Diego Barros Arana

 

Al proyectar la luz de su cerebro sobre las generaciones pasadas, aclaró el horizonte de las generaciones venideras", decía la medalla que acuñó en su homenaje la Junta de Historia y Numismática Argentina.

Menor de los seis hijos que en el primero de sus matrimonios tuvo Diego Antonio Barros Fernández, un santiaguino después casado con Manuela Urmeneta García y con Carmen Valdés Larrea, su madre fue la bonaerense Martina Arana Andonaegui. El padre había sido emprendedor comerciante en Buenos Aires, su regidor, alcalde, patriota vocal de la Junta Suprema de Gobierno y agente de Chile y, en Santiago, regidor, diputado, senador, consejero de Estado, oficial de la Legión del Mérito por su generosidad a la causa de la Independencia y también de la Orden del Sol del Perú.

Nacimiento y primeros años

Diego Barros Arana nació en Santiago el 16 de agosto de 1830. Huérfano de madre a los cuatro años, más tarde pudo escribir: “Las bondades de mi padre no suplieron lo que necesitábamos en cuanto a la madre, porque ninguna de sus esposas, santas como fueron, nos dieron la afección de la madre verdadera y eran distintas en los caracteres".

Fue la tía Mercedes Barros su hija se criaba con la abuela paterna quien se encargó de los pequeños, formándolos de acuerdo con sus virtudes, las reflejadas en las costumbres del hogar que siguió siendo el seno de la familia, sin que el almacén o el escritorio paternos alteraran su ritmo.

Aprendió el niño a leer y escribir en la escuela de primeras letras del claustro de San Agustín. Después entró a una escuela más avanzada, la de las parientas Rafaela y Mercedes Fernández en la calle Santo Domingo. Pero entonces se manifiesta al niño un indicio de la tuberculosis que había llevado a su madre a la tumba y fue retirado del plantel.

Durante año y meses, mientras acudía al taller del pintor Monvoisin y ayudaba al escenógrafo Giorgi a pintar telones del Teatro Municipal, estudió en la casa paterna con Pedro Fernández Garfias, un profesor de latín en el Instituto Nacional, y en 1839 ingresó a este establecimiento, interno desde 1840 y cursando las secciones secundaria y universitaria. Permaneció ahí hasta 1850 y egresó sin titularse.

Comienzos del escritor. Su matrimonio.

Desde esa última fecha y hasta 1853 no parece haberse ocupado de otra cosa que de leer libros de divulgación científica y de escribir opúsculos históricos. De entonces fueron sus artículos sobre Tupac Amaru, Vicente Benavides, Lord Cochrane y el general San Martín en "La Tribuna" de 1850, "Bascuñán y el Cautiverio Feliz" que ese año salió en "La Revista de Santiago", una crítica a la "Historia eclesiástica, política y literaria de Chile" de J. Ignacio Víctor Eyzaguirre para el periódico "Sud América", el año 1851; en 1852 fue "Noticias biográficas de don Antonio de Gorbea" para "El Diario" de Valparaíso, y otros diecisiete trabajos en "El Museo", periódico que fundó y redactó él mismo en 1853.

También de entonces fueron los folletos "Estudios históricos sobre Vicente Benavides y las campañas del Sur, 1818-1822", de 1850; "El General Freire", de 1852, y "Apuntes biográficos de don Diego Antonio Barros, antiguo Senador y Consejero de Estado, etc.", en 1853. El así biografiado había fallecido el 12 de julio de este año.

Seis meses y medio más tarde, el 31 de enero de 1854, Diego Barros Arana se casó con Rosalía Izquierdo Urmeneta, sobrina de su primera madrastra, perteneciente a una familia descreída y de cuyos dos hijos el varón murió trágicamente en la infancia y la mujer dejó descendencia en su matrimonio.

Maestro universitario y eminente historiador

De 1854-1855 son los cuatro volúmenes de la "Historia jeneral de la Independencia de Chile" que alzó a Barros Arana el 18 de abril de 1855 hasta miembro académico de la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad de Chile en reemplazo del científico Antonio Vendel-Heyl. Así se dio comienzo en ésta a "la época de Barros Arana" que duraría los cincuenta y dos años posteriores de su vida. En ese largo período desempeñó importantes comisiones en la Casa Universitaria.

Por un año y medio fue Secretario General y como tal le correspondió en 1861 leer ante el Claustro Pleno la Memoria de los trabajos universitarios del año. Como rector del Instituto Nacional en 1863-1873 y delegado de la Enseñanza Secundaria, tomó asiento en el Consejo Superior Universitario. Como decano de la Facultad de Filosofía y Humanidades la representó en el mismo Consejo por siete períodos diversos a partir de su primera elección en 1871. Y en igual carácter concurrió al Consejo de Instrucción Pública que reemplazó al Consejo Universitario por ley de 9 de enero de 1879.

Difícil resulta en tan larga actuación encontrar en la vida universitaria alguna iniciativa de importancia en que la inspiración de Barros Arana no esté presente. Tales servicios a la Universidad, de la que él hizo su verdadero hogar, lo llevaron el 3 de junio de 1893 al cargo de rector por un período de cuatro años. Esta distinción otorgada al pedagogo e institutor de la juventud representaba también un premio a la obra intelectual de Barros Arana como historiador, crítico y erudito. Porque después de Andrés Bello él fue en América el sabio y el maestro.

Desde diversos ángulos inspiró el movimiento científico y literario que se generó durante su larga existencia. En el de la Universidad fue conductor. En el del periodismo, mentor. En el de las revistas especializadas, consultor y animador incansable. Por el progreso intelectual y moral de Chile a través de la educación y la instrucción batalló denodadamente y sin descanso en el curso de toda su existencia. Emancipar las conciencias de las tradiciones religiosas y sociales fue la parte más dura y agria de su lucha, pelea sectaria y de éxito limitado. Activo docente, en 1865 comenzó a hacer clases de Historia Literaria e Historia de América y a escribir textos de estudio, parte de ese combate por el laicismo.

Era, sin duda, el primer historiador de Chile por sus méritos literarios y científicos. Después de aquel primer libro histórico ya citado, su "Historia Jeneral de Chile", cuya investigación le demandó cincuenta años y la redacción de sus 16 volúmenes (1884-1902), concluyó imponiéndolo como el primer historiador de América.

Político liberal

También desde su juventud pelucona, en el gobierno de Manuel Montt, Diego Barros encabezó un brillante grupo de jóvenes que pasaron a engrosar el naciente Partido Liberal. Sus ideas, basadas en la revolución europea de 1848 y defendidos en notables discursos, lo llevaron a la Cámara como diputado suplente por Valdivia en 1855-58, a inspirar y redactar "El País" en 1857 y a atacar a aquel mandatario y a su probable sucesor, el ministro Antonio Varas.

En diciembre de 1858, cuando el Gobierno allanó la imprenta en que editaba el diario opositor "La Actualidad" e hizo también registrar su casa, Diego Barros se expatrió, ya mermada su fortuna en sus no productivas actividades y en una breve y costosa pasada por las labores agrícolas. Se fue por unos días a Mendoza, siguió a Buenos Aires y a fines de junio de 1859 se embarcó en el vapor Mersey a Río de Janeiro y de aquí a Europa en el Aron, que llegó a su destino el 30 de julio.

Visitó Inglaterra y España, pero el arribo de su mujer a París acompañada por el ministro de Chile, Manuel Carvallo, y su familia, lo hizo viajar a Francia. Acá se encandiló con el mundo alegre y liviano de entre bastidores de la Comedie Francaise y con el volterianismo de sus amistades. El que siempre había reverenciado a la Diosa Razón de la Revolución Francesa cayó en el Positivismo de moda, pero inclinado al absoluto de Emilio Littré. Lo ejerció como defensor del Estado docente contra la libertad de enseñanza, lo que le conquistó la enemistad del Partido Conservador y la fuerza contraria de la Iglesia.

Fue, al regresar de Europa, en 1863, rector del Instituto Nacional. Diez años después aquellas controversias ideológicas lo separaron del cargo. Entretanto, durante ese par de lustros estuvo de diputado por San Fernando en 1867-70 y por Putaendo en 1870-73.

Diplomático en Argentina y en Brasil.

La Patagonia.

Aquel último año Barros Arana fue designado enviado extraordinario y ministro plenipotenciario de Chile en Buenos Aires, cuando ya eran espinudas las relaciones chileno-argentinas.

Barros era uno de los campeones del abandono de la Patagonia por Chile, pero su nombramiento fue popular ya que el 99% de la opinión lo consideró como el paso más acertado del gobierno de Errázuriz Zañartu. Claro que, de inmediato, con el incidente de la goleta "Jeanne-Amélie", ese porcentaje bajó considerablemente y el propio Barros Arana se enfrió en su opinión. Pero estaba alarmando el peligro peruano y boliviano, había que transigir con Argentina, ceder la Patagonia a cambio de quedar Chile con el Estrecho de Magallanes y la Tierra del Fuego, más las espaldas cubiertas para el otro conflicto que se insinuaba en el Norte. Entonces terminó el gobierno de Errázuriz Zañartu y comenzó el de Aníbal Pinto. Al asumir éste en 1876 la Patagonia estaba perdida para Chile. No porque Barros Arana la hubiese cedido, como se hizo creer por sus enemigos, sino porque así lo quisieron la inmensa mayoría de los dirigentes chilenos de todos los sectores.

Pinto mantuvo al ministro en Buenos Aires contra su voluntad. La misión se tornó dificilísima y el 8 de mayo de 1877 firmó una convención con la Cancillería argentina que fue rechazada por el Congreso de ese país y por el Presidente Pinto. Así fracasado, Barros Arana renunció. Pero, rechazada la renuncia, fue designado en Río de Janeiro. Ahí tuvo el encanto, que jamás olvidó, de moverse en una Corte y una sociedad que, desde el Emperador que lo sentó a su mesa hasta el último paje que le servía con simpático agrado, eran positivistas convencidos. En ese oasis comprendió que Argentina no cedería un palmo en sus pretensiones sino por la fuerza y que a Chile no le quedaba otra salida que, o buscar una solución decorosa, o armarse hasta los dientes para imponer su posición.

El derroche de cordialidad que Barros Arana recibió en Brasil alarmó a los argentinos y los movió a pedir su regreso a Buenos Aires. Volvió, pues, a esta capital a fines del mismo año 1877. El 18 de enero de 1878 firmaba una nueva convención con Argentina, la que nació muerta. El 21 de mayo el ministro volvía a Río de Janeiro y el 7 de junio renunció y se fue a Europa. Se embarcó con el propósito de permanecer largos años allá, pero el estallido de la Guerra del Pacífico lo hizo volver.

Reformas educacionales

Durante los veinte meses que alcanzó a estar en Europa, ya anticlerical, se movió entre la intelectualidad francesa. Sus estudios, no muy profundos, de Biología, Geología, Geografía y Astronomía - fue miembro de la Academia de Ciencias de París por sus observaciones del paso del planeta Venus frente al Sol en 1882 - lo hicieron tomar en cuenta, no sin discutirlas, las teorías científicas y sociales de Spencer y Darwin, y así regresó a Chile.

Acá, en su cargo del Consejo de Instrucción Pública, introdujo el método inductivo en el estudio de las ciencias e innovaciones en los programas de la enseñanza secundaria, principal de las cuales fue la supresión de las clases de Filosofía dejando únicamente la Lógica en los últimos años de Humanidades. Esto era resultado de sus prejuicios positivistas que consideraban a las ciencias naturales una panacea del conocimiento. Fue la reforma educacional de 1889 en que se impuso el llamado sistema "concéntrico" o gradual. También contribuyó a la creación del Instituto Pedagógico y, desde fines de 1891, pasó a ser el orientador de la política educacional, más aún en los cuatro años de su rectoría universitaria.

La repetida elección de diputados por Putaendo el año 1886 fue ganada por Diego Barros que se incorporó el 19 de junio. Era por el período 1885-88 y él perteneció a la Comisión Conservadora del receso 1886-87. Fue opositor al gobierno del Presidente Balmaceda y durante la guerra civil de 1891 se ocultó en el convento de Santo Domingo. Pensaba con razón que ahí nadie lo iba a buscar.

En la Comisión de Limites. La Puna de Atacama.

Ya en 1888 Chile y Argentina, de acuerdo al tratado de 1881, habían nombrado a los peritos que formarían la Comisión de Límites ahí contemplada. Diego Barros Arana presidía la representación chilena que desperdició el tiempo lamentablemente y cesó de funcionar al sobrevenir la revolución de 189l. En 1892 se reanudó la actividad, sin problemas, en la Tierra del Fuego pero atascada en el hito del Paso de San Francisco. La Subcomisión argentina aceptó su ubicación pero el experto jefe la rechazó. La prensa argentina armó una escandalera con que Chile quería salir al Atlántico embaucando a los técnicos.

Para tranquilizarla, el 1º de mayo de 1893 se firma un protocolo en que se declaraba que Chile no pretendía salir al Atlántico ni Argentina al Pacífico.

En 1896, la influencia de Barros Arana y otros para garantizar la línea divisoria de las aguas cordilleranas de San Francisco al Sur, hizo ceder a la Argentina la Puna de Atacama, en verdad las 3/4 partes de ella según acuerdo de 1899.

Ultimos años y final.

Largas piernas y un esqueleto flaco y encorvado le merecieron el apodo de "Palote". Lo coronaba una amplia calva prolongada en la surcada frente que, interrumpidas por el ceño intelectual, limitaban unas cejas espesas sobre el par de ojos hundidos y cansados.

Una nariz firme, un largo bigote y una barba hirsuta ocultando la boca bien formada, más dos orejas de buen tamaño completaban la fisonomía. Cuando esta humanidad llegaba a sus clases o a la biblioteca del Instituto, saludaba a la estatua de sus amigos Amunátegui: ¡Buenos días, Miguel Luis! ¡Buenos días, Gregorio! Y al retornar a casa se despedía: ¡Hasta mañana, Miguelucho! ¡Hasta mañana, Goyovítor!

En 1902 presidió un Congreso General de Enseñanza y en él defendió con inusitada violencia lo que él llamaba "la moral independiente" y que, si en su propio caso no era otra cosa que su bondad y honestidad naturales reforzadas por la tía Mercedes, su ingenuidad rousseuniana creía que con la sola enseñanza ella sería universal.

Esa fue su última actuación pública, pues la enfermedad de su sobrino Manuel Barros Borgoño, al que quería como a un hijo y que comenzada en esos mismos días lo llevó a la tumba en breve plazo, más sus propios achaques agravados por ese dolor, lo hicieron alejarse de toda actividad externa y dedicarse únicamente a escribir, ya en su casa de calle del Dieciocho esquina surponiente con Rosales, ya en su quinta de San Bernardo.

El último volumen salido de la pluma de Diego Barros Arana fue "El doctor don Rodulfo Amando Philippi. Su vida y sus obras", en 1904. Hubo artículos posteriores: en 1905, "Dos nuevas obras sobre lingüística chilena", en 1906 "Sobre la historia del desarrollo intelectual de Chile. Libro de Alejandro Fuenzalida Grandón; en 1907 "Exposición a los suscriptores del monumento Amunátegui".

El 4 de noviembre de 1907 se apagó la llama de su existencia. Sus restos se velaron en el Salón de Honor de la Universidad de Chile transformado en capilla ardiente. A honrarlos desfilaron Rector, Consejo Superior, Profesores, Alumnos y Funcionarios de la Universidad y del Instituto Nacional. También jefaturas del Ministerio de Instrucción Pública presididos por el ministro Domingo Amunátegui Solar, otros Ministros de Estado, Parlamentarios Dignatarios de la Masonería y del Partido Liberal, otras representaciones oficiales y público en general. De allí, arrastrado por estudiantes, fueron esos restos transportados al Cementerio General.

En 1897, después de la renuncia a rector de la Universidad a consecuencia de haberse negado el Gobierno a designarlo para un nuevo período como lo proponía el Claustro Pleno Universitario, el Consejo Superior acordó adquirir el busto esculpido por Virginio Arias Cruz y colocarlo en la sala de sesiones. El mismo escultor realizó la estatua de Barros Arana que desde 1935 se halla al costado de la Biblioteca Nacional, en la esquina de Alameda con Mac-Iver. Pero en Santiago las calles Barros Arana están todas más abajo de Matucana, en Quinta Normal, Renca y Quilicura. También hay una en San Bernardo. Existe además el Internado Barros Arana.

Todo esto quiere decir que de Diego Barros Arana se han acordado agradecidos los maestros y los historiadores laicos y ecuánimes, mirando la patriótica labor desarrollada en esos campos. No así la opinión pública indocta o influida por los odios que él se atrajo con su sectarismo o con sus conocimientos insuficientemente científicos que contribuyeron al cercenamiento de nuestro territorio.

 

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