Desierto de Atacama

 

Visto desde el espacio, nuestro planeta es una hermosa esfera de un radiante color azulado, tono debido a su característica acuosa.

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Desierto más seco del mundo
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Sin embargo, en nuestra Tierra hay un lugar donde prácticamente no llueve jamás, donde los rayos del sol caen implacables sobre el suelo desnudo, donde la vida parece no haber existido. Este lugar, el más seco del planeta, también esconde los más fascinantes secretos de la naturaleza.

Es el norte de Chile y allí se extiende el desierto más árido del mundo.

Miles de kilómetros cuadrados de suelos inertes, encerrados entre la Cordillera de los Andes y las aguas del océano Pacífico, desde Arica hasta más allá de Calama (XV, I, II y III regiones), dan forma al Desierto de Atacama. Allí  la falta de lluvias es casi absoluta, registrándose precipitaciones ocasionales cada diez o más años, las que no sobrepasan unos pocos milímetros.

Esta aridez del clima es causada juntamente por la fría corriente de Humbolt, que corre paralela a la costa sudamericana, y por los vientos constantes que soplan desde el mar hacia la tierra.

Sobre el agua, el aire es frío y húmedo, pero cuando sopla sobre el suelo caliente, la humedad se evapora casi por completo, esfumándose en la atmósfera antes de que se alcance a formar nubes de lluvia.

A lo anterior debemos agregar la barrera natural que constituye la Cordillera de los Andes, la que por su elevación no deja pasar hacia  el oeste los vientos húmedos provenientes del trópico.

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Pero el desierto de Atacama no ha sido siempre igual; hace más de cien millones de años, gran parte de estas tierras estaban bajo el mar y sobre ellas vivían cientos de especies marinas, desde peces hasta moluscos.

(Ver: Vida marina en el Desierto de Atacama).

Desde el océano hacia el Oriente, la tierra es más baja, formando un valle amplio entre montañas. La Cordillera de los Andes por el este y la Cordillera de la Costa por el oeste.

Desde Arica hacia el sur la ancha faja recibe diversas alteraciones. La planicie desértica llega a 1.400 metros de nivel en el extremo norte descendiendo a medida que avanza meridionalmente; aparecen profundos tajos entre pampas, en cuyo fondo corren hilillos de agua, los ríos del desierto, interrumpiendo las planas sucesiones de diversos materiales de acarreo.

Pampa de Chaca inmediatamente al sur de Arica, donde están los ríos-oasis de Lluta y Azapa; pampas de Camarones, Chiza y Tana y luego aquella inmensa, de trescientos kilómetros de largo y sesenta de ancho hasta el río Loa, la Pampa del Tamarugal. Al sur del caprichoso río que lucha victorioso por no ser engullido por el desierto, el "Despoblado" de Atacama se interrumpe por cerros aislados o cordones de roca fundamental, alargándose hasta Copiapó.

Al interior de Taltal se desprenden cuencas montañosas que salen de la cordillera de Domeyko y terminan a la altura de Chañaral en la depresión de Pueblo Hundido.  Es entonces cuando aparecen cordones transversales de cerros altísimos que llegan hasta el mar provenientes de la Cordillera andina conformando algunos valles con ríos importantes como los de Copiapó, Huasco, Elqui, Limarí y, por último, Choapa.

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A estas alturas el desierto inmenso ha llegado a esfumarse aun cuando no del todo,  pues su límite meridional casi toca al valle de Aconcagua. Son entonces, a lo largo, casi 1.600 kilómetros de arideces.

Gran parte de la región costera, donde el gran desierto del Norte se allega al mar, la inmensa planicie suavemente inclinada hacia donde baja el sol, limita, poco antes de llegar a las aguas, con el despeñadero de un interminable acantilado. 

Los cerros de la Cordillera de la Costa se levantan a veces abruptamente después de la planicie.

La larga costa no llega a ser modificada en la sequedad de la tierra por los cactus escasos que suben perfilándose hasta las cumbres de los cerros costinos, tampoco por las innumerables quebradas de áridos cauces.

Flora y fauna típicas del desierto de Atacama

Al norte de Iquique el murallón de cerros se precipita vertiginoso al agua casi desde los mil metros de altura.  Al sur de Taltal y más al sur de Caldera, la vegetación de cactus se multiplica; es que ya la aridez se ha alejado de la sequedad casi absoluta del Despoblado de Atacama.

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Las aguadas son pequeños cursos emergentes rodeados de reducidas manchas de verde. A veces no escurre el agua, sólo aflora. Son la bendición del desierto. Cuando crecen, las fuentes parecen vergeles del paraíso, como Pica, Matilla o Esmeralda; allí cantan las aves, anidan las tórtolas, se persiguen los picaflores.

Los ríos del desierto son también apacibles remansos en la aridez donde la vista descansa con el milagro verde del riego, ya sea la oscura alfalfa o las grises gramíneas de la sal. A los remansos llegan a beber no solo los animales domésticos sino hasta ariscos guanacos, zorros, búhos, mariposas y avispas.

Debido al clima y a la altura en que se encuentra el Desierto de Atacama, se puede encontrar una singular flora y fauna típica del lugar que habita en salares y bofedales a gran altura, esta atracción también promueve la presencia de turistas en la zona, especialmente la Reserva Nacional Los Flamencos, dividida en siete sectores.

Por su extensión se pueden observar en su flora: llareta, paja brava, cachiyuyo, etc. En su fauna destacan los flamencos, la vicuña, zorro culpeo, vizcacha, entre otros. (Ver: Flora y fauna del norte)

Lugares recomendados para observar flora y fauna son:

Laguna Chaxa: En este sector de la Reserva Nacional se puede observar cuatro tipos de Parinas o Flamencos.

Laguna Meñiques: En este sector la Tagua Cornuda nidifica todos los años.

Puriguatin: Se puede observar un antiguo bosque de cactus.

Quebarada de Guatín: En esta hermosa quebrada podemos encontrar un bosque de Cactus.

Desierto dentro del Desierto

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Hasta el río Loa se aproxima por el norte la Pampa del Tamarugal.  Desde esta solitaria U, cuyo dibujo tiene un ancho de cien kilómetros, extiende hacia el sur sus planicies rojizas, lilas o amarillentas el legendario Desierto de Atacama de unos 600 kilómetros de largo, entre la Cordillera de Domeyko, al oriente, y los cerros que bajan  hasta las rompientes del Océano Pacífico por el flanco occidental.

Esta es precisamente la parte más árida del planeta, tanto que hay sectores donde pareciera que jamás ha caído una gota de lluvia o llegado el toque de la neblina.

El suelo a veces es tan duro y compacto que por trechos se diría de piedra, sin siquiera polvo superficial; otras áreas están cubiertas de pedruscos de duras aristas haciendo más dificultoso aún el tránsito de vehículos o la caminata a pie, en burro o a caballo.

En partes como éstas los colonizadores acompañantes de Diego de Almagro y Pedro de Valdivia forraron las extremidades de mulas y perros con fundas de cuero o metal.

Otras superficies, por largas distancias muestran costras salinas y filosas como cristales o arenas blandas que recuerdan las orillas del mar.

El viento helado de las noches se convierte durante los días calurosos, sobre los 35º C, en torbellinos que a la distancia muestran arremolinadas columnas de finísimo polvo.

A veces el espectáculo es notable cuando aquí y allá, en la lejanía, se distinguen quince o veinte columnas que avanzan por los valles mientras en un baile giratorio interminable, ascienden hasta deshacerse en el cielo.

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Geográficamente ésta es la llamada depresión intermedia y se considera el desierto más árido del mundo.  Casi todos los años sobrepasan de trescientos los días completamente despejados.

Al oriente de la Cordillera de Domeyko caen algunos milímetros de agua durante el año, cantidades que aumentan a medida que se asciende sobre los 4.000 metros; allí en la noche, las temperaturas son varios grados bajo cero.

Tan extenso territorio, cuya parte chilena llegaría desde Italia a Inglaterra, posee diversidad de climas determinados ya por la altura desde el nivel del mar hasta cerca de los 7.000 metros, ya por la latitud tan vasta pues comprende trece grados. Los paisajes vegetacionales, los ecosistemas, las especies zoológicas son, entonces, múltiples, variados e interesantísimos.

El clima desértico costero, desde Arica a Coquimbo tiene precipitaciones bajo los 30 mm. anuales (0,7 en Arica; 2,1 en Iquique; 7,7 mm, en Antofagasta; 27 mm. en Caldera).  Las temperaturas son homogéneas y relativamente bajas; he aquí algunos promedios: Arica, 18,8º; Antofagasta, 16,6º y Caldera 16, 1º. Siendo enero el mes más cálido y el más frío agosto.

Ciertas neblinas, al anochecer, que se esfuman en las primeras horas del día, las camanchacas, son características; de allí la vegetación herbácea en algunos lugares, arbustos xerófitos y un importante y variado mundo de cactáceas, más importantes desde Taltal al Sur donde se desarrolla un matorral algo más denso denominado Jaral Costero.

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Los limpios cielos todo el año son la normal abertura en el firmamento de la larga depresión intermedia. Las oscilaciones diarias de temperatura pueden alcanzar treinta grados y casi no llueve. Esto ocurre desde el límite con el Perú hasta poco más al norte de La Serena.

En la Pampa del Tamarugal la pluviometría marca unos 0,5 milímetros de promedio anual y la media de temperatura es de 22º.  En plena depresión del desierto de Atacama, junto a la Cordillera de Domeyko, el promedio térmico anual es sólo de 14,4º, pero entre el día y la noche se registran hasta 35º de diferencia.  Sobre los mil metros hasta los 2.500, en esta parte del desierto, la vegetación sólo está representada por algunos líquenes.

Entre Copiapó y Vallenar las condiciones climáticas son de un desierto marginal pues, en la última de las ciudades, las precipitaciones alcanzan a 64,5 mm. al año.

Sobre los 2.500 metros de altura el clima es frío y en el verano se producen precipitaciones llamadas "invierno boliviano". Estas aguas permiten el desarrollo de un clima estepárico de altura.  La temperatura media anual oscila entre 10º y 15º según la latitud y la pluviosidad aumenta hasta 70 mm.  Hacia el altiplano la aridez da paso paulatino a la vegetación arbustivo llamada tolar y a cactus gigantescos. 

A los 4.000 metros la cubierta vegetal es variada y abundante lo que permite el desarrollo de una rica fauna al amparo especial de las gramíneas llamadas paja brava y de las áreas húmedas, bofedales, verdaderos oasis con plantas carnosas y blandas en las estepas de altura.  Allí es más abundante la lluvia, registrándose promedios anuales entre 300 y 400 milímetros.

Las vías

Los primeros hombres, caminantes por el desierto, muchos de ellos nómadas o trashumantes innatos, cruzaban las vastedades tal como lo hacen todavía los zorros, en todas direcciones, a lo largo y a lo ancho, oblicuamente, ya subiendo cordones, ya por los flancos de los cerros; más allá a lo largo de los cursos de agua o definitivamente a lo derecho, por el valle amplio.

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La "asesina" salamanqueja.

Cuando con nuevos hombres, llegados de otros continentes, volvió a América el caballo desaparecido de tierra americana hacía poco más de cien siglos, ahora bestia domesticada para llevar encima a su amo, las rutas se redujeron a aquellas que unen puntos muy definidos: una mina, un oasis, una caleta o puerto.

En esta inmensidad vive un animal al cual la leyenda  ha marcado con el símbolo del horror, la salamanqueja. Al reconocerlas, los caminantes no se acercan y si lo hacen es sólo para aplastarla con una piedra. Dicen de ella que salta y muerde en la nuca, entonces la sangre envenenada, al llegar al corazón, causa la muerte.

Eso dice la leyenda, pero en la realidad se trata de una diminuta lagartija de unos doce centímetros de largo, inofensivo saurio del desierto.

Los hombres del desierto.

En el centro de Atacama, casi siempre en las profundas quebradas que bajan de los Andes, a través de cientos y quizás miles de años compartiendo paisajes con las llamas, las vizcachas y los zorros cerca de los cóndores y las parinas, el agua ensancha débiles cintas de verde.  Allí niños, mujeres y hombres de piel ocre, similar a la madre tierra, ojos oscuros con algo de cielo, han ido creando con sudores, y muchas noches y mañanas, caseríos y pueblos.

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Casas de Ayquina.

Quince a veinte aldeas se pueden visitar en la provincia del Loa, con sus nombres ancestrales: Chiu-Chiu, Toconao, Peine, Lasana, Conchi, Caspana, Tilomonte... Pueblos del desierto.

La gente cultiva quínoa, alfalfa, maíz, zanahorias, orégano y otras hortalizas, conduciendo ingeniosamente los hilos de agua por acequias cavadas en la historia y la tradición.

Completan sus labores apacentando, en vegas y pastizales, pequeños rebaños de ovejas, llamas, cabras y algunos borriquillos.

Uno de estos nidos de vida humana se llama Ayquina, a setenta y cinco kilómetros al noreste de Calama y a una altura de 2.950 metros sobre el nivel del océano. Quizás si sus habitantes lleguen a 180.

Pareciera que cuelga del cañón del río Salado. Allí se agarra, bellísimo, con sus casitas construidas de madera de cactus y piedra dura revocada con barro.

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Turi, poblado con unas doce familias.

Las casas miran al sol que pasea gozando con el polvo amarillo de sus imprevistas callejuelas.

Ya se perdió la memoria de cuándo los antepasados comenzaron a aplanar y reforzar sus terrazas de cultivo; sin embargo, en la quebrada que baja, aquellos inteligentes y centenarios abuelos, finos artistas, dibujaron en las piedras figuras de danza o escenas de las apasionantes cacerías de guanacos y vicuñas.

Cerca de allí se encuentra Turi, más allá de las vegas donde pastan los camélidos, una pequeña fortaleza o pucará, a donde, antes que los europeos, llegaron del norte los incas en su avance conquistador.

Desde allí aquellos hombres partían a las alturas del Paniri, a los cerros del Tatio o quizás hasta, el mismo Licancabur, llevando sus ofrendas a los santuarios de aquellas cimas que bordean los seis mil metros.

Volviendo al poblado, se reconoce de inmediato la figura alta de la torre de la iglesia, elevándose en cinco escalones de piedra hasta rematar en una cúpula blanca terminada en nítida cruz. Allí se celebra la fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe de Ayquina.

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