Mapuche

 

Uno o dos siglos antes de la invasión incaica a las tierras de la parte sur del continente americano, hasta casi la mitad del actual Chile, un pueblo guerrero se incrustó, como una cuña, a la altura del río Cautín, en la cultura que allí se fecundaba, cortándola en dos porciones.

La forma como dividió a la población autóctona, hace inverosímil la  posibilidad de un arribo por el norte o por el sur. Por otro lado, la persistencia de costumbres pampeanas y algunos nombres personales y geográficos y apellidos o denominaciones totémicas, como nahuel (tigre) y cheuque y huanque (avestruz) inducen a suponer que los araucanos residieron cierto tiempo en las pampas al otro lado de los Andes como cazadores nómades, vistiéndose de pieles y construyendo sus toldos con cueros de guanacos (o guanacos); y que atravesaron los Andes por los pasos bajos y desembocaron en el valle de Cautín.

Este pueblo se denominaba a sí mismo mapuche (gente de la tierra). Los españoles les dieron el nombre de araucanos, inventado por Ercilla. No tiene entroncamiento inmediato con otra raza pampeana.

Los mapuches, al cortar en dos porciones la civilización chilena preincaica no la destruyeron; se limitaron a empujar hacia el norte a una parte de los pobladores, a los cuales dieron el nombre de picunches, y hacia el sur, el resto, que denominaron huilliches.

El estado de Arauco

En el momento de entrar en contacto españoles y araucanos, estos últimos estaban asentados en la región comprendida entre el Biobío y el Cautín. Pero habían entrado en relaciones y tal vez cruzándose con la población chilena primitiva hasta el Itata por el norte y hasta el Toltén por el sur.

El número de habitantes del pueblo mapuche depende del sentido que se dé al vocablo. Si se limita a las tribus que ostentaban más o menos puras las características de la raza, hay un dato del cual partir. Los cálculos de Ercilla y de los cronistas coinciden en que este pueblo podía reunir entre 40.000 y 60.000 guerreros, hacia 1558, cuando había perdido la tercera parte de sus pobladores; y si calculamos seis almas por cada guerrero, habría que fijar la población del estado de Arauco en una cifra vecina a 350.000 almas.

El pueblo mapuche más numeroso fueron los Araucanos, quienes se dividían en tres distritos: Lavquen – Mappu; Lelvun – Mapu e Inapire – Mapu, correspondiendo a la costa, llanura central y precordillera.

Caracteres físicos de los mapuches.

La estatura es baja (1,61 a 1,63 metro para el hombre y 1,43 a 1,44 metro para la mujer); el tronco, muy bien desarrollado, es de pecho alto y arqueado y más largo que el del blanco con relación a la altura. Los senos de la mujer son cónicos, bastante apartados y se proyectan hacia afuera más que en la europea. Las espaldas en ambos sexos son anchas, el cuello corto y grueso y el dorso recto, sin la curva tan pronunciada en las razas blancas. Los brazos son relativamente cortos y gruesos, sin ser tan musculosos como en los europeos. Los muslos son gruesos y redondos, y entre las mujeres no tan ahuecados como en algunas otras razas. No se notan las pantorrillas, debido a lo grueso del tobillo. Las manos y los pies son cortos y gruesos.

La cabeza parece grande a causa de llevar el pelo en forma de melena hasta los hombros, pero es en realidad chica; mucho menor que la de los pehuenches. El pelo crece muy bajo sobre la frente y las sienes. Por esto, la frente parece estrecha, pero en el cráneo se ve que es proporcionada al tamaño de la cabeza y que no es huyente.

La cara es generalmente redonda, aun cuando las angulosas son bastante comunes; los pómulos son ligeramente salientes vistos de frente, pero mirada de perfil, la cara es algo aplastada. La nariz es ancha y carnosa, generalmente recta, sentada en su base y nunca aguileña. Los ojos son pequeños y oscuros, raras veces negros y frecuentemente de un pardo algo claro; son horizontales y nunca se les podría clasificar de mongólicos.

La boca es grande, los labios gruesos y el superior muy largo. La barba es cuadrada y algo prominente, lo que da a la cara un aire de determinación y de virilidad. Las orejas están bien colocadas y tienen los lóbulos un desarrollo regular.

El pelo es oscuro, pero no bien negro, grueso y liso. El cutis es moreno, sin el tinte cobrizo característico de los indios de la América septentrional, ni el amarillento de alguna de las tribus del Perú.

Debe, sí, recordarse que el araucano actual lleva en sus venas mucha sangre española.

El aspecto general del araucano se singulariza entre todas las razas americanas por una impresión de robustez y de virilidad, que sirve de marco a la sicología más viril y a la de mayor energía vital entre las razas del continente americano.

Cultura

Los mapuches se tornaron sedentarios en nuestro territorio y asimilaron en parte la civilización chincha-chilena, principalmente por el conducto de las mujeres que quitaron a los vencidos. Se hicieron agricultores y ganaderos; aprendieron con menos perfección los mismos cultivos del pueblo autóctono; y al arribo de los españoles vivían fundamentalmente de sus sementeras. Sus ovejas les suministraban las lanas con que confeccionaban sus ropas, pero sus tejidos parecen haber sido de un solo color y sin ornamentación de figuras. El uso del poncho es de fecha posterior.

Artesana mapuche

La base de su ganado la formaban la alpaca y la llama, que heredaron de los chincha-chilenos.

Los araucanos poseían dos variedades de perros: el quiltro pequeño y lanudo, que hasta hoy subsiste algo mezclado, y el tregua, de mayor tamaño, que recuerda al culpeo.

Tampoco alcanzaron a aprender el trabajo de los metales, ni lograron asimilar la alfarería adelantada de la civilización chincha-chilena. Introdujeron en su lugar la vajilla de madera. La primera quedó limitada a las tinajas de variadas formas y tamaños.

Las numerosas huellas de influencia incaica que se advierten en su civilización, son posteriores. Las transportaron los artesanos, herreros, labradores, tejedores, etcétera, que los españoles llevaron a los límites del estado de Arauco desde las colonias de mitimaes. Ellos les enseñaron el uso del poncho y los estilos incaicos.

Ver Arte mapuche y Vestimenta mapuche

Lengua

Pero el hecho más trascendental de las relaciones entre el invasor mapuche y la antigua cultura chincha-chilena fue la pérdida del idioma del pueblo vencedor y la adquisición de la lengua del vencido. Mientras la unidad racial, política y cultural quedó violentamente interrumpida por la cuña araucana, un mismo idioma, con cortas variantes regionales, se generalizó a lo largo del territorio chileno desde Aconcagua al Reloncaví.

El mapuche, como todas las lenguas americanas, es aglutinante: la simple yuxtaposición de elementos distintos en una misma palabra, modifica el valor gramatical y expresa matices de las ideas. Dentro del grupo de las lenguas americanas, se caracteriza por su notable estabilidad fonética y por su estructura sencilla y analizable. Las partículas se anteponen, interponen o posponen al elemento principal, y es fácil su descomposición en los elementos raíces y en los accesorios que expresan las diversas relaciones.

El mapuche es un idioma armonioso y sonoro. Las vocales claras y relativamente numerosas están bien distribuidas con relación a las consonantes, de manera que no se producen las acumulaciones de letras frecuentes en otras lenguas.

Ver Diccionario mapuche

Organización familiar

Familia mapuche

La familia araucana era de estructura patriarcal y se componía de un hombre, sus mujeres y sus hijos. Habitaba una ruca o aposento pequeño de madera y paja. Estas rucas fueron primitivamente cónicas recordaban la forma de los toldos construidos con cueros de animales. Más tarde, cambió su forma. Los hermanos y los parientes casados vivían en rucas vecinas. El conjunto de las rucas pertenecientes a una misma familia o linaje formaba un lov, pequeño caserío que equivalía a la machulla huilliche.

Ver: PSU: Historia y Ciencias Sociales; Pregunta 27

El hombre podía casarse con el número de mujeres que sus recursos le permitían. Los ulmenes o ricos reunían cinco, seis y más.

Organización y prácticas militares

Las prácticas militares y las armas de los araucanos, hasta el momento de entrar en contacto con los españoles, eran muy parecidas a las de todos los pueblos en igual estado de evolución social.

El jefe hereditario de la tribu o rehue, la dirigía en la guerra contra otras tribus, pero cuando se unían dos o más grupos, se elegía un jefe supremo que imprimiera una dirección común. La elección se hacía por las cofradías o asociaciones guerreras secretas de las distintas tribus, y ordinariamente recaía en alguno de los guerreros de más alta graduación dentro de estas asociaciones. De aquí que el cargo de toqui o jefe de guerra no siempre recayera en alguno de los jefes de gobierno en tiempo de paz. La autoridad del toqui militar cesaba con el término de la guerra.

Todo lo relacionado con la guerra se resolvía en las juntas secretas de los aillarehues, a las cuales sólo concurrían los guerreros iniciados. El acceso estaba vedado para los demás, y especialmente para las mujeres y los niños, bajo pena de muerte. La convocación se hacía secretamente por medio de un heraldo que corría la flecha ensangrentada, llevando a veces el dedo de un enemigo muerto.

Antes de empezar las deliberaciones, se practicaban los ritos religiosos tradicionales; y en ellos se sacrificaba a un prisionero de guerra o, en su defecto, un chillihueque o carnero de la tierra. Procedían en seguida a las deliberaciones y los acuerdos eran sometidos por los jefes a la asamblea, que siempre los aceptaba por aclamación. Toda empresa de importancia era consultada con los adivinos, y se llevaba o no adelante, según el resultado propicio o adverso de los augurios. Los sacerdotes o chamanes examinaban el corazón de la víctima y se comunicaban con el Pillán durante el éxtasis o el sueño, antes de decidir sobre el suceso de la campaña.

Si los augurios eran favorables, se procedía a la elección de toqui . Los candidatos vencidos se subordinaban al electo con una notable disciplina.

El nombramiento de los subjefes y oficiales correspondía al toqui. El jefe elegido dirigía una alocución guerrera a los asistentes.

Se comunicaban las fechas de las reuniones y del comienzo de las hostilidades, lo mismo que el número de lanzas que llevaría cada jefe, por medio del pron, manojo de cordones de lana de diferentes colores y de diversos gruesos, al cual hacían nudos que desataban a razón de uno cada día.

Las victorias y el término de la guerra, se festejaban en una reunión o fiesta, congratulándose recíprocamente el toqui que había dirigido la campaña y los conas que concurrieron a ella. En estas reuniones se sacrificaba cierto número de prisioneros tomados al enemigo. Era un rito religioso, un sacrificio expiatorio ofrecido al Pillán y al tótem en acción de gracias por los favores que les había dispensado. Se despedazaba a las víctimas con el lujo de crueldad propios de los pueblos bárbaros, de acuerdo con prácticas ancestrales. Pero si los prisioneros eran numerosos, reservaban una parte para canjearlos por los suyos que habían caído en poder del enemigo en forma que no afectaba al valor del guerrero. También solían, con frecuencia, adoptar alguno de sus prisioneros o venderlos a otros jefes que se interesaban por ellos.

La descripción de las armas que usaban los mapuches antes de empezar la lucha con los españoles, tropieza con la rapidez de sus progresos militares. Se sabe que en Reinogüelén, en 1536, usaron el arco, y quizás también la lanza. Parece seguro que ya empleaban la macana, su arma favorita.

En la segunda expedición de Valdivia (1550), usaban picas cortas de cuatro a cinco metros en la primera fila de guerreros, y lanzas largas de seis a ocho metros en la segunda. Las astas eran de coligüe y las puntas de madera endurecida. Más adelante, trabajaron puntas de acero para sus lanzas con las espadas que quitaban a los españoles.

Al lado de los piqueros, peleaban los soldados armados de macanas y de mazas.

La macana era un palo duro y pesado de tres metros de largo, de luma o de temo, del grueso de la muñeca de la mano. En la punta llevaba arriba una vuelta de 30 centímetros para darle peso.

Detrás de los piqueros se colocaban los honderos y los arqueros, que lanzaban nubes de piedras y de flechas de más o menos 50 centímetros de largo.

Los araucanos exteriorizaron, desde el primer contacto con los españoles, un valor semejante al de los aztecas y al de otras tribus guerreras de América.

Ver Armas mapuches

Algunas costumbres

La base de su alimentación estaba formada por los sembrados de maíz, frejoles pallares, papas, quínoa, mango, etcétera, y sus ganados de llamas y alpacas domésticas. Practicaban la caza y la pesca en pequeñas canoas.

Los hábitos cambiaron en este terreno con mucha rapidez y es difícil fijar la época en que se verificaron estas mudanzas, a través de cronistas que, en buena parte, escribieron de oídas o copiándose unos a otros. Hacia mediados del siglo XVII, ya los caciques usaban en sus banquetes los guisos de pescados, mariscos, aves, perdices, longanizas, pasteles, buñuelos y otros platos en que se advierte la influencia española.

Si se hartaban de comida cuando podían hacerlo a costa ajena, en cambio se hartaban de bebidas fermentadas a costa propia. La elaboración de las chichas suaves de frutillas y de otras frutas y de las bebidas fuertes, obtenidas de la fermentación de los granos, era la faena favorita de todo hogar respetable; y la cantidad de chicha de que disponía un cacique, constituía una de las riquezas que le daban más prestigio y autoridad.

Valdivia se asombró de su afición a la bebida y no hay cronista que no insista en este hábito. La bebida, el baile y el canto eran inseparables en sus cahuines o reuniones familiares, de las faenas agrícolas, las bodas, los entierros, la construcción de una casa y sus juntas de índole religiosa o militar.

La borrachera no era considerada un vicio entre los mapuches. Formaba parte de su concepto moral de la vida, de sus costumbres tradicionales y de sus ritos religiosos. Mas, en el correr de los siglos, se incorporó con tal energía en su organismo, que se convirtió en una verdadera necesidad fisiológica. Es uno de los grandes renglones del aporte de la sábana aborigen a la formación del mestizo.

Durante las borracheras, eran frecuentes las disputas por la posesión de la mujer o por otras causas, que degeneraban en riñas y muertes. También solían aplastar a algunos de los párvulos que las indias llevaban consigo a las fiestas. La componenda, cuyo uso estaba muy generalizado, casi siempre ahogaba en germen la venganza de los parientes de la víctima.

En cambio, los delitos y los crímenes cometidos en sana razón eran relativamente escasos.

Chueca

Entre los juegos de agilidad practicados antes del contacto con los españoles, los principales eran la chueca y la pelota.

En el primero se colocaban frente a frente dos hileras de individuos, que solían llegar hasta veinte por bando, y luchaban por llevar a su lado una bola de madera, valiéndose de un palo arqueado de coligüe. La cancha tenía cinco metros de ancho y cerca de dos cuadras de largo.

En el segundo, se ponían en círculo ocho a diez mozos desnudos desde la cintura arriba, y se arrojaban unos a otros la pelota de madera esponjosa como el corcho, y cada uno procuraba rebatirla con la palma de la mano con cuanta fuerza puede, y golpear a alguno de la banda contraria.

Las ceremonias funerarias de los araucanos eran un reflejo de sus concepciones religiosas: el culto de los antepasados y la creencia de que los dobles o ánimas eran indestructibles y continuaban en la vida futura experimentando las mismas necesidades y gustos que tuvieron en la presente. Han variado en los detalles con la introducción de objetos de fabricación europea, pero han persistido en el fondo.

El ataúd consistía primitivamente en dos canoas que se superponían. Hasta la llegada de los españoles los araucanos no cavaban fosas; colocaban los ataúdes entre dos árboles. Cuando el difunto era algún cacique rico o algún guerrero afamado, solían colocar sobre la tumba su caballo muerto, inclusive el cabestro, para que cabalgara en él y pudiera atarlo en su nueva residencia. Primitivamente, se enterraban con el cadáver de la mujer sus joyas; pero más tarde una ceremonia simbólica reemplazó al entierro efectivo: se acercaban las joyas al cuerpo y se derramaba chicha sobre ellas.

Toda muerte producida por otras causas que las heridas en las guerras o en las riñas, para el araucano era la resultante de la hechicería. Se consultaba la causa de la muerte con un machi, y éste señalaba al autor después del examen del cadáver o de algunos de sus despojos y de complicadas ceremonias. Si señalaba a algún individuo conocido, pesaba sobre los parientes la obligación de vengar al deudo en la persona del autor de la muerte. Partían con sus lanzas en alto y mataban al individuo señalado por el machi, dondequiera que le encontrasen. A veces, la venganza alcanzaba a toda la familia del inculpado.

Magia, chamanes y machis

Machis realizando ceremonia

Para el araucano, como para todos los pueblos en su grado de evolución mental, todas las fuerzas de la naturaleza y los fenómenos, como el relámpago, el trueno, la lluvia, las olas, y aun los objetos inanimados, tienen espíritus capaces de hacer el bien y el mal.

La magia persigue desviar los males y captar en su beneficio o protección los bienes que emanan de los poderes de esos espíritus.

La fe en los procedimientos empleados es inquebrantable: si la magia fallaba en un caso dado, el fracaso se debía a una magia más potente que actuaba en sentido opuesto; y había necesidad de redoblar los ritos o reforzarlos con otros, hasta captarse la buena voluntad del espíritu y tenerlo como aliado en la lucha con las potestades invisibles.

Antiguamente, los ritos mágicos se practicaban por las sociedades esotéricas, bajo la dirección de los chamanes o sacerdotes. Los había de diversas categorías, y parece que tenían funciones especiales.

Según cronistas, la prestidigitación y la ventriloquia eran familiares a los antiguos chamanes y aun entre sus sucesores los machis; pero la sugestión hipnótica en estado de vigilia parece haber jugado también papel importante. Algunos chamanes se sacaban los ojos y se cortaban la lengua para darlos a sus discípulos en presencia de la reunió. Otros se atravesaban el vientre con una estaca aguda, sin experimentar dolor ni dejar señales.

Con la disolución de las sociedades esotéricas y el avance de la cultura española, las funciones de los antiguos hechiceros fueron degenerando y acabaron por transformarse en los machis. Los machis tenían conocimiento profundo de las plantas medicinales. Otra función de los antiguos magos chamanes que pasó a los modernos machis, es la de curar los objetos: la pelota en el juego de la chueca; los caballos para hacerlos fuertes y ligeros en la guerra o en las carreras en tiempo de paz; los lazos, las armas, las boleadoras de cazar, etcétera.

Ver Religión mapuche y Ver Folclore mapuche

Los brujos

Los calcus o brujos, a diferencia de los chamanes y de los machis, que usaban sus poderes en beneficio del individuo y de la colectividad, eran malos y procuraban dañar. Por su arte (la magia negra o mala) podían mandar a los huecubus, espíritus o fuerzas, y provocar por su intermedio numerosos daños. De aquí que el araucano, al paso que buscaba las protecciones de los chamanes para la colectividad o de los machis para el maleficio individual y de los adivinos para descubrir a los malhechores, temía mucho a los brujos y los perseguía con saña implacable.

Los brujos maestros acostumbraban hacer alianzas entre su familia y un animal, un zorro, una lechuza, un sapo, una culebra, un guairabo, etcétera. El animal se convertía desde ese momento en auxiliar y en espía al servicio del brujo. Los araucanos lo llamaban nahual.

Los brujos, a pesar de sus poderes, solían caer en poder de los deudos de las víctimas, denunciados por el machi o el adivino; y se les quemaba vivos, o se les sometía a terribles tormentos antes de matarlos.

Ver Nguillatún mapuche

Fuente:

“Historia de Chile”, Francisco Antonio Encina

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