imponía la Academia obligaban a los artistas a adoptar frente al arte una posición estática, rígida, apegada a las reglas y a las normas. Pero esta primera etapa bajo el mandato de la Academia produjo en Lira un sofocamiento, represión que lentamente dejaría de advertirse en su obra y que coincidiría con su visita a Europa.

En su viaje al Viejo Mundo su pintura empezó a sufrir importantes transformaciones. Allí se sintió conmovido por el arte oficial y de salón. En París, la pintura académica su suelo originario―  ejerció sobre Lira una influencia que prácticamente se percibirá en toda su producción pictórica posterior. Habría que dejar en constancia, en este punto, el hecho de que Lira no sintió ninguna atracción por la pintura impresionista. Es posible que se sintiese más cómodo con la tradición o que su visión del devenir pictórico internacional fuese limitada.

En Europa, Lira pudo apreciar las obras de Delacroix y Géricault, los grandes románticos de la pintura francesa. Aunque intenta emularlos, le resulta imposible alcanzar el grado de emotividad necesaria. La vinculación que consigue sólo es por medio del arte académico, no integrando la sensualidad del color ni el movimiento.

La producción de Lira en Europa se resume en una serie de cuadros en los que lo más notable es su preferencia por el tema o la anécdota. Se pueden destacar telas históricas, como Felipe II y el inquisidor (1880); mitológicas, como Prometeo encadenado (1883); bíblicas, como Caín (1882); anecdóticas e ilustrativas, como Después de la serenata ( 1875) y La mala nueva.

A su regreso a Chile, su pintura vuelve a sufrir cambios y mutaciones: su pintura se aligera, reflejando las influencias recibidas, las que van desde el realismo al romanticismo, del motivo histórico al paisaje y al retrato.

“La carta”, cuadro romántico
de Pedro Lira

En este periodo los dibujos de Lira son notablemente certeros. Su pasión en cuanto a la elección del mundo lo lleva a ocuparse, por igual, tanto de damas de la alta sociedad como de la simple mujer del pueblo y del campo. Ellas son retratadas por Lira con una fineza digna de mención. En su interminable producción de retratos de la mujer chilena destacan La carta, La primavera, Damas de los alfileres, Lelas, Sortilege, Pintando en el jardín y Junto a la baranda.

También en el retrato Pedro Lira es un eximio artista. Bastaría con mencionar el magnífico retrato de su discípulo, Pablo Burchard. En esta obra, el género alcanza su máxima altura, ya que tanto la forma como el tema están sintonizados a la perfección. El dibujo es fuerte, decidido, certero; la expresión del rostro tiene un carácter sicológico pronunciado, y la composición es equilibrada.

A su regreso de Europa, en 1900, la pintura de Lira alcanzó una importante producción. Se suceden uno tras otro una cantidad apreciable de cuadros que sintetizan todo su aprendizaje,  en  los  que  se entrecruzan el academicismo ― dibujo perfecto, proporcionado―, el realismo ― color local, escena de la vida diaria―, el cuadro histórico y el mitológico. En las obras de este periodo, Pedro Lira logró integrar, incluso en una misma tela, el romanticismo y el realismo, movimientos históricamente en pugna.

Dentro de esta etapa se destacan cuadros históricos, como Los últimos movimientos de Cristóbal Colón (1884): motivos románticos en La carta o en La dama de la sombrilla; escena realista en El niño enfermo (1902).

Al final de su vida su obra presentaba una mayor espontaneidad. En este periodo, los valores plásticos superaban en importancia al tema y al contenido. Aunque el privilegio por lo plástico en Lira no alcance la autonomía necesaria, se perciben ahora una mayor soltura y sutileza. Este gusto por la forma pura es patente en el tratamiento de los planos que sirven de fondo. La época que se alude corresponde a los años 1906 al 1912 y se encuentra caracterizada por la pintura de paisaje. Ahora, el fondo de las composiciones es tratado con formas puras, sueltas, colores más centrados en el efecto que la luz produce en los objetos. Esta preocupación plástica, sin embargo, contrasta con el extremo cuidado que ponía al dedicarse a las figuras centrales.

Según Romera, en la obra de Lira se pueden encontrar cuatro grandes estilos: "romanticismo medieval -llamado también nazareno-, romanticismo naturalista, realismo y cromatismo al aire libre". Y añade: "Las cuatro corrientes estilísticas no muestran un desarrollo cronológico. Tampoco se hallan separadas por fronteras precisas y bien delimitadas".

Pero la obra de Lira no sólo se distingue por su producción pictórica. Asimismo, Lira fue un hombre público y un reconocido intelectual.

Como intelectual se destacó por su profundo conocimiento de historia, estética y filosofía. Tradujo la Filosofía del arte, de Taire, y su pasión por la teoría y la historia del arte lo llevó a adentrarse en numerosos textos técnicos y anecdóticos, como La vida de los pintores, escritores y arquitectos, de Vasari. Se destacó también en la docencia. En el año 1892 fue nombrado director de la Escuela de Bellas Artes, cargo que ocupó hasta 1907.

Pedro Lira falleció el 20 de abril de 1912.

Ver, de Pedro Lira:

"La gitana"

"El niño enfermo"

"En el balcón"

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